Españoles por el mundo

Tenemos la fortuna de contar con una industria turística de primera categoría, que nos trae millones de visitantes y merece todo nuestro apoyo. También hay muchos españoles que salen cada año a disfrutar de viajes de descanso, turismo o aventura, hacia las cuatro direcciones de la tierra. Algunos descubren al llegar a sus lejanos destinos en América y Asia, con asombro delatador de la ignorancia, que han llegado a ciudades y regiones que llevan con orgullo nombres españoles. Contra este desconocimiento, se alza la toponimia, que es una mezcla de historia y cultura. No se trata sólo de que europeos y españoles representemos a comienzos del siglo XXI un caso exitoso de continuidad civilizatoria.

Españoles por el mundoLa historia de España solo se entiende como la apertura de una frontera continental y oceánica, un permanente movimiento de interacción global. Las primeras imágenes peninsulares remiten a una percepción vinculada a una situación geográfica en el extremo occidental del Mediterráneo, allí donde el escenario de la civilización clásica grecoromana se desvanece, frente al Atlántico. Resulta extraordinario que hace dos milenios las primeras culturas ibéricas fueran descritas bajo el signo del exotismo, la riqueza en metales y la presencia de gentes de carácter indómito e independiente. Si Estrabón, el padre griego de la geografía, señala que los peninsulares «practican una dieta simple y bárbara» a base de chivo y bellotas, Filóstrato anota que desconocen las Olimpiadas y Diodoro refiere que si caen prisioneros de sus enemigos se quitan la vida, pues prefieren la muerte a la cautividad. De Finisterre a los Pirineos, de la meridional Cádiz a la septentrional Ampurias, todo refuerza la concepción de aquella tierra indómita y montañosa como frontera del orbe. Con el paso de los siglos, acontece la fundación de la próspera Hispania romana. Donde en principio hubo sólo campamentos volantes de soldados y mercenarios, surgen asentamientos de veteranos, que fundan ciudades y pueblos llamados a perdurar. Pero el carácter de frontera no se pierde.

La Península Ibérica, dividida en dos provincias romanas, es retaguardia del imperio y punto de partida de exploraciones que cruzan las columnas de Hércules para llegar más allá, «Plus ultra». Tras la desaparición de Roma, se impone una geografía abierta al oriente del Mediterráneo, Asia y África. Alrededor del año mil, fecha mesiánica, la imagen de lo español empieza a hacerse más reconocible, a raíz de los procesos de creación de un poder monárquico cristiano integrado y el largo declive hispanomusulmán, que dura hasta 1492. El Camino de Santiago se convierte en vía de comunicación entre los distintos reinos cristianos europeos y peninsulares, mientras filósofos como el mallorquín Ramón Llull y embajadores como el madrileño Ruy González de Clavijo alcanzan Argel y Samarcanda. No es menos asombroso que el ceutí Muhammad El Idrisi llegue a Turquía, o que el hispanojudío Benjamín de Tudela tropiece con Bagdad en un itinerario que, quizás, lo lleva hasta la misma China. Mas la verdadera edad de oro de los viajes y descubrimientos españoles acontece en el siglo XVI. Entre el viaje del Descubrimiento de América en 1492 y el retorno de Juan Sebastián Elcano de la primera circunnavegación en 1522, la tierra se hace una. De manera casi literal, costas y mares se abren a la expansión marítima, con una mezcla de aventura, despliegue de capital-riesgo, ciencia y tecnología españolas. Primero el Atlántico, luego el Pacífico, el Índico y hasta las latitudes polares: en 1603 el almirante Gabriel de Castilla pisa las cercanías de la Antártida. Contra el tópico de la decadencia, en el XVII hispano la tendencia al movimiento y la curiosidad no desaparece, sino que se especializa. Aparecen personajes como el «falso Inca» Pedro Bohórquez. O la monja alférez, Catalina de Erauso, verdadera trotamundos que muere cerca de Veracruz, después de pendencias, aventuras y hallazgos.

Es la etapa más importante de la exploración jesuita de las selvas tropicales. La centuria ilustrada marca una segunda edad de oro para las exploraciones españolas, pues el reformismo borbónico hace de las expediciones científicas una empresa de Estado. Las hubo botánicas, mineralógicas, hidrográficas, astronómicas, de límites o de fomento, desde Filipinas a Alaska, Patagonia, Nueva Zelanda y Australia. Entre sus participantes reina el cosmopolitismo, pues al servicio de la corona española hubo suecos, alemanes, franceses y naturales de los reinos de Italia, como Alejandro Malaspina o Federico Gravina. Sus funciones económicas y tecnológicas estuvieron vinculadas a la expansión comercial marítima, el descubrimiento de materias primas, el establecimiento de nuevos mercados, la organización de territorios y la consolidación de fronteras. De este modo, todo aquello que configura el mundo contemporáneo se relaciona con los afanes y hallazgos de la exploración española, activa igualmente en el siglo XIX. La historiografía de los viajes y exploraciones, habituada a impulsos grandiosos seguidos de supuestas caídas abismales, ha tendido a menospreciarlo. En verdad, después de un imperio queda un remanente de cultura del viaje. Existen instituciones e intereses muy consolidados que promueven su continuidad. El inventario de viajeros y exploradores de aquella centuria evidencia impulsos corporativos encomiables, como los que mantuvieron las comisiones hidrográficas de la Real Armada o los ingenieros militares, de montes o caminos. Junto a viejos escenarios americanos, ahora reducidos a Cuba y Puerto Rico, más Filipinas y sus archipiélagos cercanos –Carolinas, Marianas– en Asia, aparecen otros nuevos, como Cochinchina, Persia y hasta China. La demanda de conocimientos geográficos aumenta. Tras la derrota de 1898 en la guerra hispano-norteamericana, se hace visible un fuerte rechazo a la situación anterior de decadencia y pesimismo y se apodera de la sociedad española un ansia de renovación. Aparecen nuevos medios y técnicas de comunicación, como el cine o el fotoperiodismo.

Las posibilidades de hallar públicos para reportajes y relatos de viaje o exploración se multiplican. Hay nuevos héroes colectivos. Los pioneros de la aviación figuran en lugar destacado. Junto a corresponsales –Sofía Casanova de ABC la primera– y fotógrafos de guerra, viajeros extremos, científicos, arqueólogos y exploradores, aquellos pilotos e ingenieros de vuelo como Ramón Franco, Francisco Iglesias, Julio Ruiz de Alda, Mariano Barberán y Joaquín Collar, captan el espíritu de un tiempo en el cual la anomalía española, resumida en los tópicos románticos, parecía cosa del pasado. Los aviadores enlazan el espíritu y la geografía de las viejas exploraciones con las maquinarias y necesidades del presente. Existe toda una nómina de personajes de extraordinaria y sorprendente creatividad, a la hora de imaginar empresas de exploración geográfica durante la «Edad de plata» de la cultura española. La Guerra Civil y la amarga posguerra supusieron una auténtica congelación de la imagen de España, instalada hasta la exitosa transición política en el aislamiento, el arcaísmo y el rechazo. Hubo una diversificación de los impulsos de aquellos viajeros y exploradores supervivientes del conflicto fratricida, que se pusieron al servicio de la administración de Marruecos o Guinea, o de las Repúblicas americanas, donde algunos se exiliaron. Con posterioridad y hasta nuestros días, en consonancia con profundos cambios sociológicos y económicos, la emigración y el consumo, el proceso de modernización español expresa una franca alegría de vivir, que representa también la recuperación de un itinerario global. Ahí estamos hoy, donde siempre habíamos estado. Lejos de casa, por el ancho mundo. Con más preguntas que respuestas.

Manuel Lucena Giraldo, investigador del CSIC y editor científico de «Atlas de los exploradores españoles».

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