Esperanza en el horizonte

Si fuera de los que expulsaron al PSOE del hecho constitucional hoy estaría profundamente preocupado. Critiqué que Pedro Sánchez no convocara elecciones una vez que la moción de censura le hiciera presidente del Gobierno con apoyos más que sospechosos, me opuse en diferentes artículos a la consolidación de una apuesta política que aglutinara a los socialistas con Podemos y los independentistas catalanes; renegué de la pretensión que algunos tenían de hacer de Franco un eje de la política española actual y, por lo tanto, a una oscura pretensión de impugnar los cimientos de la Transición del 78. Con igual fuerza me opuse y me opongo a la expulsión del PSOE del arco constitucional, siendo muchas las razones para ello: me parece que esa pretensión es el resultado de un sectarismo tribal lleno de ira, frustración y de un rechazo desordenado e irracional a todo lo relacionado con los socialistas. Pero sobre todo sería el final del periodo político iniciado en el último tercio del siglo pasado, que no se comprende sin el protagonismo del PSOE. Asistiríamos así, visto desde mi punto de vista, a la triste paradoja del derrumbamiento de todo lo conseguido en la sociedad española por los mismos zelotes de la legalidad del 78, autoproclamados sin ninguna legitimidad y replegados en una pureza política incompatible con la realidad cotidiana, abigarrada de tonos grises.

Durante años, en una densa soledad, he defendido la necesidad de acuerdos entre quien gobierna y los que pueden gobernar en España para enfrentarnos a los grandes retos de nuestra sociedad. El terrorismo -primero de ETA y posteriormente de origen islámico-, la educación, nuestra posición en el mundo o las sucesivas olas de emigración que provienen del sur conmocionando a parte de la sociedad europea, son cuestiones que necesitaron y siguen necesitando el acuerdo de las grandes fuerzas políticas. Si en todos los países de nuestro entorno el acuerdo siempre es conveniente, los argumentos para invocarlo en un país como el nuestro son de imprescindible necesidad, al carecer de una interpretación común de nuestro pasado y de unas instituciones fortalecidas a través de una historia canónica en la que el pasado y el presente han sido hasta hace bien poco prolegómenos, más o menos pacíficos, de tiempos mejores. Justamente ese convencimiento, innegociable por intereses partidarios o por afectos militantes, es lo que me llevó a proponer, en uno de los últimos artículos publicados en este periódico, un pacto en defensa de la Constitución. Consistía esta oferta en un acuerdo entre Ciudadanos, PP y PSOE que les comprometiera en primer lugar a consensuar las posibles y futuras modificaciones del texto constitucional; el segundo acuerdo consistiría en hacer prescindibles los votos de los independentistas en momentos trascendentes de la legislatura. También deberían ponerse de acuerdo estos tres partidos nacionales en los contenidos y las formas a la hora de enfrentar los pronunciamientos civiles de los independentistas catalanes que no terminarán con la sentencia del Tribunal Supremo. La denominada cuestión catalana no tendrá solución sin un acuerdo de este tipo.

Desde luego ese gran acuerdo evitaría los atajos que a izquierda y derecha nos ofrecen los partidos populistas que han aparecido en los últimos tiempos. No veo coherencia alguna en la derecha cuando claman con razón contra los pactos entre el PSOE y los independentistas catalanes o Podemos, sin evitar ellos las coaliciones con Vox para llegar al poder en ámbitos autonómicos y municipales. Tampoco entiendo a los socialistas que aceptan, con diferentes envoltorios, los cantos de sirena de los independentistas o de Podemos y se escandalizan con los acuerdos del PP y Ciudadanos con Vox en Andalucía o en otras instituciones después de las últimas elecciones municipales y autonómicas.

Seguimos corriendo el peligro de consolidar en España una política de trincheras. Esa visión negra y sin esperanza es producto de la obcecación de los diferentes dirigentes políticos, empeñados en negarse a ver más allá de sus siglas, pero también de determinados medios de comunicación, algunos de ellos con una respetabilidad adquirida a través de mucho tiempo, que se han comportado como verdaderos forofos de los diferentes partidos políticos. En realidad, casi toda la España oficial ha estado estos últimos meses alegremente satisfecha con la simpleza del maldito juego de trincheras ideológicas; políticos, periodistas y hasta algún empresario parecían entusiasmados con la política de frentes que no requiere grandes esfuerzos intelectuales y que además consigue evitar el aburrimiento de las democracias que funcionan correctamente. Pero una vez más, y nada menos que en dos ocasiones en menos de un mes, la sociedad española ha propuesto a los políticos un amplio margen para acertar. Es cierto que el PSOE puede hacer presidente a Sánchez con los votos de Podemos y los independentistas. Igualmente es posible que el centroderecha y Ciudadanos puedan resistir después de las elecciones municipales, en ayuntamientos y comunidades con el apoyo de Vox. Pero junto a estas posibilidades existen otras que permitirían acuerdos diferentes y que evitarían a los grandes partidos nacionales ser encarcelados por los populismos de diversa naturaleza y los nacionalismos periféricos.

La historia siempre sorprende a los que la miran con interés. Cuando las sombras más negras se cernían sobre la política española, los ciudadanos han vuelto a ofrecer a los dirigentes políticos la oportunidad de demostrar que tienen voluntad y capacidad de superar sus siglas, sus más íntimos intereses partidarios y mirar a medio plazo, por encima de sus respectivos campanarios ideológicos. Concluido el ciclo electoral, el PSOE puede dejar de angustiarse por su futuro porque es el líder indiscutible de la izquierda: después de una eclosión de radicalismo debido a las graves consecuencias de la crisis económica, la nefasta gestión del éxito inicial de unos dirigentes en los que casi todo era impostura, les ha devuelto en un precipitado reflujo a los niveles del pasado. Por su parte el PP en estas últimas elecciones municipales y autonómicas ha adquirido tiempo para fortalecer su alternativa al PSOE. Si hubo alguna duda sobre el futuro del PP y de su máximo dirigente hoy pueden respirar tranquilos y pensar más en la oferta política que plantearán a los españoles, olvidando miedos y navajazos internos.

Ciudadanos tenía que decidir si se convertía en una repetición del PP, pero los resultados electorales ya les han dado la respuesta. Los de Rivera, desde mi punto de vista, están llamados, por encima del respaldo que tengan en cada momento, a ser un factor vertebrador de la política española, en ocasiones apoyando al PP y en otras sosteniendo al PSOE. Es el papel más ingrato, el más complicado; pero imprescindible en nuestra política, debido a la influencia de los nacionalistas. A Ciudadanos no le valdrá nunca exhibir exclusivamente el patriotismo de siglas. Han nacido, y en ello justamente reside su utilidad, para convencer, para razonar; porque para ser protagonistas de la política española están obligados a sustituir la emoción por la razón, los colores partidarios por los desnudos intereses generales. Necesitamos un partido que haga prescindibles en la política española a los nacionalismos y a los populismos; hemos suspirado por esa posibilidad durante largo tiempo y Ciudadanos no debería descuidar esa lógica y razonable pretensión de la sociedad española. La virtud y la desgracia del partido que lidera Albert Rivera es que siempre serán tan necesarios para todos como sospechosos para algunos.

Tal vez algunos pensaron que íbamos a volver al 18 de julio del 36, obscuro y trágico recuerdo en nuestra historia, o al 12 de abril del 31, todavía hoy con ecos de esperanza en parte de la sociedad española, pero los españoles mayoritariamente han rechazo la oscuridad y las esperanzas truncadas del pasado. Se abre ante nosotros un camino difícil, pero posible. Nos esperan los retos de los independentistas catalanes, una educación que no cumple con las exigencias de la revolución que nos engulle; Europa, por primera vez en la reciente historia, espera a que seamos junto con otros países vecinos la solución a su parálisis política y a su falta de influencia en la política planetaria, y además debemos hacer frente a los fenómenos migratorios que no desaparecerán con políticas buenistas o represivas. Desde lejos el panorama es tan complicado como atractivo, tan difícil como sugerente, espero y deseo que los políticos convalidados en este ciclo electoral estén a la altura de las dificultades que se les presentan y tengan la inteligencia y energía que se necesita imperiosamente en contadas ocasiones en la historia.

Nicolás Redondo Terreros es miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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