Esperando al Mesías

En julio de 2007, el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, pronunció en la Universidad de Dakar (Senegal) un polémico discurso cuya tesis principal compendia una frase: «El drama de África es que el hombre africano aún no ha entrado en la Historia». Nada nuevo bajo el sol. Es creencia generalizada entre los europeos, avalada intelectualmente por la Filosofía de la Historia de Hegel (1831) y el Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, del conde de Gobineau, publicado veinte años después; con pocos matices, ambos textos nutren desde entonces las ideologías dominantes, manuales de las relaciones de poder entre los pueblos del Orbe. Meses atrás, el actual mandatario norteamericano, Donald Trump –o un próximo suyo, poco importa no recordarlo con precisión– exhumó rancias teorías sobre la inferioridad congénita de sus compatriotas negros, y de todos los africanos, pretendiendo enmendar la Historia: «Fue un error abolir la esclavitud», sentenció. Posicionamientos que enardecen de indignación al reducto que preferiría mantener las conquistas del Humanismo, ver nuestro mundo con la luz de la Razón y cegar por siempre los prejuicios simplistas. Malestar creciente inspirador de reacciones estridentes, como el reciente arrebato de un nutrido grupo de estudiantes no europeos en universidades británicas, al proponer la supresión del currículo académico obras de pensadores relevantes consideradas nocivas u obsoletas.

Parecen insuficientes los aspavientos y cuantos argumentos puedan argüirse contra el oscurantismo maniqueo, incluso si se basan en ciencias rigurosas como Biología, Antropología e Historia, al no zanjar la cuestión de fondo: la percepción que las sociedades africanas y, por extensión, el humano de piel oscura, transmite al resto del universo. Resulta superfluo esgrimir sentimientos pasionales en determinados temas, trampa que atrapa a menudo a gente bienintencionada, recurso último del desvalido. Es obvio que crece la intolerancia en un mundo cada vez más crispado; pero la resistencia contra el sectarismo que desemboque en dignificación requiere oponer razones y hechos objetivos. Y por desgracia, África ofrece pocas realizaciones edificantes desde que, aprovechando la corriente de tolerancia surgida tras la barbarie totalitaria que desencadenó la II Guerra Mundial, periclitó la dominación colonial y emergieron sus nuevos Estados.

Ni se ignoran ni se minusvaloran los condicionantes que sustentan opresión y miseria, características esenciales de estas naciones sin soberanía en la presente era neocolonial. Resulta, sin embargo, igualmente perversa la falacia permanente que lleva al africano a ignorar la viga en el propio ojo. Desde 1960, el discurso demagógico africanista atribuye sistemáticamente a causas externas cuantas tribulaciones afligen su vida. Siendo cierto que otros aprovechan las carencias morales, intelectuales y materiales de las élites, instaladas o aspirantes, tampoco es baladí la nefasta contribución al drama de dirigentes en general insolidarios, insaciables y crueles, autoerigidos en dioses terrenales, dueños absolutos de vidas y haciendas de pueblos abocados a soportar increíbles vejaciones con una resignación pasmosa. Desde esta perspectiva, parece lógica la asombrosa imagen proyectada por África en las demás culturas. ¿Cabe rasgarse las vestiduras cuando el espejo refleja la propia incuria? Si, pese a cuantas fórmulas y recetas ideadas, ese continente apenas presenta signos de regeneración tras sesenta años de independencias, lo natural es indagar las causas de que unas sociedades progresen mientras otras se estancan en su pobreza crónica. En vez de irritación, las toscas salidas de tono de conspicuos manipuladores imbuidos en anacrónicas ideas supremacistas debieran impulsar la reflexión. ¿Y qué razones objetivas y logros palpables contraponer para desmentirles? ¿Se hace lo necesario, con inteligencia y honestidad, para revertir vergonzantes realidades convertidas en sino, en predestinación?

Ejemplo paradigmático es Guinea Ecuatorial. Sus sufridos habitantes nunca han conocido la libertad: descolonizados en 1968 por la dictadura fascista del general Francisco Franco, enseguida quedaron sojuzgados bajo una de las tiranías más inhumanas del S. XX. Las tergiversaciones propagandísticas no logran ocultar que la asonada militar que derrocó a Francisco Macías Nguema en agosto de 1979 no fue el fin de la opresión; su viceministro de Defensa, Teodoro Obiang Nguema, protagonista destacado en aquel régimen sanguinario, no se rebeló para devolver la libertad y el bienestar a sus compatriotas, sino para defender sus propios privilegios. Algunos lo señalamos entonces, y nadie nos escuchó; casi cuarenta años después, la premonición es innegable realidad. ¿Es creíble, desde el sentido común, atribuir al colonialismo tan trágica andadura? Quizá sea más razonable concluir que la miseria hoy soportada por los guineanos en su riquísimo país, y la ausencia de derechos básicos padecida por ciudadanos hartos de vivir en servidumbre, no se deben a imposiciones foráneas, sino al designio de malévolos déspotas internos, creadores del hábitat ideal en que se pavonean a su antojo los pescadores en río revuelto.

Cuando aparecen prístinos los signos de un fin de ciclo, conviene ir diseñando el futuro inmediato, decididos a no repetir errores de antaño. Pálpitos de rencores acumulados durante la colonización y bisoñez impulsaron reacciones primarias, única razón de la victoria de Macías en 1968, el candidato más visceral y vocinglero; ingenuidad que aún pesa sobre todos; se trataba de «echar al blanco», sin calibrar las previsibles consecuencias. En 1979, quienes podían auparon al poder a un personaje indigno, política y moralmente incapacitado para asumir la función encomendada, desacierto origen del clamoroso fiasco actual; la ligereza priorizó «acabar con el loco», mientras pulían las garras del monstruo agazapado; he aquí el resultado.

Si pudor y responsabilidad social aconsejan prudencia al abordar ciertos fenómenos –por no dar cuartos al pregonero y evitar las incomodidades de oponerse a la «oposición»– el interés general impulsa a insistir, a sabiendas de que quizá se reme a contracorriente. Temerario conformarse con poses y apariencias; el diseño de un país ávido de libertad y desarrollo requiere actores de perfil nítido y trayectoria intachable, personas honestas de acreditados principios morales. Aunque abundan los demagogos más que las setas en otoño lluvioso, la espesura del bosque no puede impedir ver los árboles. Existen, de especies preciosas, y aguardan ser descubiertos. Es preciso encontrarlos. Agudeza visual recomendable a nacionales y extranjeros. Sería impropio esperar del ansiado mesías el espectro del tercer tirano.

Donato Ndongo-Bidyogo

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