Espiral identitaria

La mayor manifestación que ha conocido Francia en muchos años tuvo lugar el domingo bajo excepcionales medidas de seguridad que blindaban la marcha. Dos hechos que atestiguan la gravedad de la situación creada por los ataques yihadistas de la semana pasada y por la amenaza cierta de que se repitan. Las movilizaciones contra el terror y por la libertad conceden a la población la oportunidad de reconocerse en la calle, de sentirse unida y fuerte, de protegerse moralmente de los riesgos de abatimiento e indolencia. En esta ocasión han podido aparecer como un argumento persuasorio, no quizá para el yihadismo activista pero sí para aquellos sectores musulmanes que en Francia se adscriben a corrientes integristas.

El islam estuvo presente el domingo en la manifestación de París porque acudieron miles de personas que profesan tal creencia, y porque miles de personas temen que en dicha opción religiosa aniden factores de fundamentalismo proclives a lo peor. En unos meses se sabrá si la terrible catarsis provocada por los asesinatos y las movilizaciones ha podido dar la vuelta a los peligros de la espiral de identidades que hasta hace una semana se cernía sobre Francia entre los “verdaderos franceses” y “los otros” o si, por el contrario, tras los momentos de emoción solidaria el país vecino puede amanecer a un clima de mayor enconamiento propiciado por la crisis que atraviesan las fuerzas republicanas en competencia con el frentenacionalismo.

El terrorismo provoca una conmoción social que las instituciones democráticas tienen la obligación de encauzar, aun con la dificultad que entraña para el Estado de derecho enfrentarse a desafíos –a delitos– para cuya prevención y enjuiciamiento no fue diseñado. La sensación de que la República tiene flancos débiles por los que se infiltran sus enemigos sin que el sistema de garantías democráticas sea capaz de impedirlo puede contribuir a la exacerbación de la identidad propia y a la exclusión de aquellos ciudadanos que no encajen en la misma. La reducción del ciudadano a su condición religiosa, la imputación a una determinada creencia monoteísta de males inexistentes en las otras que concurren en un mismo país y la sospecha social inducida por la presunción de un terrorismo durmiente y por la indetectable radicalización de cualquier musulmán formarían parte de la espiral identitaria.

Nada resultaría más pernicioso en ese sentido que el desdén que pudieran sentir aquellos ciudadanos que se afanan en compatibilizar su vivencia de la fe religiosa con los valores democráticos.

En una sociedad plural y pluralista los sentimientos de ser partícipe de una misma comunidad política son también diversos. Hay franceses musulmanes y hay musulmanes franceses, como hay magrebíes que se sienten ciudadanos de Francia y miles y miles de familias en las que sus miembros representan posiciones distintas en cuanto a la identidad subjetiva. Muchos franceses “no son Charlie”. Además, el grado de integración social y de acceso a las oportunidades es, fundamentalmente, desigual. Las sensaciones de exclusión y la reconfortante atracción que puede ejercer la posibilidad de adscribirse a una identidad global árabe-musulmana pueden sublimarse gracias al poderoso catalizador que es la violencia extrema. El testimonio de quienes declaran no haber encontrado otra salida que la yihad violenta ejerce un efecto fascinante, porque desbarata la ética del respeto absoluto a la vida ajena sustituyéndola de improviso por la ética de su sacrificio purificador. No hay resorte humano más poderoso que la violencia, y la violencia puede alienarlo todo.

Francia se aproxima a un nuevo ciclo electoral en que se pondrán a prueba sus raíces republicanas. Un ciclo en el que la identidad de los “verdaderos franceses” se persona con candidatura propia –el Frente Nacional de Marine Le Pen– mientras que el resto del arco partidario no acaba de acoger en su seno a quienes puedan tener razones para verse orillados por el estigma de su origen y de su opción religiosa. Las apariencias de la unidad política y de la coexistencia pacífica entre religiones tampoco son suficientes cuando se oye que “el islam no permite el asesinato de inocentes”. Porque precisamente el yihadismo señala como culpables a los herejes y a los apóstatas. La incapacidad de los líderes del islam para depurar su religión de la alienación terrorista obedece a tres factores: a su división fratricida, a su déficit de autoridad sobre una realidad cambiante, y a la continua aparición de muestras de supuesta autenticidad identitaria basadas en el ejercicio de la yihad contra los infieles y sus aliados musulmanes. No hay que olvidar que el terrorismo busca siempre la espiral de la confrontación entre identidades.

Kepa Aulestia

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