Espionaje, tecnología y control del poder

¿Por qué Estados Unidos no dejará nunca de espiar? La semana pasada el semanario Der Spiegel, a través de los documentos filtrados por Snowden, publicó que Estados Unidos espió a dos tercios de los jefes de Estado del mundo (incluida Merkel). The New York Times avanzaba unos días antes que, tras el escándalo de las filtraciones de Snowden, Obama recortará el espionaje, pero con un matiz: lo hará sólo dentro de sus fronteras y a sus ciudadanos, pero jamás fuera de ellas ni a extranjeros. Es decir, podrá seguir espiando el teléfono de Rajoy.

Las filtraciones de Snowden han demostrado que la tecnología sigue conservando su característica principal: otorga poder; sobre todo, si tu enemigo no la tiene. En la conquista de Siracusa, la ciudad griega resistió dos años el asedio romano (214-212 a. C). Y no fue porque tuviera mejores militares que Roma; sino gracias a un solo hombre, Arquímedes -ingeniero, físico y matemático-, que cuando se lo pidieron sus gobernantes ideó tal variedad de artefactos para defender la ciudad que aún hoy nos asombran. Los historiadores de la antigüedad -desde Polilio a Plutarco o Tito Livio- coinciden en que el éxito de la imbatibilidad de Siracusa fue la prodigiosa mente matemática de Arquímedes. En definitiva, tuvieron la suerte de que allí viviera alguien capaz de convertir la ciencia en tecnología, como Estados Unidos ha tenido la suerte de que tanto en el Instituto Tecnológico de Massachusetts como en Silicon Valley se haya desarrollado una tecnología informática descomunal si la comparamos con la de otros países.

Plutarco escribió que los romanos corrían despavoridos cuando veían aparecer algún artefacto por las murallas de Siracusa. Esa sensación tiene ahora el mundo con Estados Unidos. Pese al daño que Arquímedes hizo a Roma, sus generales ordenaron capturarlo vivo. (Un soldado romano lo apuñaló -no sabía quién era- mientras, cuenta la leyenda, Arquímedes en medio del asedio intentaba resolver problemas de geometría: «No molestéis mis círculos», fueron sus últimas palabras).

La tecnología y no la valentía, la razón o el derecho es la que ha dominado el mundo. Así de simple, pero también de complejo. Los romanos conquistaron Europa porque eran unos magníficos ingenieros de caminos. La conquista española de Canarias -o, incluso, de América- se hizo por la superioridad de la tecnología europea. Luego se elaboró un derecho ad hoc para legitimar lo que fue un combate desigual: en Canarias, por ejemplo, lucharon guanches con palos y piedras, a cuerpo desnudo, con europeos con escudos, armaduras y lanzas de metal. Inglaterra fue rica cuando inventó la máquina de vapor y la Segunda Guerra Mundial la hubiese ganado Alemania si hubiese desarrollado antes que Estados Unidos la bomba atómica.

Durante los últimos meses, los líderes europeos -de Alemania y Francia, pero también de España- han protestado por el espionaje masivo al que han sido sometidos. Aquí, en Estados Unidos, se intenta calmar los ánimos con palabras de buena voluntad, en las que el presidente, Obama, es experto. Pero se olvidan de matizar que mientras que Obama tiene la tecnología para escuchar el teléfono de Rajoy o de Merkel, la líder alemana o el español no tendrán jamás una tecnología que les permita enterarse de lo que habla él. Y, con ese desequilibrio, no hay normas que valgan. La capacidad actual de la tecnología estadounidense supera tanto a la europea que, aunque Obama se comprometa, sabe que hasta que no aparezca otro Snow-den podrá hacer lo que quiera. O peor aún: aunque salga, no sucederá nada. Los futuros historiadores analizarán cómo funciona la civilización actual con la siguiente paradoja: España se enteró por Snowden de que la espían; sin embargo, no sólo se niega a darle asilo, sino que, incluso, en una situación esperpéntica de auténtico terror a Estados Unidos, prohibió el año pasado el vuelo en su espacio aéreo del presidente de Bolivia, Evo Morales, por la sospecha de que en ese avión pudiera viajar Snowden. Así de sometidos estamos: no podemos ayudar ni a los que quieren abrirnos los ojos. Aún hoy, si Snowden pisa suelo español, estoy seguro de que lo deportarían a Estados Unidos con un «gracias y que te vaya bien». La actitud ingenua de los líderes europeos de querer establecer protocolos que respeten, al mismo tiempo, los que tienen tecnologías como los que carecen de ella es, cuanto menos, ridícula. Como ridículo hubiese sido que en el siglo XV el Papa le hubiese pedido a Castilla que sus soldados no usaran las armaduras o lanzas de metal y que lucharan con los guanches con justicia: desnudos y con piedras y palos.

Europa ha despertado estos últimos meses a una nueva era: humillada, se ha dado cuenta de su gran retraso tecnológico. Y, aunque en el discurso público se hable de firmar protocolos para tranquilizar a los ciudadanos, una física como Angela Merkel sabe perfectamente que la única manera que tiene de que Estados Unidos no escuche su móvil, no es firmando tratados, sino con una tecnología superior con la que Europa pueda espiar a Estados Unidos sin que éstos se den cuenta. Entonces podrán firmarse tratados. En la Guerra Fría no se usaron las armas nucleares porque los dos máximos contendientes exhibían el mismo nivel tecnológico.

Si Europa no desarrolla una tecnología superior está atada porque, por muy aliada que sea, no puede, por ejemplo, pactar con China de espaldas a Estados Unidos o potenciar tecnología competitiva sin que se enteren los americanos. Las escuchas masivas no se hacen para protegerse del terrorismo (es imposible que piensen que Merkel o Rajoy quieran poner una bomba en el metro de Nueva York) sino que es el arma que se exhibe en siglo XXI para demostrar superioridad.

Si Estados Unidos no lo hace, sabe que lo hará, sin ninguna duda, China, quien, por cierto, siendo la más espiada no se ha quejado. Que China no tenga un Snowden, no quiere decir que no espíe masivamente. Con Europa arrodillada, el peligro real está en Asia, donde cada año se gradúan más ingenieros y científicos que en América y Europa juntas (es curioso como este dato inquieta en Estados Unidos). Los mismos servicios secretos que escuchan, juegan con fuego desarrollando virus informáticos para atacar países. En 2010, el gusano Stuxnet afectó a instalaciones nucleares de Irán. The New York Times atribuyó en 2011 la autoría a Israel y Estados Unidos. Obviamente, el Gobierno calló. Cuando se detectó, el gusano había alcanzado instalaciones críticas y estaba preparado para atacar los sistemas de control de las centrales nucleares.

Stuxnet tenía un código malicioso que, si contagiaba al sistema, tomaba su control para dañar las instalaciones que hubiera infectado: era capaz de hacer explotar tanto una planta nuclear como una industria química. El virus atacaba el software producido por la empresa alemana Siemens para el control automático de operaciones en plantas químicas, instalaciones petrolíferas y centrales nucleares. Un peligro impresionante si, por error, se extiende a Europa.

Richard Clarke, asesor de seguridad del Gobierno de Bush cuando ocurrieron los atentados del 11-S, publicó en 2010 su libro Ciber-guerra. En él predice que sería tan letal que no duraría más de 15 minutos. Sostiene que estos virus informáticos afectarán a toda actividad que utilice ordenadores: caerán los correos electrónicos, explotarán refinerías, colapsarán sistemas de control aéreo, descarrilarán trenes, se mezclarán datos financieros, caerá la red eléctrica, se descontrolará la órbita de los satélites. «La sociedad se deteriorará rápidamente a medida que escasee la comida y se acabe el dinero, pero lo peor de todo es que tras toda esa catástrofe la identidad del atacante seguirá siendo un misterio», señala Clarke. Stuxnet fue creado por países democráticos (igual que la bomba atómica). La tecnología sólo se combate con una tecnología superior. Jamás con leyes o tratados.

Carlos Elías es catedrático de Periodismo de la Universidad Carlos III de Madrid y profesor visitante en el departamento de Historia de la Ciencia de la Universidad de Harvard.

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