Españoles ejemplares

Las dos felices circunstancias de que la Fundación Denaes haya otorgado a nuestro periódico uno de sus premios a los Españoles Ejemplares de este año y de que los otros galardonados sean Vicente del Bosque y Agustín Ibarrola me permiten intentar saldar una deuda que tengo contraída desde hace más de un año conmigo mismo y por ende con los lectores, pues no es otra que otorgar la importancia que merece al luminoso ensayo Ejemplaridad pública (Taurus 2009), mediante el que Javier Gomá ha establecido su ya programada cita con doña Posteridad.

¿Cómo puede ser el diario EL MUNDO, así tal cual -no su director, su presidenta, su consejero delegado, un esforzado reportero o un brillante columnista sino el periódico en su conjunto-, un «Español Ejemplar»? ¿Desde cuándo lo plural se conjuga en singular y lo colectivo se homologa a lo individual?

Por otra parte, ¿qué tipo de «ejemplaridad» puede permitir asimilarnos al flemático y cabal seleccionador nacional de fútbol y a un escultor comprometido, capaz de añadir belleza y significado a los árboles más bellos y significativos que fue encontrando en su camino?

Y por último, ¿en qué van a contribuir estas heterogéneas distinciones a la Defensa de la Nación Española, fin expreso de la entidad que con ese mismo nombre las otorga?

Empezando por el final, Gomá -director de la Fundación Juan March, letrado del Consejo de Estado y compañía envidiable para cualquier amante del discurso lógico- acota su propuesta ética al ámbito del «patriotismo reflexivo» que, según la distinción de Tocqueville, es el propio de las sociedades democráticas, frente a esa «especie de religión» que sería el «patriotismo instintivo».

No estamos, no estaremos, nunca podremos estar, pues, «con la patria, como con la madre, con razón o sin ella», como declaró Rafael Vera en una de sus pseudojustificaciones de los crímenes de los GAL. Ni tampoco se trata de la exaltación emocional basada en referencias culturales, ciertas o inventadas, propia del nacionalismo romántico que azota la península tanto por el Mediterráneo como por el Cantábrico y una pizca del Atlántico. De lo que hablamos es, en efecto, de lo único digno de ser planteado en una sociedad desarrollada en la era de la globalización: de ese «egoísmo refinado e inteligente» que el viajero enviado por la Monarquía de Julio a inspeccionar el sistema penitenciario de las colonias emancipadas de la corona británica descubrió que «incitaba constantemente» a los norteamericanos a «ayudarse entre ellos», fieles a «la idea de que el deber y el interés de los hombres está en hacerse útiles a sus semejantes».

El desafío intelectual que puso ante sí Gomá al escribir este ensayo fue resolver la aparente paradoja de trazar «una teoría de la ejemplaridad pública de base igualitaria». O lo que es lo mismo, disociar el valor del ejemplo de todas sus adherencias históricas, incluido el heroísmo clásico, el sentido aristocrático del deber y el papel atribuido a las élites por algunos de los grandes pensadores modernos, Ortega incluido.

Cuanto viene sucediendo tras la publicación de su libro no hace sino confirmar la percepción de Gomá de que la democratización y por lo tanto «vulgarización» de lo ejemplar está en el orden del día de la sociedad de la información y tiene carácter irreversible. Si ya los argonautas impidieron que Heracles les acompañara para que -según Aristóteles- «no hubiera a bordo alguien tan superior a los demás», ¿cómo no iba a ser cuestión de tiempo que en la era de Al Yazira e internet hasta las otrora sumisas poblaciones árabes, subyugadas por los méritos heroicos, imaginarios o reales, de militares como Mubarak, Ben Ali o Gadafi se rebelaran contra su férula? Y no es casualidad que entre los hombres más ensalzados -y cuestionados- del momento figuren dos dinamiteros de la compartimentación del conocimiento como el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, y el promotor de Wikileaks, Julian Assange.

Si en España el acceso en pie de igualdad de las mujeres a la sucesión de los títulos nobiliarios -en pro del cual me alegra haber dado alguna que otra pedalada- ya supuso en la pasada legislatura una brecha saludable en el coto cerrado de la aristocracia, pues no en vano tuvieron que recurrir los guardianes de las esencias al patético argumento de que las hijas de familias de alguna alcurnia no habían sido educadas para asumir esas responsabilidades, el Rey acaba de dar el tiro de gracia al viejo código de la ejemplificación al sentar el precedente de elevar al marquesado a un adiestrador de futbolistas. ¡Cuántas calaveras de alta prosapia no estarán rechinando los dientes en sus tumbas al constatar que ya puede hablarse con toda propiedad de una aristocracia del chándal!

Al perfilar su teoría de la «ejemplaridad pública de base igualitaria» Gomá está levantando acta de lo que él llama «la última boqueada del espectro antes de su total deslegitimación», es decir, de la feliz defunción del siglo de los totalitarismos basados en la doctrina del «superhombre» nietzscheano y todos sus derivados. Y es entonces cuando demuestra que «la ejemplaridad de Ortega está herida de ese aristocratismo despectivo que la inhabilita definitivamente para el proyecto de una paideia democrática».

Se refiere a sus propuestas sobre el papel rector y educador de las élites, incluidas en la segunda parte de La rebelión de las masas bajo el título de La ausencia de los mejores. Y, en efecto, en esas páginas de Ortega topamos con una evocación de la interpretación de la Historia al modo de los «purana indios» que Gomá soslaya -tal vez por ascetismo pirotécnico- pero que refleja bien las nostalgias que hoy mismo impregnan a sectores residuales de la derecha española desde los que se alientan contradictorias apelaciones a la sociedad civil. Corresponde al tercer capítulo de esa segunda parte, titulado Épocas Kitra y épocas Kali.

«En las épocas Kali -escribe Ortega en 1922, remitiéndose, claro, a Max Weber- el régimen de castas degenera; los sudra, es decir los inferiores, se encumbran porque Brahma ha caído en sopor. Entonces Vishnú toma la forma terrible de Siva y destruye las formas existentes: el crepúsculo de los dioses alumbra lívido el horizonte. Al cabo, Brahma despierta, y bajo la fisonomía de Vishnú, el dios benigno, recrea el Cosmos de nuevo y hace alborear la nueva época Kitra».

Si, por desgracia, Ortega tuvo razón al percibir que con la Europa de entreguerras estaba «concluyendo» una «época Kali», lo que Gomá viene implícitamente a decirnos es que ya no habrá ninguna nueva «época Kitra» -ningún sistema de castas que restablecer- y que la esperanza en el arte de «vivir y envejecer juntos» que llamamos civilización, esa «dignidad finita» que caracteriza al ser humano, sólo puede residir en «la vulgaridad reformada» mediante la incidencia cotidiana de la ejemplaridad.

Es entonces cuando nos lleva a ese pasaje clave que tanto le gusta citar a Carmen Iglesias, según el cual vivimos en una «red de influencias mutuas» en la que «todos somos ejemplos para todos, todo hombre es ejemplo para los demás y los demás lo son para él». De ahí es de donde surge «el imperativo categórico que dice: ¡Sé ejemplar!» porque «la constatación del poder del ejemplo en la vida de los demás me impone el deber de responder personalmente de mi vida».

La prueba de que esto es compatible con las relaciones de jerarquía o autoridad la tenemos en el hormiguero de un periódico como este en el que constantemente se toman decisiones estratificadas y en el que existe un director que tiene la última palabra -y a veces la ejercita-, asumiendo además la representación pública del elenco, pero en el que la línea editorial en el sentido más amplio del término es siempre el resultado de esa «red de influencias mutuas» que todos ejercemos sobre todos, mediante el ejemplo de lo que hacemos, decimos y escribimos.

Así durante la mañana del jueves 17 de febrero de 2011, aún felices por haber contribuido a que se hiciera justicia a Contador y pendientes de que Javier Espinosa lograra entrar en Bahrein, todos suspiramos con alivio al comprobar cómo Arcadi Espada salía airoso del arriesgado envite que había asumido en su polémica con otro brillante escritor sobre el peligroso alambre que separa ficción y realidad. Así durante la tarde-noche de ese mismo día todos nos sentimos un poco mejores a medida que el tam-tam del boca a boca fue transmitiendo la magnífica impresión que al claustro universitario con el ministro Gabilondo a la cabeza, convocado por la Fundación Conocimiento y Desarrollo para la entrega de su premio de periodismo, le produjo la sencilla y consistente intervención de nuestro redactor Juanjo Becerra cuando agradeció a sus padres los sacrificios que habían hecho en pro de su educación y anunció que destinaba el dinero del galardón a la bolsa de estudios de su hijita que correteaba por allí: pocas veces me había sentido tan orgulloso de uno de nuestros periodistas sin necesidad de que trajera una exclusiva. Y, entre tanto, los Príncipes en nuestro stand de Arco dedicado a Orbyt, las jubilaciones fraudulentas en Andalucía, todavía los trajes de Camps, los espectros de Armada y Ruiz-Mateos otra vez en la portada, los triples gloriosos de Llull en Estambul, la buena audiencia de Carlos Cuesta en esa Veo7 que vamos construyendo poco a poco, la discusión, el debate, la perpetua búsqueda y proposición de ejemplos… Un día más en la vida de EL MUNDO como individuo colectivo.

No fue casualidad sino premonición que la gorra que en octubre de 2009 lancé al público durante la fiesta multitudinaria de nuestro vigésimo aniversario, a modo de símbolo de que un periódico siempre depende en definitiva de sus lectores y de que a la siguiente generación le correspondería renovar o no los lazos de fidelidad contraídos por esta, fuera a caer -entre varios miles de posibilidades- precisamente en manos de Santiago Abascal, el admirable promotor y presidente de Denaes. Cuando en esta emblemática semana que incluye una efemérides redonda de la última vez que trató de restablecerse en España una «época Kitra», me toque recoger junto al marqués de Del Bosque y al Ibarrola cuyo «violento sentido consagrado» cantó Celaya, el diploma de Español Ejemplar me limitaré a decir, en nombre de Espada, de Becerra, de Espinosa, de Cuesta, de los columnistas y de los reporteros, de los que creen que somos demasiado duros con Camps y de los que creen que somos demasiado blandos con Camps, que ojalá este viaje de ida y vuelta, gorra va, premio viene, se convierta en metáfora de una España de verdad abierta en la que nadie sea tuerto ni del ojo izquierdo ni del derecho, en la que todos nos miremos con ese «egoísmo refinado» -o al menos refinable- que permite colegir las virtudes y ventajas de nuestro acerbo histórico y nuestro espacio constitucional.

Desde esta perspectiva «el compromiso con la unidad de la nación española; la defensa de la lengua española y de las libertades individuales de los ciudadanos; las implacables críticas hacia los nacionalismos separatistas y los estatutos de autonomía disgregadores; y el empeño en el reconocimiento de la dignidad y memoria de todas las víctimas del terrorismo» no son méritos, como sostiene un jurado pletórico de las más diversas ejemplaridades, sino nuestra forma natural de respirar acompasados.

Añadiré, eso sí, otras cuatro palabras de Javier Gomá que son de especial actualidad. Porque «la conexión establecida entre el ejemplo y la ejemplaridad desencadena a su alrededor una descarga carismática, un encantamiento magnético mucho más eficaz en la reforma de la vida de los ciudadanos que toda la coacción administrada por los poderes políticos». De ahí que la política deba ser ante todo «el arte de ejemplificar». De ahí que los políticos «gobiernen siempre de dos maneras: produciendo leyes y produciendo costumbres». De ahí que «no baste con que [los políticos] cumplan la ley, deben ser ejemplares». De ahí que «con frecuencia vemos que un político que no ha cometido ningún ilícito se hace reprochable ante la ciudadanía, debe dimitir de su cargo o se hace inelegible para ocupar uno nuevo porque… alguna actuación suya desdice de la confianza que motivó su apoderamiento». ¿Cómo pueden olvidar el PP y el PSOE que, a la hora de decidir quiénes son sus candidatos para tal o cual Comunidad, o no digamos nada si se trata de la Presidencia del Gobierno de la nación, están moralmente obligados a circunscribirse a aquellas personas que puedan presentar sin sonrojo como españoles ejemplares?

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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