Estado del bienestar propio

La misma noche del 11 de septiembre, cosas del azar, me tropecé con un viejo recorte de EL PERIÓDICO del 29 de octubre del 2002 (!) en el que la periodista Núria Navarro entrevistaba al sociólogo alemán Ulrich Beck con un titular realmente llamativo: España ya no existe, es una pura ficción. Mientras leía aquella entrevista sobre papel prensa, los medios digitales y las redes virtuales se hacían eco de la gran manifestación de Barcelona cuyo objetivo explícito era la secesión de España-ese Estado que, según Beck, «no existe».

Aturdido entre la realidad y la ficción, no pude dejar de leer aquella entrevista 10 años después de su publicación. «La situación actual es comparable a la de finales del siglo XIX», añadía Beck, «entonces pensaban que se iba a hundir el mundo, pero lo que se hundió fue su cosmovisión, la idea de que todo tenía que venir definido por la religión. La democracia, entonces, era inconcebible. Ahora estamos en un mundo en el que se desmorona la idea de los estados nación. Pero eso cambiará, y hay que prepararse». Beck aseguraba que, más allá de los certificados matrimoniales o la sexualidad, «una pareja se forma cuando dos personas comparten una lavadora».

Las sugerentes palabras de Beck me ayudan ahora a relacionar lo acontecido en Catalunya con otros movimientos independentistas como el quebequés o el escocés, cuyas raíces románticas han evolucionado hacia preocupaciones económicas como sus carreteras, vías férreas, televisiones, escuelas, hospitales y la eventual separación de sus lavadoras compartidas con canadienses y británicos, respectivamente. Más allá de las reivindicaciones lingüísticas, los mayores éxitos de la revolución tranquila fueron la creación de una potente estructura sociocultural quebequesa, la nacionalización de la producción de la energía eléctrica y el diseño de un modelo educativo y sanitario público alternativo al canadiense.

Ahora bien, además de arriar la bandera de Canadá de la Asamblea Nacional de Quebec como hizo hace unos días el nuevo Gobierno del Partido Quebequés (PQ), sus retos más acuciantes para la viabilidad nacional son la sostenibilidad del sistema público o la permanente fuga de cerebros -a causa de la fiscalidad– hacia el Canadá anglófono o hacia EEUU tras pasar sus años de formación en territorio francófono.

En Escocia, la idea fuerza del independentismo del Partido Nacional Escocés (SNP) es la construcción de un Estado social que marque distancias ideológicas y socioculturales con las políticas del Reino Unido. «La gran diferencia de Escocia respecto a los países nórdicos es la independencia», suele declarar el líder del SNP, Alex Salmond, que confía en el éxito electoral del referendo del 2014, pero sobre todo en el alza de los precios del petróleo del mar del Norte, para poder construir un Estado escocés más noruego que británico.

En un caso como en el otro, la independencia no es un valor en sí mismo, sino un instrumento para diseñar políticas públicas que refuercen la solidaridad y la cohesión social. La construcción del llamado Estado de bienestar es la piedra angular sobre la que se levanta el discurso independentista de estos dos casos, tan seguidos desde Catalunya. La nación, en este sentido, es concebida como ideal cívico y mito legitimador del proyecto socioeconómico. Por el contrario, llama la atención que, en Catalunya, lidere el discurso independentista una fuerza política que aboga sin ambages por los recortes sociales y el Estado anoréxico como únicas políticas públicas. Josep-Lluís Carod-Rovira y Joan-Manuel Tresserras hablaban hace años de la necesidad de una Esquerra «nacional» más que «nacionalista». Si no lo entendí mal en su momento, se trataba de levantar una alternativa socialdemócrata que respondiera a las necesidades de la Catalunya social y que actuara, al mismo tiempo, de cortafuegos ante la ola neoliberal que ya se avecinaba por poniente.

También algunas voces solitarias del entorno de Iniciativa per Catalunya se manifestaron en su día en este sentido. Este es el discurso que brilla hoy por su ausencia, declaraciones circunstanciales aparte. Más allá del descontento con España o su fantasma, la relación entre independencia y cohesión social no debería dejarse en manos de una derecha, por muy catalana que sea, partidaria de convertir el país en una SA, tal como demuestra su compromiso ideológico con la escuela, la sanidad y los servicios sociales privados y su plan de adelgazamiento de la radiotelevisión pública para lucro e influencia de grupos privados afines. La reivindicación independentista, en este contexto, debe ser el programa civil transversal -clave del éxito del 11-S- que empuje el país hacia la liga de los países nórdicos como aspiraban Salvador Espriu y un joven Jordi Pujol. Esta es la cosmovisión que los partidos de la izquierda deben construir si no quieren ser superados por l’air du temps. Digo yo, que no pago mis impuestos en Catalunya.

Toni Mollà, periodista.

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