Espermatozoides

Hoy sabemos que la aventura fascinante de la vida se inicia con el viaje de una enorme cantidad de viajeros. Quienes los han visto los describen con una cabeza redondeada, más bien plana y una larga cola que se agita furiosa en una danza frenética. Pese a su aspecto más bien ridículo, parecen muy agresivos. Se cuentan por cientos de miles de millares, entre sesenta y trescientos millones. Se llaman espermatozoides y fueron identificados por primera vez en el siglo XVII. Comienzan su periplo natural hacia la reproducción en las oscuras cavidades femeninas por las que avanzan atropelladamente, en un medio acuoso y ácido tan insalubre que muchos son incapaces de resistir. Los que aún sobreviven tratan, enfebrecidos, de remontar hacia otras regiones más abrigadas y, estrecho arriba, buscan espacios menos perniciosos que les permitan dejarse arrastrar por la corriente. A medida que pasan las horas el número de bajas aumenta y cada vez son menos los supervivientes. Los más fieros esperan, emboscados, sin dejar de mover el largo flagelo que los distingue, preparados para la embestida final. No saben que, cuando llegue el momento, sólo uno entre tantos millones conseguirá la presa codiciada. Sólo uno penetrará en la nave del tesoro. Tendrá que tirarse de cabeza para entrar y en ese instante perderá para siempre la larga cola que tan útil le resultó en el camino y a cambio habrá alcanzado su Eldorado particular. Lo que empieza entonces es el inicio embrionario de la vida, y todos esos antecedentes quizá anticipan muchas cosas de las que vendrán después cuando la metamorfosis maravillosa se haya cumplido y un nuevo ser humano salga a la luz: riesgos sin fin, competitividad, agresividad…
GALLARDO

Quizá porque me parecen muy sintomáticos, presto enorme atención a los acontecimientos que se desarrollan en el camino del inicio de la vida descubiertos por la ciencia. Así, me entero de que la revista Systems Biology in Reproductive Medicine publica un artículo, a propósito de una investigación en la que han intervenido diversos equipos de científicos españoles, en el que se demuestra que los primeros espermatozoides liberados tras de una eyaculación son mucho más fuertes, más móviles e inquietos, y están mucho mejor preparados que el resto de sus congéneres, para partir hacia la aventura de fecundar el óvulo. Los experimentos para llegar a tales conclusiones se han realizado en el laboratorio de reproducción de la clínica Ginemed de Sevilla, de cuyo equipo es codirectora y portavoz Maria Hebles.

Hebles ha destacado que a partir de ahora ya no podremos considerar lo “eyaculado”, como un todo. Porque en ese todo se distinguen dos fases. Una primera –como si se tratara del aceite de una primera prensada, añado yo– mucho más rica, con un ADN de mejor calidad, algo que no tiene la segunda, inferior y cuya misión no consiste en fecundar el óvulo sino en crear una especie de barrera para impedir que un esperma ajeno pueda inmiscuirse en el camino de la fecundación. Naturalmente todos esos hallazgos son útiles para la fecundación in vitro, que a partir de ahora tendrá muy en cuenta la separación del producto eyaculado y de la aplicación en exclusiva de la primera fase.

Hace ya unos cuantos años, también otra importante revista del ramo, Fertility & Esterility, reveló que un equipo de investigadores de la Universidad de Rochester había demostrado que no siempre el esperma liberado durante la eyaculación es de la misma calidad. Tras un periodo de análisis de dos años y medio, los científicos llegaron a la conclusión de que las variaciones estacionales tienen una influencia notable en la producción de lo que, eufemísticamente, se ha denominado néctar de la vida.

Está claro, pues, que la calidad espérmica de los eyaculantes no depende del deseo, ni tiene que ver con el placer ni siquiera con la gloria alcanzada, ese séptimo cielo al que apunta indefectiblemente la saeta fálica, como el enhiesto surtidor de sombra y sueño del poeta y que permite sentir, al menos durante el instante orgásmico, que se es dios, que el mundo está bien hecho y que quizá valga la pena perpetuarse.

Los científicos de Rochester dieron al traste con la teoría, tan del gusto de los románticos, de que los bastardos que, como hijos del amor habían sido engendrados en un apasionado encuentro, resultaban particularmente atractivos. En consecuencia, los espermatozoides transgresores parecían tener una calidad más alta que redundaba en la belleza e inteligencia de esos hijos ilegítimos, frente a los legítimos, procreados en la rutina de los aburrimientos conyugales, con espermatozoides de derribo.

Ahora sabemos que la calidad y la cantidad del esperma dependen de las fases y de las época y que este permanece almacenado en los testículos. En verano, el aumento de temperatura del escroto incrementa los espermatozoides cabezudos que se liberan en otoño. El calor, al parecer les sienta mal y favorece su inmadurez. Pero tampoco les gusta el invierno. El frío revierte en la deformación de sus colas lo que, en primavera, les impide la movilidad adecuada. La ciencia da la razón a quienes en verano aumentan las prácticas liberatorias de espermatozoides, ya que los más sanos proceden de los stocks de primavera… Ánimos, el verano se acerca.

Carme Riera, escritora.

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