Esperando las lluvias

Hace unos pocos años, los mandarines que determinan lo que debe ser considerado políticamente correcto decidieron que una palabra debía ser excluida del vocabulario bienpensante: los trasvases entre ríos y entre cuencas fluviales. A quien se mostrara partidario de un trasvase se le debía considerar un facha, así de simple. También así de simplista.

La cosa no dejaba de ser curiosa. Tradicionalmente, el pensamiento progresista siempre había sido ferviente partidario de los trasvases entre ríos. La razón era muy sencilla: los trasvases respondían al principio de solidaridad, central en el ideario progresista. El agua de los ríos no era de nadie y, por tanto, era de todos, era un bien público. Había, pues, que repartirla, nadie podía apropiarse de ella, debía distribuirse equitativamente entre las personas, entre los seres humanos. ¡Los seres humanos, qué tiempos aquellos! ¡Los derechos del hombre y del ciudadano, la libertad y la igualdad de las personas, 1789! ¿Recuerdan?

Ahora ya no existen los seres humanos: se han deconstruido. Ahora existen hombres y mujeres, menores y mayores, aragoneses y catalanes, vascos y vascas, homosexuales y heterosexuales, consumidores y usuarios, cristianos, judíos y musulmanes. El hombre, el individuo a secas, ha desaparecido de nuestro panorama político, ya no existe como ya decía Joseph de Maistre, en 1796, en su crítica a las ideas de la Revolución Francesa en defensa del antiguo régimen: «No hay hombres en el mundo. Durante mi vida, he visto a franceses, italianos, rusos, etcétera; sé incluso, gracias a Montesquieu, que se puede ser persa: pero en cuanto al hombre, declaro no haberlo encontrado en mi vida; si existe, mi ignorancia sobre tal hecho es total». Hoy la izquierda parece estar con De Maistre, no con Voltaire, ni con Diderot, Condorcet o Sieyès, que por encima de todo creían en el ser humano.

Pero sigamos con el curioso cambio de la izquierda respecto a los trasvases. Alguna razón debe de haber para dicho cambio. Al fin y al cabo, el plan hidrológico propuesto por Borrell en 1991, cuando era ministro de Fomento de Felipe González, fue mantenido por el PSOE hasta la llegada de Zapatero y estaba basado en el trasvase entre cuencas fluviales para mantener la solidaridad entre los ciudadanos. ¿Qué sucedió para cambiar de parecer? Sucedió un hecho, apareció un nuevo dato de considerable importancia: la necesidad de proteger el medio ambiente. Un dato real, indudable, que aconsejaba variar un poco el rumbo, ya que las necesidades del bienestar humano no deben ser la causa de la destrucción de bienes como el aire y el agua, la fauna y la flora, que son precisamente las fuentes de este bienestar. Hay que proteger, por tanto, los ríos, y también los deltas, que tienen una importante función ecológica. De acuerdo.

Pero entonces aparece la demagogia política disfrazada de pensamiento. Aprovechando que el gobierno de Aznar ha elaborado un plan hidrológico basado también, como el de Borrell, en la canalización y el trasvase entre ríos y cuencas, arremeten contra él con furor, simpleza e ignorancia, considerando que todo trasvase es una aberración, propia sólo del facherío más inmundo, algo que sólo puede sostener un partido como el PP. La palabra trasvase se convierte en maldita, quien la pronuncia es sospechoso de apoyar al PP. La marabunta de los fanáticos arrasa siempre con cualquiera que muestre alguna duda razonable.

Por supuesto, yo no entiendo de esta materia y, por tanto, no puedo mantener solución alguna mínimamente fundada. No sé si es mejor el trasvase del Segre, del Ebro, del Ródano o del Ter, si son preferibles las plantas desalinizadoras o el transporte del agua en barco o en tren. Pienso que quizás sería bueno comprar el agua a los chinos, que siempre venden tan barato. Las soluciones deben aportarlas los técnicos y científicos, siempre acompañadas de buenas razones, la soluciones probablemente serán varias, algunas seguramente compatibles entre sí. Al fin, los órganos políticos competentes deberán decidir.

Por tanto, no mantengo solución alguna. Ahora bien, sí que estoy convencido de una cosa, quizás sólo de una sola cosa: que con anatemas y descalificaciones nunca se llega a averiguar la verdad. Como decía Stuart Mill, «siempre hay esperanza cuando las gentes están forzadas a oír a las dos partes, cuando tan sólo oyen a una es cuando los errores se convierten en prejuicios y la misma verdad, exagerada hasta la falsedad, deja de serlo».

Hace unos años, algo de razón tenían los adversarios de los trasvases, en concreto del trasvase del Ebro. Algo de razón tenían. Pero por razones de oportunidad y conveniencia política, no por razones de servir a la verdad, exageraron hasta la falsedad y descalificaron a quienes mantenían posiciones contrarias. Ahora, humillados y avergonzados, ante la penosa situación de Barcelona, que bien se cuidaron de ocultar antes de las elecciones, se ven obligados a rectificar y tomar precipitadas medidas de emergencia. Han decidido un trasvase, aunque lo denominan de otra manera y, esperando las lluvias, promueven rogativas a los dioses, cual brujos de antiguas tribus ancestrales.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB