España y la pujanza de lo hispano

EL año 2013 es de grandes conmemoraciones para España. Veintiún años después de la llegada de Colón a América, Juan Ponce de León descubrió La Florida, región en la que Menéndez de Avilés fundó en 1565 la primera ciudad europea de la Norteamérica continental, San Agustín. Dos siglos después de la gesta de Ponce nacía Junípero Serra, fraile franciscano que estableció las misiones de California a orillas del mismo Pacífico al que llegó, también en 1513, Núñez de Balboa. Desde ellas se incubaron las ciudades de Los Ángeles o San Francisco; fray Junípero está considerado por ello uno de los «padres de la patria», como se atestigua en el National Statuary Hall. El reciente viaje de los Príncipes de Asturias a EE.UU. ha venido a honrar tales hitos, los cuales nos recuerdan cómo nuestra presencia se prolongó más de 300 años. Se trata de un legado poco conocido entre los estadounidenses y los españoles. Pese a nuestro apoyo a la independencia estadounidense con la participación de Bernardo de Gálvez, el desconocimiento recíproco se instaló ya en el XIX, el cual finalizó con el triste recuerdo de la guerra hispano-estadounidense. Flaco favor produjo la imagen de España que fabricaron hispanistas como William Prescott. Pero no todo eran sombras de desencuentro porque, precisamente en el periodo intersecular, el filántropo Archer Huntington desarrolló una labor de acercamiento que culminó con la creación en 1904 de la Hispanic Society of America.

El primer tercio del siglo XX presenció una época fértil en intercambios, entre los que destaca la apertura de la cátedra de filología hispánica en Columbia, ocupada por Federico de Onís (el anfitrión de García Lorca). Este entusiasmo fue ampliamente correspondido, quizá con algún exceso romántico, según encarna la experiencia de Hemingway. Las discontinuidades provocadas por las conflagraciones bélicas fueron resueltas con prontitud, en virtud de los Pactos de 1953, que rebasaron el ámbito de la defensa. Así, al igual que no cabe olvidar a quienes se exiliaron, tampoco conviene subestimar el papel de quienes se beneficiaron del cauce abierto por el Foreign Leader Program y las Fulbright. Pero la fecha más emblemática del entendimiento recobrado fue el 2 de junio de 1976, cuando ante el Capitolio S. M. el Rey ligó nuestro destino a la democracia. Gracias al éxito de la transición, España abandonó su «exotismo» y logró fraguar una special relationship con EE.UU., al punto de que entre 2000 y 2004 se vivieron los mejores años de sintonía. Una alianza que hoy, tras los tropiezos del Gobierno socialista, volvemos a abrazar.

Ahora bien, las singularidades del mundo global exigen estrategias audaces que no se limiten a reeditar el pasado. En este sentido, la emergencia hispana en EE.UU. surge como una especie de revancha de la historia. Las cifras de su pujanza son impresionantes: superan los 50 millones y podrían representar el 30% de la población en 2050; su voto es decisivo, sus negocios generan 350.000 millones al año y sus estudiantes pueblan cada vez más los campus; despuntan en Hollywood y en Silicon Valley: marcan tendencia en la nación que impone la tendencia global. Y aunque su movilidad tropiece con no pocos obstáculos (abandono de los estudios, baja cualificación laboral…), la integración es un hecho, debido a su rápido aprendizaje del «secreto» norteamericano, el pragmatismo. Atrás quedan los augurios de incompatibilidad con los valores anglo-protestantes, que al cabo todos compartimos: los de la libertad y la justicia, herencia judeo-cristiana. En consecuencia, la ciudadanía norteamericana de los hispanos se erige como el primer factor que debe tenerse en cuenta, alejando toda tentación de trato al margen de las relaciones bilaterales.

Desde España haremos bien en proceder con inteligencia y también con pragmatismo ante este momento hispano, gestionándolo como una propuesta de invitación a releer nuestra historia compartida y una oportunidad de fortalecer el vínculo patrimonial que entrevera nuestras raíces. En 1996, tal fue el criterio que guió la acción exterior de cara a dicha comunidad, bajo la cual se puso en marcha en 1998 el Programa de Líderes Hispanos: una iniciativa delegada a la Fundación Carolina y que continúa activa, avalada por el sensible e inestimable respaldo de la Casa Real. A la luz de los datos del presente, las relaciones trabadas en esta escala diplomático-cultural se revelan como una invaluable ocasión para recomponer los fuertes lazos de amistad y afecto con EE.UU. y, a su vez, reintroducir a los hispanos en la historia europea. De acuerdo, por cierto, a la visión geopolítica de España como una puerta de doble entrada: de la Europa continental al atlántico y del mundo hispano a Europa. No se me ocurre mejor fundamento para continuar potenciando nuestro atlantismo (la inversión mutua alcanzó en 2011 los 80.000 millones de euros) e integrar a Iberoamérica en el código anglo-hispano común, el de la democracia, el imperio de la ley y la prosperidad.

Por Jesús Andreu, director de la Fundación Carolina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *