¿Está condenada la ONU?

Por Norman Birnbaum, profesor emérito del Georgetown University Law Center (EL PAIS, 23/03/03):

La negativa estadounidense a participar en la Liga de Naciones fue uno de los principales factores de su sistemática ineficacia. Esa negativa estuvo motivada por un proyecto de política exterior estadounidense (en 1920) que es ahora totalmente contemporáneo: el ejercicio solitario e ilimitado del poder. El ataque contra Irak no es más que el último, si bien el más flagrante, episodio en la campaña del Gobierno de Bush para destruir el sistema de leyes y tratados internacionales que tanto ha costado construir y que ha dado a nuestro frágil y brutal orden internacional una mínima coherencia moral.

El rechazo del Tratado de Kioto, la anulación de los tratados sobre control de armamento, el ataque contra la Corte Penal Internacional y el cínico uso de los “derechos humanos” como instrumento de propaganda precedieron a las violaciones del derecho internacional (y estadounidense) que supuso el trato dado a los “terroristas”. Bush (con el bochornoso aplauso atronador del Congreso) alardeó del trabajo de sus escuadrones de la muerte. Con la guerra, el desprecio estadounidense por lo que la declaración de independencia denominaba “un decente respeto a las buenas opiniones de la humanidad” parece ilimitado.

¿Significa esto que, más bien antes que después, Naciones Unidas quedará reducida a una impotencia histórica? No hay razón para pensarlo, y sí todas las razones para luchar por conseguir el resultado opuesto. El próximo presidente de Estados Unidos, apoyado por las corrientes internacionalistas, demócratas y socialcristianas de la opinión estadounidense, podría muy bien invertir la marcha del unilateralismo de Bush. (Recordemos que empezamos a luchar contra el pueblo filipino en 1898, y que nuestras tropas siguen haciéndolo. Y, lamentablemente, quizá tengamos que experimentar un nuevo envío de tropas a Cuba). En ningún caso es Estados Unidos la nueva Roma, ni siquiera el imperio británico. Sus conflictos y sus debilidades interiores son demasiado grandes, y el resto del mundo no es ni tan estúpido ni tan sumiso como pensaban los arrogantes ideólogos de la Casa Blanca.

El mundo sigue siendo, de hecho, multipolar. Naciones Unidas, y sus organizaciones funcionales (OIT, OMC, UNCTAD, OMS, FAO) son indispensables. La airada respuesta de buena parte del mundo civilizado contra la brutal transgresión de la legalidad internacional por parte de Bush demuestra cuántas de las esperanzas de una humanidad torturada están puestas en el corpus de derecho internacional alcanzado. Más que nunca, Naciones Unidas se ha convertido en el centro real y simbólico de la política mundial.

Es lamentable que no exista un ejército permanente de Naciones Unidas bajo el control del secretario general. Es más lamentable aún que la composición del Consejo de Seguridad date del intento de 1945 de desarrollar un orden internacional de posguerra. En nuestro mundo, Brasil, la UE, Egipto, India, Japón y Suráfrica deberían estar incluidos en un Consejo de Seguridad que funcionase con reglas más flexibles. Harán falta décadas para establecer una regulación más eficaz de los conflictos internacionales, un nuevo límite a las intervenciones, un derecho de intervención nuevo y más amplio. China, Francia, Alemania y Rusia han abierto un espacio histórico para el proyecto al rechazar la exigencia estadounidense de que se amplíe de manera ilimitada la soberanía de Estados Unidos. Sin embargo, es muy improbable que se produzca una simple regresión al antiguo sistema westfaliano de cambio de alianzas entre Estados nacionales. Los procesos y las estructuras de las relaciones internacionales se han vuelto demasiado interdependientes: la soberanía nacional total es un mito. Y no lo es menos para Estados Unidos (piensen en nuestro déficit comercial y nuestra dependencia militar de bases que, como han demostrado los turcos, se nos pueden negar).

Mientras tanto, Bélgica, Francia y Alemania (y la gran mayoría de la población de la UE y de los países que en la actualidad solicitan su ingreso en la misma) han emitido una declaración de independencia europea. Bush ha respondido como respondió Jorge III al desafío de los colonos norteamericanos en 1776. La lucha por independizarse de EE UU dominará ahora la política en y entre las naciones europeas. Una UE independiente puede ocupar un lugar en el mundo en consonancia con las tradiciones europeas de libertades civiles, responsabilidad por el futuro humano y solidaridad moral. Los auténticos internacionalistas de Europa están ahora obligados a oponerse a la cuadrilla estadounidense de Europa, profundamente introducida en los medios, la política y la economía. Esa cuadrilla representa verdaderos intereses europeos: está compuesta por los siervos del capital transnacional que ocupan el espacio transatlántico. En cuanto a la “comunidad de valores” evocada por los amigos europeos de Bush…, es difícil saber si éstos nos desprecian tanto a los demás como la Casa Blanca o si son víctimas de la guerra psicológica estadounidense, o ambas cosas. Seguramente Aznar, Barroso, Blair, Berlusconi y Merkel no deseen declarar que sus valores incluyen un entusiasmo por el nacionalismo autoritario estadounidense, la aplicación despiadada de la pena de muerte, el darwinismo social, el fariseísmo y la guerra preventiva, esta última, por supuesto, reservada a su Gran Hermano.

Los problemas de la enfermedad, el hambre, la pobreza y la tiranía sólo se pueden resolver internacionalmente. Las relaciones de poder existentes (y la soberanía del mercado que tan descaradamente pretenden imponer EE UU y su cuadrilla en Europa) no sólo hacen imposible que se alcance la justicia social, sino que son una amenaza para la decencia moral que posibilita el progreso social experimentado en Europa en el pasado medio siglo.

Europa no puede americanizar sus instituciones económicas y sociales y seguir siendo independiente. Ni siquiera puede seguir siendo europea, excepto en el sentido en que lo fueron antepasados recientes que ha hecho muy bien en enterrar. Una contribución europea a la lucha por una ONU capaz de instituir una resolución pacífica de los conflictos, y de proseguir la institucionalización de la democracia y los derechos humanos tiene un prerrequisito europeo. Dicho prerrequisito es la continuación del proceso de unificación de Europa en torno a los valores democráticos y de subordinación del mercado a las instituciones de solidaridad.

Esos son los valores de la democracia estadounidense sostenidos por el considerable segmento de nuestra sociedad que se afilia a las nobles tradiciones de Franklin Roosevelt, y no a la sórdida brutalidad de Bush. En otras palabras, una Europa fiel a sí misma encontraría auténticos aliados en EE UU, así como resonancia en buena parte del resto del mundo.

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