Esperando a Los Soprano

Las secuencia inicial no podía ser más desconcertante: un tipo de mediana edad superaba una crisis de ansiedad contemplando a los patos que abrevaban en su piscina. El episodio piloto se emitió a finales de 1999. No llamó mucho la atención. Ni siquiera hoy en día está considerado entre los mejores episodios de apertura aunque la serie que inició está en todas las antologías. Terminaba con un final demasiado abierto, el ritmo era lento, parecía poco televisivo. Pero fue el principio de todo.

Ciertamente el episodio número uno de Los Soprano marcó el advenimiento de una nueva era en la ficción televisiva. Su subversiva audacia argumental fue fruto de la neurosis de su creador -David Chase-, un guionista de cine fracasado que amaba las películas francesas. Chase supo aunar a muchos talentos que escribieron el desarrollo de las seis temporadas de Los Soprano.

Tuvo suerte las condiciones de la cadena HBO en aquella época fueron favorables a la revolución temática que supuso la serie. Hoy el consumo audiovisual, el desarrollo de contenidos ha cambiado de órbita y ya no gira alrededor del dios cine. El gran negocio es la ficción televisiva. Hay un acuerdo general en destacar Los Soprano como el inicio de todo lo que ha venido después.

En España sin embargo todavía no hay una serie que haya conseguido cerrar el círculo, contar con el favor de la crítica y un éxito incontestable de audiencia como ocurrió Los Soprano en el panorama norteamericano. También aquí, en las sobremesas familiares, cuando no se habla de fútbol se habla de series. No obstante, ninguno de los títulos que manejan los cuñados -“tienes que verla, tu hermana y yo vamos por la quinta temporada”- suele ser de producción española.

Ciertamente la calidad de las series nacionales -al menos una docena de títulos producidos en los últimos años- se merecen el calificativo de brillantes. La ficción española se vende en mercados internacionales, aumenta el número de empresas, cada vez se producen más horas. Pero el hecho es que la percepción del público sobre la calidad de las series nacionales es muy negativa. Sucede como en el caso del cine español, aunque seguramente por razones diferentes: las series españolas no tienen “prestigio”; el cuñado no farda de haber visto Vis a vis o el Ministerio del tiempo.

Por supuesto se trata de una apreciación subjetiva pero en España todavía estamos esperando a Los Soprano. El público tiene muchas ganas de identificar una serie española como santo y seña. La Edad de Oro de la ficción española es una realidad desde el punto de vista industrial y sin embargo no encuentra su reflejo cultural. Las series nacionales tienen máximas audiencias pero no están en el ADN de un espectador que sin embargo sí se identifica las obras maestras de la producción anglosajona.

Las causas de la ausencia de una serie nacional que haya roto el paradigma cómo lo hizo la creación de David Chase son muy variadas pero fáciles de resumir: en España no se producen series para audiencias sino para anunciantes; dichos anunciantes garantizan la supervivencia del duopolio -Mediaset y Atresmedia-. El duopolio produce contenidos gratuitos -series- para un público que tiene poco que decir en cuanto a la calidad. La clave de la ecuación es la gratuidad del servicio, no la calidad. La gratuidad es la causante por ejemplo del largo metraje de las ficciones nacionales -un capítulo de La que se avecina dura 90 minutos- y los bajos presupuestos. Se produce por tanto una tormenta perfecta que está lejos de proporcionar las condiciones más adecuadas para que surja una ficción original y rompedora.

Sin embargo ciertos movimientos pueden hacer que el panorama cambie a medio plazo. El primer síntoma de distorsión y posible crisis del modelo preconizado por el duopolio es la aparición de nuevos jugadores en el tablero. No sólo los canales Premium como Movistar, Netflix o HBO con sus inmediatas apuestas de producción nacional -sobre todo en el caso del primer operador- han empezado a agitar el mercado. La ruptura viene también de contenidos pensados para la venta internacional. Es el caso de las series que produce el gigante Mediapro que no son ideadas con la vista puesta exclusivamente en el mercado nacional.

Un caso peculiar sería el de La catedral del mar, una serie pendiente de estreno cuyos episodios de duración estándar (50 minutos) y presupuesto alto (un millón y medio de euros por episodio) son fruto de la conjunción de una cadena privada –Atresmedia-, un canal de pago –Netflix- y una productora de prestigio –Diagonal TV, productores de Isabel. Quizás la adaptación de la novela de Idelfonso Falcones cambie el paradigma.

Además de La Catedral del mar la temporada que viene será crucial para vislumbrar el futuro de la ficción española. La nómina de títulos pendientes de estreno es apabullante. Los presupuestos que se manejan eran inimaginables hace apenas unos años y muchas de las series ahora en rodaje han sido diseñadas para una audiencia selecta más que para un público masivo.

El gran dilema de los creadores de contenidos es si realmente esa audiencia selecta responderá de una vez a la llamada de la calidad o seguirá siendo seducida por propuestas más facilonas. El mercado no siempre es para los gourmets y está por ver si en España hay suficiente espacio para contenidos más refinados. La batalla se libra en varios frentes pero por primera vez en muchos años el audímetro puede ser desplazado del centro de la contienda.

Habrá bajas, sin duda. Representantes de las cadenas hegemónicas se han apresurado a resaltar que cualquier canal de la televisión digital terrestre en abierto tiene un seguimiento muy superior al de la televisión de pago. Nada que objetar. El dato sin duda es certero.

Quizá el error de unos y otros sea ver al contrario como enemigo. Si el duopolio colabora con los nuevos actores en la financiación de contenidos de calidad -como ha sucedido con La catedral-, tal vez el público nacional tenga por fin sus Soprano.

Fernando Hernández Barral es guionista y doctor en Comunicación.

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