Esta guerra es inmoral

Por Xavier Vidal-Folch (EL PAÍS, 20/03/03):

La guerra contra Irak es inmoral, se afirma. ¿Con qué criterios? De Aristóteles a Tomás de Aquino, de Francisco Suárez a Hugo Grocio, de Kant a Walzer, filósofos griegos, moralistas medievales, padres del derecho de gentes renacentistas, politólogos contemporáneos, abordan el problema de la guerra en términos de legitimidad moral, de si hay guerras “justas” y, si las hay, cuándo lo son.

Es un enfoque distinto al hoy predominante del positivismo jurídico. Pero no lo contradice, le suministra valores y suple sus vacíos. A cada crisis del sistema internacional, cuando la legislación vigente ofrece menos respuestas, o respuestas insuficientes, renace como hoy el debate sobre los principios que la inspiran.

A lo largo de los siglos se han ido precisando los criterios de legitimidad o requisitos de la guerra justa, hasta resumirse en seis. Todos ellos son aplicables a la inminente invasión militar de Irak:

1. Autoridad competente. Para los autores medievales y renacentistas el primer requisito de una guerra justa estriba en que sea declarada por la autoridad legal apropiada. La guerra es competencia exclusiva del Príncipe, atributo de su soberanía, jamás de un particular.

El Príncipe es hoy Naciones Unidas, y el principio de “autoridad apropiada”, el principio de legalidad internacional. La legalidad es requisito necesario, pero no suficiente, de legitimidad moral. La guerra decretada (pero no declarada) por el club de las Azores es ilegal, porque supone una usurpación de funciones del Consejo de Seguridad por una minoría de tres de sus miembros, unos meros “particulares”. Y ello, tras haber fracasado en su intento de arrastrar a la mayoría, y no, contra lo que alegan, por la amenaza de veto de Francia (olvidan a Rusia y China), mecanismo que por lo demás forma parte de las reglas (imperfectas, pero las que hay) del organismo.

Se ha recordado, y nunca será bastante, que según la Carta de la ONU, el único competente para autorizar una intervención bélica (o para validar expost una respuesta unilateral armada en legítima defensa frente a una agresión comprobada) es el Consejo.

La pretensión de que la resolución 1.441 legitima la guerra es jurídicamente atrabiliaria. Porque su texto no incluye la cláusula que autoriza el uso de “todos los medios” para hacer cumplir los mandatos de desarme, que fue la utilizada en el Golfo y Afganistán, ésas sí, guerras legales. Más aún: fue, contra la voluntad de Washington, explícitamente excluida de la 1.441, porque era el requisito para concitar la unanimidad. Y sustituida por la fórmula según la cual el Consejo decide “seguir ocupándose del tema”. Sólo desde el sarcasmo “ocuparse” del tema se trastoca en mandato de “ocupar” un país.

Tampoco son menores otros aparentes tecnicismos, como el falaz encadenamiento de la 1.441 con la 687, que pretende establecer un abusivo automatismo en la ruptura del alto el fuego acordado en 1991; o el olvido de que la 1.441 exige explícitamente reexaminar los incumplimientos del dictador Sadam Husein en la mesa del Consejo antes de adoptar una decisión definitiva.

Los belicistas apelan en el último minuto al paradigma de Kosovo, que no contó con mandato previo del Consejo. Fue diferente: por la legitimación indirecta, a cargo de la UE, la OSCE y la OTAN; por la aplastante mayoría en el Consejo de Seguridad, salvo Rusia; por la evidencia, y no sólo riesgo, de catástrofe humanitaria; porque la propia ONU lo endosó a posteriori.

A título simbólico, quienes vivieron aquel conflicto, recordarán que uno de los más activos, apasionados y dignos intervencionistas (nada de Chamberlains u otros apaciguadores recién resucitados por la retórica imperial) fue el secretario del Foreign Office: Robin Cook, quien acaba de dimitir del Gabinete de Blair en protesta por esta guerra sin cobertura.

De modo que esta guerra es inmoral porque es ilegal. Pero no sólo por eso.

2. Justa causa. “Son injustas las guerras que se emprenden sin causa”, afirma Cicerón, quien contempla dos causas posibles: “repeler una agresión y expulsar a un invasor”. Ambas siguen siendo, con otra formulación (legítima defensa y quebrantamiento de la paz) las excepciones del ordenamiento internacional vigente al principio de la resolución pacífica de los conflictos.

Modernamente traduciríamos justa causa por objetivo claro, concreto e imprescindible. Pero el partido del belicismo ha identificado toda suerte de objetivos cambiantes, según la coyuntura, a veces en desordenada amalgama: la peligrosa posesión de armas de destrucción masiva (ADM) por Irak; una eventual conspiración entre este Estado canalla y el terrorismo fundamentalista de Al Qaeda; la urgencia de derrocar al tirano Sadam Husein; la conveniencia de una reordenación estratégica del Oriente Próximo, entre otras razones para proteger a Israel; la conveniencia de garantizar un suministro de petróleo a precios favorables, y complementariamente, romper el oligopolio de la oferta…

De todos esos objetivos, el más sólido sería la posibilidad de que Irak facilitase ADM a Al Qaeda. Pero ningún informe ni análisis solvente acredita una relación fluida entre ambos protagonistas, más bien se ha constatado su inquina mutua. El jefe del Organismo Internacional para la Energía Atómica, Mohamed el Baradei, ha desmentido todo indicio de que Bagdad esté en posesión, o en inminencia de poseer, armas nucleares. El responsable de los inspectores de Unmovic, Hans Blix, ha sido muy prudente en cuanto al resto de ADM. Y, sobre todo, han dictaminado que algunas acusaciones lanzadas en este ámbito se basaban en informes falsos de poderosos servicios de inteligencia: ¡falsos!

¿Dónde está, pues, la “justa causa”? Quizá habrá que buscar a la inversa, las causas injustas según el catálogo de Hugo Grocio (De iure belli ac pacis); por ejemplo, “el deseo de tierras más ricas”, o el de “gobernar a otros contra su voluntad con el pretexto de que es bueno para ellos”.

De modo que ésta es una guerra sin causa.

3. Recta intención. Tomás de Aquino alude a la “recta intención” en un sentido genérico. Otros autores la relacionan o solapan con la causa justa. Algunos, con la disposición subjetiva del ánimo del interviniente: “Toda guerra emprendida por excesivo deseo de poseer, ambición, venganza o crueldad, está prohibida (porque sería) criminal e ilícita”, categoriza un iusinternacionalista actual, Calogeropoulos-Stratis (Le recours à la force dans la société internationale).

Aquí resulta muy reveladora la comparación con el caso de Kosovo. “La Europa atlántica”, escribió en 1999 uno de los más lúcidos espíritus balcánicos, el novelista Ismail Kadaré, “ha emprendido una guerra no por el petróleo, como se la ha querido culpar con frecuencia, ni por otros intereses, sino por un principio: la defensa de los derechos y de la existencia misma del pueblo más pobre del continente”.

Por el contrario, los dirigentes del actual Gobierno de EE UU exhiben una trayectoria ligada a laindustria petrolera. Es el caso del presidente George Bush (en Arbusto-Bush Exploration y Harken, donde tuvo negocios en asociación con la familia de Bin Laden); del vicepresidente Cheney (ex consejero delegado de la petrolera Halliburton, cuya filial Brown & Root abastece de servicios contratados sin licitación al Ejército); y de la consejera Condoleezza Rice (en Chevron). Y el presidente del Consejo Asesor de Defensa, Richard Perle, se asoció al traficante de armas Adnan Kashogui y negociantes iraquíes en inversiones en tecnología y servicios para la seguridad nacional.

La “recta intención” se acredita también en la coherencia de las conductas a lo largo del tiempo. El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, fue quien en 1981, en calidad de enviado especial a Oriente Próximo del presidente Ronald Reagan, llegó personalmente a acuerdos con Sadam Husein en el marco del suministro de armas químicas y bacteriológicas a Bagdad para que se enfrentase al régimen de los ayatolás iraníes.

Más recientemente, el Gobierno del halcón doméstico, José María Aznar, fue el primer occidental en restablecer relaciones diplomáticas con Bagdad (en 1997), en pactar con su vicepresidente Tarek Aziz el incremento de intercambios comerciales y misiones técnicas y en comprometerse a promover el levantamiento del embargo internacional a Irak. ¿Es que acaso no tenía entonces ese país el arsenal de ADM que ahora se le presume?

Finalmente, la “recta intención” tiene que ver con el doble rasero, o la aplicación desigual de reglas diseñadas como iguales para todos (principio de universalidad del derecho): Corea despliega, desafiante, el arma nuclear, generando un peligro más comprobado que el de Irak; Pakistán, un país que ha patrocinado a los talibanes, dispone de ella, y ha hecho más que amagos de emplearla contra India; se da por supuesto que también la tiene Israel, cuyos Gobiernos han incumplido una larga retahíla de resoluciones de la ONU (¡64!), aunque sean adoptadas en virtud del capítulo VI de la Carta y no del VII, que es el que puede autorizar el uso de la fuerza internacional para obtener su aplicación.

De modo que la intenciones del partido de la guerra afloran, más que rectas, torcidas.

4. Último recurso. La guerra es el “último recurso” empleable cuando han fallado todos los demás. Lo acaba de recordar el secretario general de la ONU, Kofi Annan: “Sólo debe usarse cuando se han probado todas las alternativas posibles; en el caso actual, sólo si estamos seguros de que se han agotado todos los medios pacíficos para el desarme de Irak”.

El problema estriba en ¿cuándo se considera que se han agotado?, ¿cuándo el último recurso no es penúltimo?, ¿siempre hay que esperar?, ¿acaso no es posible siempre hacer algo más? Por eso, el gran politólogo Michael Walzer formula esta cuestión de otra manera: “Analizad todas las alternativas imaginables antes de soltar la jauría de la guerra”, y en este caso, es “cierto que quedan alternativas, lo que ya es el mejor argumento contra la guerra”. ¿Cuáles eran? Las contenidas en el plan franco-alemán: intensificar la presión y las inspecciones, que ya habían “alcanzado su ritmo pleno” y fijarles un calendario realista, susceptible de ser cumplido.

En las Azores se ha impuesto el criterio contrario. Y se ha impuesto sobre la suposición de que frente a Sadam quiebran las estrategias de la contención y la disuasión utilizadas frente a la URSS durante la guerra fría. Pero los mejores analistas norteamericanos, como los profesores John Mearsheimer y Stephen Walt (“Una guerra innecesaria”, Foreign Policy, enero 2003), la consideran una “falsa premisa”. Sus argumentos: Sadam sólo ha invadido (Irán y Kuwait) cuando era vulnerable y veía aislados a sus enemigos; nunca usó ADM en la guerra del Golfo; no las usará “a menos que su supervivencia se vea amenazada”. Así que “la evidencia lógica e histórica indica que una contención vigilante funcionaría, tanto ahora, como en el caso de que Irak adquiriese arsenales nucleares. ¿Por qué? Porque los EEUU y sus aliados regionales son mucho más fuertes que Irak”. Y la propia Condoleezza Rice certificaba: “El régimen de Sadam está aislado, su poderío militar convencional se ha debilitado gravemente” (“La promoción del interés nacional”, Foreign Affairs, enero 2000). En efecto, su ejército apenas llega a la mitad del que tuvo hace 12 años.

La cuestión del “último recurso” va ligada con la polémica del “ataque preventivo”, pues éste implica que no se agotan los anteriores recursos. El documento de Estrategia de Seguridad Nacional de Bush (septiembre de 2002) solemniza el concepto al afirmar que “América actuará contra cualquier amenaza emergente antes de que se constituya plenamente”. Algunos tratadistas -de ninguna manera el ordenamiento legal de la ONU-, como Grocio, han avalado la guerra preventiva, “para responder a un ataque aún no inflingido”, pero en ese caso “el peligro debe ser inmediato e inminente en cuanto al tiempo”. Otros ponen la condición de que “la carga de la prueba de la inminencia de la agresión armada recaiga en el Estado que se defiende” (Anthony Clark y Robert Beck, International law and the use of force).

La guerra preventiva amenaza con arruinar el edificio de gobernanza internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial. Porque “legitima a otras naciones a las que les gustaría justificar cualquier género de ataques a sus enemigos calificándolos como de naturaleza preventiva”, como indica la Policy Brief número 113 de la Brookings Institution.

De modo que el partido belicista rechaza el requisito del “último recurso”.

5. Probabilidad de éxito. Esta condición propugna que el mal que siempre genera una guerra no sea inútil. El príncipe, “si es sabio y magnánimo”, no “dará jamás batalla” que “no represente mayor beneficio que daño” (Jean Bodin, Los seis libros de la República).

En términos más pragmáticos, la probabilidad de éxito de los Ejércitos anglo-norteamericanos en cuanto al derrocamiento de Sadam (algo que no postula, aunque sea deseable, ninguna de las 17 resoluciones de la ONU sobre Irak) parece abrumadora. Otra cosa es si esa victoria militar a cortísimo plazo pueda trocarse en derrota política a medio y largo plazo en la verdadera batalla actual de la comunidad internacional, que esta guerra está difuminando: la lucha contra el terrorismo. Y en el pulso por estabilizar el Oriente Próximo.

Muchos líderes árabes se muestran convencidos de que la invasión provocará “varios 11-S”. No sólo ellos. “Bin Laden no ha dejado pasar de largo la gran oportunidad que la invasión anglo-estadounidense de hoy le proporcionará para su causa: toda una nueva generación se convertirá en reclutas potenciales”, ha escrito William R. Polk, ex asesor del presidente Kennedy. “A las claras”, concluye, “creo que el verdadero ganador de la política norteamericana será Osama Bin Laden; el verdadero perdedor, paradójicamente, tal vez no sea el pueblo iraquí, sino la causa de la democracia occidental”.

¿Éxito hoy, fracaso mañana?

6. Proporcionalidad. El principio de proporcionalidad, aplicable tanto al inicio de la guerra como a los medios que se emplean en su desarrollo, implica que el bien logrado compense el mal causado. Y exige siempre respeto a los inocentes. Está plenamente incorporado al ordenamiento jurídico actual. Ya los padres del “derecho de gentes” proclamaban: “No cualquier causa justifica la guerra, sino sólo las que son proporcionales con las pérdidas que ocasionará la guerra” (Francisco Suárez en De Legibus, y de forma parecida lo sostenía Francisco de Vitoria).

El concepto de “medios proporcionados” implica su limitación, pero la vigente doctrina militar norteamericana postula una superioridad aplastante de medios utilizados. “Combatiremos por una causa justa y con medios justos, respetando, en lo posible, a los inocentes”, prometió el presidente Bush en su discurso sobre el estado de la nación. Sin embargo, los estrategas oficiales calculan que las bajas iraquíes previsibles ascenderán a un mínimo de 50.000 personas. Eso, en un país “cuya población está integrada por niños en más de un 50%”, como recordó el valiente senador demócrata Robert Byrd.

Hay otro daño colateral que los halcones de las Azores minimizan: para los enemigos de las democracias es un triunfo que éstas vulneren la ley internacional y la moral que la inspira. Lo anticipaba hace ya muchos años Catón, en forma de pregunta: “Lo que decimos que ellos quieren hacer, ¿acaso nos anticiparemos nosotros, los primeros, a hacerlo?”

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