Esta guerra es de verdad

Por Peter Preston, ex director del periódico británico The Guardian (EL MUNDO, 25/03/03):

Una enorme distancia separa el Madison Square Garden del centro de la ciudad de Bagdad. Sin embargo, de alguna manera extraña y súbita, no me parece que ambas ciudades se encuentren tan lejos.La fecha -un día que yo siempre recordaré- es muy precisa: 24 de marzo de 1962. Así que ayer celebramos su aniversario. Emile Griffith y Benny Paret ya se habían enfrentado en dos ocasiones con el título mundial de los pesos welter en juego. Griffith había ganado la primera pelea y Paret -un refugiado cubano analfabeto-, el combate de revancha. Y había llegado el enfrentamiento decisivo, un combate en el que habrían de resolverse antiguas rencillas, dado que a ninguno de los dos le caía bien su adversario. Ambos púgiles sentían una enconada rivalidad. ¿Volvería a ganar Paret? Tuvo a Griffith al borde del KO en el sexto asalto. Pero entonces comenzaron duros intercambios de golpes. Paret se fue debilitando y empezó a retroceder. Como diría Donald Rumsfeld, empezó a desmoronarse.

En el duodécimo asalto, Paret se vio arrinconado contra las cuerdas y estaba ya demasiado extenuado como para poder escaparse de allí. El árbitro de la pelea -un tal Ruby Goldstein-no hizo nada al respecto. Se desentendió por completo del curso de la pelea permitiendo que continuara aquella violencia. Y lo que tenía que pasar pasó. Griffith golpeaba a Paret una vez tras otra.Al final, Paret cayó, inerte, sobre la lona. Estuvo en estado de coma durante 10 días, antes de morir.

Y ahora me veo asistiendo a un panorama de muerte y destrucción de la misma forma que lo haría cualquier espectador de un programa deportivo de la televisión. Al espectáculo que están dando tanto un poder demoledor como un mundo que, como árbitro, permanece ajeno a lo que ocurre. De este modo, cuatro décadas después de que el cuerpo de Benny Paret cayera desplomado, las víctimas mudas caen amortajadas por la piedad y la tristeza sin que nadie sienta el menor sobresalto o pesar por ellas.

¿Es el bombardeo de Bagdad un espectáculo del que el señor Rumsfeld y su extrañamente sonriente jefe de prensa puedan presumir? ¿Se trata, acaso, de una maravillosa función de hechicería tecnológica, de tan alta precisión frente a los objetivos que tan sólo permite que la cifra de muertos sea relativamente escasa? ¿O bien se trata de una demostración del poderío norteamericano que hace que todos los hombres perversos se acobarden ante él? Esa es, en efecto, la teoría sobre la que se sustenta toda esta cuestión.Todo el mundo tiene la esperanza -omnipresente palabra, ésta de esperanza- de que el conflicto se resuelva rápidamente. Primero hay que atar corto a ese chico malo a quien tanto se odia y luego, seguir machacando. Pero, como ocurría en el vídeo de aquel horroroso duodécimo asalto, nadie se hace ninguna pregunta, no existe la menor preocupación ni respeto por lo que está ocurriendo. Solamente se aprecia una insensibilidad hipnótica, un viscoso sentimiento de que la Humanidad está siendo traicionada.

¿No era, precisamente, Dick Cheney quien, hace tan sólo dos años, advertía a Hollywood sobre los peligros que entrañaba la violencia gratuita? ¿Dónde se encuentran esas fabulosas armas de destrucción masiva? Aún no han logrado encontrarlas en los búnkers iraquíes.Y tampoco se han utilizado en una situación que, sin duda, es de extrema angustia para ellos. Esas mismas armas han sido la causa de esta particular lluvia de destrucción masiva procedente de un cielo completamente dominado por los norteamericanos. Los propios estadounidenses nos están demostrando, claramente, cuán insignificante puede parecer esta supuesta amenaza y cómo esas pretenciosas columnas de soldados del Tercer Mundo, cuando desfilan, pueden convertirse abruptamente en algo tan débil e insignificante.Y mucho me temo que todo eso suponga una dificultad fatal.

Se supone que todos debemos apoyar a nuestros muchachos en momentos como éste. Lo que no se da por supuesto es que debamos protestar o elevar nuestras voces. Esto es la guerra, igual que lo fueron todas las demás, desde Iwo Jima a Kuwait. Pero tales guerras -incluso la de hace 12 años- contenían en sí mismas algún elemento de carácter humano. En todas ellas luchaban hombres y mujeres, no robots. ¿Y es eso lo que, escaramuzas televisadas aparte, realmente parece verse hoy en día?

No es posible sentir, ni por un solo segundo, la menor de las compasiones por Sadam Husein o por cualquiera de sus hazañas.Pero los miembros de la Guardia Republicana, incluso los de la Guardia Republicana Especial, pertenecen, también, a la raza humana. También ellos tienen padres, esposas e hijos. También se desangran, se abrasan y mueren. Pero ahora parece que tan sólo son una mera consecuencia de la conexión de un aparato de televisión que se produce muy lejos de allí.

Sin embargo, mientras continúan los bombardeos, también continúan las protestas: en Londres, en Nueva York, en San Francisco y en muchas otras ciudades. Y eso sorprende en Downing Street.Se supone que todas las naciones se deberían unir en tiempos como éstos. Es decir, que debería aparecer el espíritu de Dunkerque, ya que no exactamente el de Suez. Pero resulta obvio que, mientras el cielo nocturno de Irak se ilumina una y otra vez con tonos anaranjados y verdosos, el general Tommy Franks tiene, por supuesto, razón cuando afirma: «Esta será una guerra diferente de cualquier otra que haya habido en la Historia». Esta es una conquista por control remoto. Nuestros muchachos, tan lejos de nosotros, no son sino diminutos engranajes de una máquina que cuesta un billón de dólares.

Y aquí con lo que nos encontramos es con un distanciamiento emocional.La preocupación no llega a evitar que las chimeneas de las casas sigan encendidas. Muy al contrario, lo que se hace es drenar cualquier tipo de pasión que pudiera originar la contienda. ¿Deberíamos sentirnos agradecidos porque el número de bajas sea relativamente pequeño puesto que el grado de intervención humana es también muy escaso? Desde luego que sí. Pero esto también se parece demasiado a un cálculo extraordinariamente frío. ¿Y por qué no protestamos? Nada nos importan los misiles de crucero Tomahawk. Los sigilosos bombarderos no nos van a traer a casa sus respectivas cargas.

Pero, a cambio, todo esto comienza a dar lugar a una ecuación política muy diferente. Los políticos y sus sabios asesores ya presumen de que tendrán que ir juntos a una lucha de carácter nacional -tras recibir una deslumbrante medalla al valor y una vez que el enemigo se haya evaporado, con masas humanas haciendo cola para vitorearles, chiíes mostrándoles su profundo agradecimiento, filas y filas de contenedores repletos de ántrax recientemente descubiertos y con un Chirac escarmentado para siempre- para poder triunfar en las próximas elecciones. George padre no consiguió «atrapar a Sadam» y perdió su empleo. George hijo intentará ahora atrapar a Sadam para poder conservar el suyo en 2004.

Bueno, quizás sea así. Pero aquí aparecen de nuevo las diferencias.La primera Guerra del Golfo ni siquiera sirvió para que el viejo presidente Bush ganara las elecciones en 1992. La economía le hundió, la muy estúpida. Y, de forma absolutamente desconcertante para la Casa Blanca, la decadente economía norteamericana actual está empezando a hundir también al joven George. En una de las dos amplias encuestas recientemente realizadas, se demuestra que Bush pierde ante «cualquier candidato demócrata». El problema, según una encuesta paralela realizada por Zogby, es que dicho candidato demócrata, en particular, tampoco gusta. Pero tanto Hillary Clinton como Al Gore están a aproximadamente 10 puntos de Bush. Y eso en unos momentos en que se está iniciando la guerra actualmente en curso (unos momentos en los que, entonces, a papá le apoyaba un 90% de la población).

¿Significará esto una némesis para Bush cuando llegue el mes de noviembre del año próximo? Desde luego que no. Es un pronóstico absurdamente temprano, incluso sin tener en cuenta el 11 de Septiembre.Pero las carencias de Norteamérica ya son también absurdas de todas maneras y los políticos -los duros y los blandos- también son mortales.

¿Una guerra «diferente de cualquier otra»? Limítese a desconectar.Piense en el papel que esta demostración de capacidad de destrucción desempeña en el corazón de la gente y también en sus hogares.¿Deberíamos sentirnos orgullosos, exhaustos y patrióticos al estilo de Churchill? ¿O, por el contrario, tendremos esa sensación, pesada y profunda, que nos alerta de que esto no es una guerra de verdad, de la misma forma que el último asalto de Benny Paret no fue auténtico deporte?

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