Esperando a Obama

Para los analistas y los observadores del panorama electoral americano siempre permanecerá como aviso y cautela la foto de Truman con una amplia sonrisa celebrando su elección a la presidencia en 1948 -como vicepresidente había sustituido a Rooselvelt cuando éste murió, en 1945- y desplegando entre sus manos la portada del «Chicago Tribune» de aquel día, 3 de noviembre, anunciando en grandes titulares de primera página que el ganador había sido el candidato republicano Dewey. Un deficiente conocimiento de las entonces incipientes encuestas, y la inclinación ideológica del diario, fueron los causantes del desaguisado, evocado como recordatorio de la prudencia con que deben afrontarse las predicciones en la carrera electoral hacia la presidencia de los Estados Unidos.

Pero en 2008, a menos de una semana de la celebración de los comicios, parece sensato pronosticar que la sorpresa del 48 no volverá a repetirse y que el candidato que todas las encuestas han venido dando por ganador en el curso de los últimos dos meses, el senador por Illinois Barack Obama, será el próximo inquilino de la Casa Blanca. Claro que caben las reservas y las puntualizaciones: el color de la piel de Obama es para un tercio de los votantes potenciales un motivo de vacilación, que sólo de manera muy indirecta aparece reflejado en las encuestas; la movilización electoral de la que presumen los demócratas es notablemente menor de lo anunciado e incierta la relación entre el registro de votantes y los que efectivamente hacen uso del derecho; el bizantinismo del colegio electoral permite abrigar dudas sobre la certeza de los pronósticos; y al final, grandeza de la democracia, el resultado está en las manos de los que acuden a la cabina del voto, cierran la cortinilla, y en la soledad de su conciencia deciden apostar por el que estiman es el mejor candidato para regir los destinos del país durante los próximos cuatro años. Con todo, constituiría una gigantesca e inesperada sorpresa, como la muy agradable que recibió Truman en 1948, el que John McCain fuera el ganador de la contienda. Estamos en tiempo de Obama. ¿Cómo imaginar lo que su presidencia nos depare?

Por fuerza deberá comenzar por ser una presidencia doméstica, surgida en momentos de profunda crisis económica y más que ninguna otra, desde que Rooselvelt fuera elegido por primera vez en 1932, dedicada a la solución de los problemas acuciantes a los que la ciudadanía debe hacer frente. Desde luego los ya detectados con anterioridad a que la crisis estallara -las insuficientes coberturas sanitarias, la falta de la calidad de la enseñanza pública, las envejecidas infraestructuras- y los que se sitúan en el origen de la misma y en sus consecuencias -el estallido de la burbuja inmobiliaria, la crisis hipotecaria, la debilidad de los mercados financieros, la restricción del crédito, la pérdida de puestos de trabajo-. En esta ocasión, como en ninguna otra desde 1929 y con una preocupación desconocida en los últimos cuarenta años, los americanos van a votar con la mano en el bolsillo y el corazón en un puño. Los márgenes para la aplicación de las soluciones son tan estrechos como urgentes y Obama se inclina por un repertorio convencionalmente keynesiano: más gobierno, más inversión pública, más intervención. Las Arcadias felices no sirven hoy como programa y Obama deberá esforzarse desde Washington para demostrar que ha comprendido la gravedad del momento. Hasta Alan Greenspan ha terminado por reconocer su error al confiar sin límites en la capacidad autorreguladora del mercado. Obama es el hijo directo de la crisis, como McCain su principal víctima. Los que seguramente otorgarán mayoritariamente su confianza al senador afroamericano esperan de él que la resuelva y en las fórmulas los dos contendientes no han estado muy alejados: ningún reproche a la masiva intervención en los mercados -una cuasi nacionalización- promovida conjuntamente por la Casa Blanca republicana y la Reserva Federal.

El mundo espera con lógica ansiedad el resultado de las elecciones presidenciales americanas, en un reflejo del clásico «¿qué hay de lo mío?» y cada cual otorga al probable vencedor, pongamos Obama, las virtudes que desearía ver encarnadas en la Casa Blanca. Muchos son los habitantes del planeta, en la izquierda o en la derecha, deseosos de investir al senador por Illinois con la clámide que hace tiempo arrebataron a Bush y dotarle de las características de un bondadoso caballero andante, dedicado pacíficamente a deshacer entuertos por el ancho globo y, sobre todo, a ser un reflejo de lo que cada uno quiere -en Berlín, en París, en Madrid o en Tegucigalpa-. Craso error de perspectiva. Los que en el Tiergarten berlinés le aclamaron masivamente hace todavía pocas semanas, los que en las encuestas europeas le dan una aplastante mayoría, la izquierda que ahora le proclama salvador de las esencias universales, ¿recuerdan acaso un solo momento de beatitud relacional con algún presidente americano desde el final de la II Guerra Mundial? ¿Ya nos hemos olvidado de los tiempos en que la alegre muchachada de los sesenta y de los setenta se tumbaba en el pavimento de las capitales europeas diciendo preferir ser rojos a estar muertos?

El presidente Barack Obama deberá enfrentarse con una densa agenda internacional a la que aportará indudablemente su sello personal -hoy en gran parte más imaginado que conocido- en el marco de las concepciones que han sido las propias de los Estados Unidos en las últimas décadas: el mantenimiento de la supremacía política y militar, la difusión de los valores democráticos, la generalización de un sistema de alianzas con los próximos y contención de los ajenos. Se puede presumir, porque así lo dice él, que la presidencia de Obama recurrirá a la diplomacia más de lo que hubiera hecho la de McCain, pero eso no excluiría el eventual recurso a la fuerza si el caso lo exigiera y en los supuestos que podemos fácilmente imaginar: Irán, nuevos ataques terroristas, graves riesgos para los intereses vitales de los Estados Unidos en cualquier parte del mundo. La institucionalidad americana dota de un gran sentido de continuidad a su política exterior, más allá de los acentos personales, de los aciertos o de los errores de bulto. Obama terminará conduciendo una presencia internacional no muy diferente a la que habría practicado McCain en el caso de ganar las elecciones: éste, irónicamente, decía que había que bombardear Irán; aquél, sin ninguna ironía, se propuso hacerlo con Pakistán. Los paralelismos podrían multiplicarse.

Con todo, lo que importa en la perspectiva de los países que se tienen por amigos y aliados de los Estados Unidos es mantener los grados adecuados de proximidad y entendimiento, en el marco general de comprensión de los intereses nacionales de unos y otros, de manera que la persona del inquilino de la Casa Blanca no sea el único factor para la debida intensidad de las relaciones. Se equivocan los que presagian con una sonrisa la llegada de Obama al poder, como si de una victoria propia se tratara, y aquellos que fruncen el ceño ante la derrota de McCain, como si de ellos fuera. Lo que a todos debería importarnos es que Barack Obama, porque seguramente de él se tratará, sea capaz de encabezar con acierto el liderazgo del país democrático más poderoso de la Tierra en el laberinto de tribulaciones que ahora nos confunden. El resto -los que no se levantan ante la bandera americana, los que cuentan los días que le quedan a Bush, los que presumen de, y luego lamentan, no haber pisado nunca la Casa Blanca- es silencio.

Javier Rupérez, embajador de España.

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