Esquerra Republicana, los empresarios y el síndrome de Peter Pan

Por Antón Costas, catedrático de Política Económica de la UB (EL PAÍS, 28/11/03):

¿Qué ha pasado en las elecciones catalanas? ¿Han perdido los catalanes su tradicional seny y pragmatismo? ¿Qué puede ocurrir a partir de ahora? ¿Es posible que se entre en una situación a la vasca? Estas o similares preguntas se han convertido estos días en tema obligado de cualquier conversación, no sólo en Cataluña. En unos casos, son el resultado de la natural curiosidad e interés por la nueva situación política catalana. En otros, son el producto del temor, por no decir pánico, que les ha entrado a algunas personas y colectivos de este país al ver los resultados obtenidos por Esquerra Republicana de Catalunya.

En este sentido, me ha llamado especialmente la atención la reacción del mundo empresarial. Comenzó, ya durante la campaña, con el pronunciamiento de la patronal catalana Fomento del Trabajo Nacional contra la formación que lidera Josep Lluís Carod-Rovira y la llamada a los catalanes a votar a favor de la “estabilidad”, lo que podía entenderse como un apoyo a CiU y al PP. Algunos pensaron que ese pronunciamiento fue la mejor campaña electoral que se le podía hacer a Esquerra. Pero, en todo caso, las alarmas del mundo de los negocios se han disparado a partir del momento en que se conocieron los resultados electorales, y comprobar el papel decisivo que iba a jugar Esquerra en la gobernabilidad de Cataluña y, como consecuencia, en la política española.

¿Por qué el mundo de los negocios se ha asustado tanto? Antes de contestar a esa cuestión me gustaría señalar, sin entrar en muchas consideraciones, que los resultados electorales son bastantes lógicos y razonables. En Cataluña existía un fuerte deseo de cambio, reprimido mientras Jordi Pujol estuvo dispuesto a continuar en el poder. La mejor evidencia de ese deseo es el hecho que el lema de la campaña de los principales cabezas de lista fue que cada uno de ellos era la mejor garantía para lograrlo. Por motivos obvios, ese deseo no podía ser representado por Artur Más, identificado con los 23 años de gobierno de CiU; de ahí que esa formación haya sufrido una derrota sin paliativos, perdiendo 160.000 votos y 10 diputados. Tampoco lo podía representar Pascual Maragall, porque, al margen de su imagen de innovador y de su indudable capital político propio, su partido, el PSC, forma parte del establishment oficial de Cataluña también desde hace 23 años. En esas circunstancias, la corriente del cambio sólo podía acabar en el molino de ERC y, en menor medida, en el de la coalición de Iniciativa per Catalunya y los Verdes. Puede parecer una racionalización a toro pasado. Pero es lo que cabía esperar y, en cualquier caso, es lo que ha pasado.

Una consideración adicional. Desde fuera de Cataluña se puede tener una idea equivocada del perfil de los votantes de Esquerra. “¿Quién les ha votado?, ¿es que en Cataluña hay muchos okupas?, me preguntaba estos días un amigo no catalán. El voto de Esquerra no es ni antisistema ni marginal. Son gente normal, especialmente de las zonas del interior de Cataluña, que, en gran parte, habían votado a Jordi Pujol, y, cada vez más, son también gentes del cinturón de Barcelona, catalanes de origen o de segunda generación que votan Esquerra con la misma naturalidad con que votarían a cualquier otro partido democrático. El que no entienda esto no entenderá la nueva dinámica social catalana y su deseo de abrir nuevos caminos al cambio.

Pero, ¿el cambio hacia dónde?, se preguntan ahora muchas personas. Eso es lo que tienen que saber definir y gestionar las fuerzas políticas representadas en el Parlamento de Cataluña. Para lograrlo han de contar con la comprensión del “mundo político de Madrid”, y especialmente con el apoyo y buen sentido de las instituciones sociales y empresariales más representativas de Cataluña. Por eso es importante pararse a analizar la reacción del mundo empresarial. Porque el dramatismo con que han acogido esos resultados y el nuevo papel de Esquerra no facilita la gestión de la complejidad y del cambio; sólo lo complica.

¿Por qué se ha producido esta reacción? Encuentro dos motivaciones. La primera, es que esa actitud responde a una reacción emocional e instintiva, casi atávica, que existe en una parte del mundo empresarial y que emerge cada vez que tiene lugar algún cambio político. Como recordarán, ya ocurrió con la labor de descrédito que la CEOE le hizo a Adolfo Suárez, presentándolo como una amenaza para los empresarios; siguió después con las primeras elecciones autonómicas catalanas del año 1980, donde se utilizó el miedo a “los rojos” en la persona del líder socialista Joan Reventós, y continuó más tarde, en las primeras elecciones andaluzas, con una campaña con carteles publicitarios en los que aparecía una cesta de manzanas y de una de ellas, que representaba al PSOE, salía un gusano que infectaba al resto. Ahora se quiere asociar a Esquerra Republicana con el mundo político radical vasco, y dar la impresión de que vamos a un escenario de “colectivizaciones” de empresas, como las que se produjeron en Cataluña durante la Guerra Civil. Sólo así se entienden las propuestas de Gobierno de concentración, como si estuviésemos en una situación de estado de “emergencia nacional”. Todo un despropósito.

Hay, sin embargo, otro motivo de temor en el mundo empresarial que tiene un poco más de racionalidad. Muchos empresarios ven a Esquerra como un partido localista, orientado a defender los intereses del pequeño comerciante, del botiguer, de las pequeñas y medianas empresas y de la llamada economía social o cooperativista, pero que aún no ha acabado de comprender, y menos de asumir, la dinámica propia de la economía abierta y globalizada en la que operan y venden sus productos la mayor parte de las empresas catalanas. Es decir, la ven más como una especie de movimiento asambleario que como un partido político estructurado, con liderazgo fuerte y con un discurso político comprensivo de la globalidad de los intereses en juego, tanto los de la empresa catalana como el de los inversores foráneos en Cataluña. La lectura de su programa económico, y en general de su programa electoral, puede contribuir un poco a esa visión. Pero, ¿cuándo se ha visto que el programa electoral sea la guía de la acción política de los partidos cuando llegan al Gobierno? Hay que darle margen, tiempo y confianza.

¿Cuál es, a mi juicio, el principal riesgo de la actual situación? Que Esquerra y sus líderes no sean capaces de sobrellevar bien el peso de la nueva situación y de afrontar la responsabilidad que su electorado les ha delegado; el riesgo de que caigan en lo que podríamos llamar el “síndrome de Peter Pan”. Que se resistan a crecer y a transformarse en un partido de gobierno con capacidad para lidiar con situaciones complejas que exigen mancharse las manos. Que no sabiendo, o no queriendo, resolver el dilema de si gobernar con CiU o con el PSC, acaben proponiendo acuerdos imposibles o absteniéndose, debilitando de esa forma la gobernabilidad y complicando la situación. En ese caso harían ciertos los temores de aquellos que piensan que Esquerra y sus líderes no están aún preparados para asumir este tipo de responsabilidades.

En este sentido, no les ha favorecido la reacción de Carod-Rovira la noche electoral, cuando en plena borrachera de votos y ante las cámaras amenazó con aquello de “que nos oigan en Madrid”. Posiblemente es un desahogo comprensible. Pero éste es el tipo de desahogo que a partir de ahora tiene que controlar.

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