Español por los cuatro costados

Una de las primeras veces que tuve el privilegio de hablar con él, Fernando García de Cortázar me explicó el carácter transterrado de su familia. Como tantas en España, nación de emigrantes, habían tenido que hacer las Américas y, por aquello de hallar un sitio con mayores oportunidades, terminaron echando raíces en una nación lejana en la geografía y cercana en el corazón, Chile. Para quien tenga la fortuna de haber estado allí, sin caer en un determinismo geográfico que detestaba y combatió toda la vida, a veces aquel paisaje natural y humano del sur andino muestra parecidos con rincones del País Vasco: valles encajonados, montañas quebradas, rías sinuosas, peligrosas para la navegación. Es bien conocido que linajes vascongados al servicio de la Corona de Castilla asentados en Potosí, en la actual Bolivia, tras dirimir literalmente a espadazos las naturales diferencias que surgían en los riesgosos negocios del primer capitalismo global, gobernado por la Monarquía española, escapaban hacia el sur andino.

Con sus antepasados, García de Cortázar compartió esa aceptación del movimiento como parte de la vida. A condición, siempre, de que se supiera bien quién era y por qué estaba allí, en otro lugar, mas pensando siempre en lo suyo, que era España. Eso fue lo que, como buen jesuita, nunca escondió. «En todo amar y servir», el mandato de la Compañía de Jesús, representaba para él ser un historiador de España y de los españoles. De esos ciudadanos que algunos llaman «normales y corrientes», traicionados por elites cobardes, acomodaticias, fragmentadas, serviles, como padeció y no dejó de repetir, ante los nacionalismos periféricos racistas, arcaizantes y preconstitucionales, vasco y catalán, que tanto nos afligen. Nunca lo ocultó. Fue, entre otros valientes, la voz inquebrantable de quienes fueron silenciados para siempre: policías, guardias civiles, militares, españoles que se negaron a dejar de serlo.

Amenazado, tuvo que escapar de su Bilbao natal (al que nunca dejó de regresar, en todo caso), para que los terroristas de ETA y sus amigos no lo sumaran a la lista de asesinados. «He tenido que vivir veinte años escoltado», refería, sin alardes, con el orgullo de español cabal que tuvo siempre. Cabe preguntarse, en la condición de exiliado en su propia patria que la vida le deparó, por el sentido que confirió a esas experiencias, tan abundantes a nuestro alrededor. La verdadera memoria histórica española en tiempo presente es esta, la de perseguidos, asesinados, secuestrados y, ahora, hasta olvidados, a causa de haber querido ser, como decía Fernando García de Cortázar, «españoles en toda circunstancia». Que fuera víctima del terrorismo no hizo de él un resentido, sino un historiador con un destino. Este trasluce de modo claro en el repaso somero a una producción historiográfica y literaria a la cual el adjetivo enciclopédico apenas hace justicia. Hay ciertas obras que es preciso destacar. Como catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Deusto, miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia y director de la Fundación Vocento, siempre evidenció una sólida voluntad de contar la historia verdadera, sin trucos ni aspavientos. Lo que ocurrió a partir de lo que refieren las fuentes disponibles y no aquello que ingenieros sociales, gendarmes del pensamiento ajeno y, ahora, vigilantes de la corrección política, pretenden colarnos.

La voluntad de organización de grandes narrativas, frescos históricos dirigidos a grandes públicos ávidos de saber, lo condujo a la coordinación de importantes obras colectivas. Entre ellas, podríamos citar 'Historia contemporánea del País Vasco', con Manuel Montero (1982) y 'La historia en su lugar. Nueva historia de España' (2002). Sin embargo, fue la 'Breve historia de España' (1993), escrita con José Manuel González Vezga, la obra que representó un salto cualitativo en su producción. Volumen revisado y reeditado con regularidad, constituye un admirable ejercicio de síntesis. Escrita en un estilo ameno y directo, reivindicó sin complejos la realidad histórica de España. La popularidad del libro, que ha conocido numerosas reimpresiones y se ha traducido a las más importantes lenguas extranjeras, se basó en que «llama las cosas por su nombre». Frente a ciertas visiones neorrománticas, que siguen cultivando decrépitos hispanistas foráneos, basadas en la obsesión de considerar a España un Estado fallido, habitado por Cármenes disolutas y bandidos de navaja en ristre, García de Cortázar y González Vezga ofrecieron un fresco de España como solución y no como problema. Sin duda en la estela de esa exitosa experiencia se enmarca la fascinante serie documental histórica en 27 episodios emitida por TVE y disponible en la red titulada 'Memoria de España' (2004), cuyos contenidos fueron supervisados, junto a un equipo de historiadores, por García de Cortázar. Del 'inicio de los tiempos' a Altamira; tartesos; la Hispania romana; la resistencia cristiana frente al islam; la disgregación hispanomusulmana; la América virreinal; Carlos V y Felipe II; los Borbones; la nación liberal; la guerra civil; el franquismo y la normalización democrática, la nación española se muestra como un contexto de emociones y experiencias compartidas, caracterizadas por el éxito y el buen vivir.

Años después, en 2013, dentro del terreno de la ficción, ganó el reputado premio de novela Alfonso X el Sabio con 'Tu rostro con la marea', un gran mosaico de España y de Europa, del Bilbao de principios del siglo XX al Madrid de las tertulias literarias y las conjuras republicanas. El intento de conferir rigor histórico al género fue simultáneo con el cultivo de otro tipo de obras, que podríamos considerar recreaciones de un género muy del 98, la valoración y el entrecruzamiento del paisaje con el paisanaje. Como no hay España sin españoles, ni españoles sin España, nadie lo supo mejor que García de Cortázar, sus últimos libros promovieron la recuperación asombrada de la historia como tejido común, de experiencia y emoción. En sus propias palabras, «esta es la que otorga hondura a España. Fenicios, griegos, romanos, árabes, judíos, cristianos. De todos ellos quedan testimonios en nuestro país. No sólo fósiles y ruinas, sino murallas, teatros, mezquitas, iglesias, trazados urbanos, que sobreviven casi intactos. Cualquiera de estas huellas del pasado es un pequeño túnel de tiempo. Porque el paisaje es historia, nos apela e implica, supera el discurso de la decadencia y el pesimismo».

Su último libro, 'Patria hecha carne. Paisajes de la historia de España', continuaba en esta línea de la mirada orgullosa, emocionante y emocionada, empática, capaz de contarles a las nuevas generaciones, que tanto le preocupaban, debido a los cambios empobrecedores en las leyes educativas, un hecho sencillo de máxima trascendencia: «La historia de España se escribe con los datos contables y con el propósito de llegar a la verdad». Nada más, tampoco nada menos. Lo echaremos en falta.

Manuel Lucena Giraldo es miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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