Esperanza en días de crisis

Se comienza de nuevo. Vuelta al trabajo, a la escuela, a la relación con los compañeros. Con una diferencia: nunca como ahora lo habíamos hecho con un horizonte tan oscuro, sintiendo la amenaza de medidas de nuevo restrictivas a causa del Covid 19. ¿Cómo es posible afrontarlo?

El ser humano se pone delante de la realidad con una esperanza natural. La genialidad de Pavese residía en captar como algo propio de la estatura humana, de la suya y por tanto de cada uno de nosotros, la espera y la esperanza: «¿Acaso alguien nos ha prometido algo? Y entonces, ¿por qué esperamos?». Pero cuando la realidad se vuelve implacable, contradictoria, se pone a prueba la consistencia de nuestra esperanza.

Precisamente por ello es justo preguntarse: ¿Cómo se puede afrontar un desafío de esta naturaleza? ¿Basta un genérico optimismo? El optimismo es una disposición psicológica para ver el lado positivo de la realidad y decir que todo va bien, aun a condición de tener que cerrar los ojos. Es algo temperamental y a la vez pasajero: cambia el tiempo, llega un temporal y se acaba todo. Cuando nos vemos desafiados más allá de lo ya conocido, de nuestras medidas, de nuestras fuerzas, de nuestros intentos, se ve si tenemos un punto de apoyo adecuado para afrontar con positividad lo que nos pasa. Si falta esto, solo podemos esperar a que pase la tormenta, y esto no solo no resuelve sino que agrava la dificultad.

¿De dónde nace la esperanza? A veces he propuesto esta comparación. Imaginemos que alguien tiene una enfermedad muy rara, que acaba con la muerte en la gran mayoría de los casos, y que en un remoto lugar del mundo un médico descubre por fin un fármaco eficaz. Aún no tiene la medicina, hará falta tiempo para que llegue, por tanto aún no ha cambiado nada, pero ha sucedido algo que ya lo ha cambiado todo: la sola noticia ya ha modificado la manera de relacionarse con esa enfermedad, de vivir la circunstancia. Por eso decía Pèguy: «Para esperar hace falta haber recibido una gran gracia».

Pero esto, más allá de la imaginación, es lo que sucede de manera muy concreta en la vida. Uno puede haber perdido cualquier esperanza de cambiar, como me contaba alguien hace unos meses: «No creía que en el umbral de los cincuenta años se pudiese renacer. He perseguido durante años objetivos que no resistían el embate del tiempo: la universidad, mi profesión, la familia. Cada vez que alcanzaba lo que me había propuesto me sentía insatisfecho, y una y otra vez buscaba nuevos objetivos. Me sentía inútil». Esta persona había perdido toda esperanza de que algo nuevo entrara en su vida. ¿Qué le ha hecho renacer? «Un día, en el ámbito del colegio de mis hijos, conocí a una persona que tenía un brillo en los ojos. Él también estaba viviendo un momento complicado por problemas de trabajo, pero tenía un aspecto sereno, seguro de sí mismo, en una palabra, alegre. Nació entre nosotros una fuerte amistad. Fuimos juntos de vacaciones con nuestras respectivas familias, y mi curiosidad con respecto a él crecía. Todavía hoy me sorprendo de esta amistad», decía, que le ha cambiado la vida en estos tres años.

«La esperanza es una certeza en el futuro en virtud de una realidad presente», dice Luigi Giussani. Para que mis alumnos pudieran entenderlo, solía decirles: «¿Pero tú crees que tu madre te quiere?». «Claro». «¿Estás seguro?». «Segurísimo». «Entonces, si estás tan seguro, ¿puedes pensar que haya algún momento, por algo que pase en la vida, en que tu madre pueda dejar de quererte?». «No, ¡claro que no!», me decían. ¿Por qué? ¿Dónde se fundaba esa certeza para el futuro? En un presente, en una experiencia presente.

Pero cuando la prueba es más potente –pensemos en la enfermedad, la pérdida de empleo o en el momento final de la muerte–, ¿qué presencia tiene que entrar en nuestra vida para que podamos afrontar esa prueba con esperanza?

Los discípulos de Jesús se toparon con una presencia carnal, histórica, que desafiaba sus medidas abriendo un resquicio absolutamente impensable hasta poco antes de conocerlo, aun siendo algo totalmente deseable y esperado. Nosotros esperamos a que pase la tempestad. Los discípulos, en cambio, se encontraron con alguien incomparable, con quien podían afrontar hasta la tempestad. Los que vieron durante días, meses, años, hechos como los que hacía Jesús, y después lo vieron resucitado –los mismos que lo habían depositado en el sepulcro–, pueden afrontar todos los desafíos con su presencia en la mirada, una presencia que les permite no estar determinados por el miedo, por sus propias fuerzas. ¡Qué experiencia tiene que haber vivido uno como Pablo de Tarso, a quien no se le ahorró ninguna dificultad en la vida, para decir: «Ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» (Rm 8,38-39)! Por eso podía decir que tenía «una esperanza que no defrauda» (Rm 5,5).

Esta es la contribución que los cristianos podemos ofrecer para volver a empezar en esta situación de pandemia: despertar la esperanza en aquellos con los que nos encontramos. No porque seamos más buenos y capaces que otros –conocemos bien nuestros límites–, sino porque hemos recibido un don que no podemos mantener oculto, de modo que quien lo encuentre útil para su camino humano pueda tomarlo para sí.

Julián Carrón es presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación.

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