Estado y subnaciones

La presencia de la economía global en todo el mundo y la dificultad de construir la autoridad política democrática necesaria para gobernarla son dos de los grandes problemas de nuestra época. En la nueva reedición, después de más de 25 años de la primera, de Democracy's Discontent, Michael Sandel da un par de soluciones. En primer lugar, crear instituciones capaces de gobernar la economía globalizada. Y en segundo lugar, formar a ciudadanos que sean capaces de sustentarlas. La política debe adoptar formas transnacionales o globales si no quiere perder el paso de los acontecimientos.

El poder económico, en casi todas las épocas, ha tendido a ir por libre del poder político democrático. Se trata de una fuerza económica supranacional que está poniendo en peligro a los Estados nación, cada vez menos influyentes. Y los poderes económicos no solo siguen sus propias reglas, sino que tratan de imponerlas. Así se fomenta un gran descontento en las poblaciones. Todas las democracias del mundo se ven afectadas, incluso la más poderosa estadounidense, con lo cual se han creado formas transnacionales de gobierno y políticas supraestatales. Pero les falta un sentimiento esencial de comunidad, de hermandad cívica, al tener distintos orígenes y procedencias. Hay que educar y cultivar los principios de esas nuevas comunidades surgidas para mantener la independencia y el poder democrático, que es el más frágil entre todas las formas de gobierno.

Estado y subnaciones
Raúl Arias

El ejemplo más cercano es el de nuestra Unión Europea. Todavía no se ha logrado un espíritu europeo que se anteponga al patriotismo histórico individualista. Pero también la propia institución es culpable de su desafección. No ha hecho una labor informativa suficiente; no ha preparado planes comunes en la enseñanza primaria y universitaria (el plan Bolonia ha sido un desastre), a pesar del Erasmus; y, especialmente, la UE está gobernada por tecnócratas y funcionarios que no han sido directamente elegidos por los ciudadanos. Inevitablemente esta institución sigue siendo percibida más por un carácter económico que político. De todas formas, la gran crisis provocada por la invasión rusa de Ucrania aceleró el sentimiento común de estar todos implicados en la defensa de un país independiente que deseaba integrarse en Europa y en la OTAN.

En EEUU, cuando el Estado se vio amenazado, Roosevelt amplió los poderes del mismo. Para hacer frente a aquella concentración del poder económico, se decidió también concentrar todo el poder político. La democracia estaba en grave riesgo. Herbert Croly, en su libro The Promise of American Life, afirmó que había que nacionalizar «la vida económica, política y social norteamericana». Era una transformación política esencialmente formativa e instructiva. EEUU nunca fue un Estado nación a la manera europea. La soberanía siempre estuvo muy repartida. La Constitución dividió el poder del Estado verticalmente, en tres ramas; y horizontalmente, en varios niveles de gobierno. Aun así, según Sandel, «la soberanía y la ciudadanía se han ido empujando hacia arriba, hacia el conjunto de la nación». La Comisión sobre la Gobernanza Global instó a fortalecer las instituciones internacionales, tanto las económicas como las medioambientales. En Our Global Neighborhood: The Report Of The Commission On Global Governance se propuso una Asamblea del pueblo que pudiera ser elegida por la población mundial; un sistema de tributación internacional; más atribuciones al Tribunal Internacional de Justicia; así como fomentar la ciudadanía mundial y una comunidad ética y moral universal. Politólogos como Richard Falk creyeron posible una «nueva ciudadanía global» basada en el ecologismo, el feminismo y la defensa de los derechos humanos. Y todo esto basado en la implantación de una educación cívica ejemplar.

Estos ideales cosmopolitas chocaron con las identidades étnico nacionales, o con lo que Sandel denomina «chovinismo estrecho de miras y, en ocasiones asesino, en el que puede degenerar el nacionalismo». El catedrático de Ciencias Políticas de Harvard es extremadamente crítico en este asunto. El ideal cosmopolita, por otra parte, tampoco es perfecto. La pregunta que surge siempre es la siguiente: ¿las identidades universales deben ser prioritarias sobre las particulares? Este asunto abre habitualmente una gran discusión. El amor a la Humanidad debe, en principio, llevarse a cabo con las gentes más cercanas. Pero hoy en día, con los medios de transporte y las comunicaciones vía internet, todo el mundo puede ya considerarse como vecino del resto. Recordemos que en muy pocos días la pandemia surgida en una ciudad de China se extendió inmediatamente por todo el mundo.

El filósofo romántico alemán Herder hablaba de la «tribu» frente a ese «refinado ciudadano del mundo». Las solidaridades locales, por lo general, siempre acaban más allá de sus fronteras naturales. Y al ponerse en marcha, con gran lentitud, esas instituciones globales han hecho resurgir las reivindicaciones de sus grupos étnicos, religiosos y lingüísticos, que demandan formas diversas de autonomía y reconocimiento político.

La caída de la URSS, que Putin ha calificado como el mayor mal acontecido en el pasado siglo XX (en medio de la cantidad de sangrientas guerras que ambos totalitarismos produjeron), alimentó muchos de estos sentimientos: la separación de varios Estados soviéticos, la división de Checoslovaquia o la desintegración de la ex Yugoslavia. El Estado nación, desde el siglo XIX, se basó en una historia conjunta, una lengua y una tradición comunes. Ningún gran país europeo ni del mundo tiene una sola lengua, ni una sola y común cultura. Ninguno de los grandes países del mundo son homogéneos sino profundamente heterogéneos. Hoy, el Estado nación decimonónico está en debate. La soberanía nacional, externamente, se ve atacada por la movilidad de capitales; e, internamente, por las reivindicaciones de los grupos subnacionales que, por lo general, son racistas, excluyentes, xenófobos, autárquicos e integristas. Si frente al exterior el Estado pierde o delega el poder, en el interior esto mismo se está produciendo con la menor adhesión de sus ciudadanos, repartidos entre los sentimientos emocionales antropológicos y la razón. La homogeneidad nacional se ha transformado en heterogeneidad identitaria de grupos étnicos, lingüísticos y de ficción histórica. Se imponen sus mentiras, se obliga a creerlas ilegal y violentamente, y se los convence de ser superiores al resto de sus conciudadanos. Sobre todo, en la cuestión racial y lingüística.

No se puede avanzar sin la internacionalización y la integración de la diversidad ciudadana. Salvaguardar los derechos humanos y el medio ambiente, así como controlar el comercio y las finanzas para una más justa distribución de las riquezas. Todo esto no lo puede llevar a cabo solo una nación, por muy poderosa que sea: lo tienen que hacer el conjunto de muchas de ellas. Por supuesto, deben participar del mismo espíritu y fines.

El Estado soberano es una multiplicidad de comunidades y entidades políticas entre las que se reparten el poder. Para Sandel, no es necesario que «desaparezca el Estado nación: basta con que ceda en sus pretensiones de ser depositario único del poder soberano y objeto exclusivo de la lealtad política». Diversas formas de asociación política gobernarán ámbitos varios de la vida y atraerán diferentes aspectos de nuestras identidades. Sólo un régimen que disperse la soberanía puede hoy combinar el poder requerido para rivalizar con las fuerzas del mercado global. ¿Y no es esto lo que se hizo con nuestras autonomías, en muchos aspectos con más poder que los Estados federales? Dispersar la soberanía puede suponer la atribución de mayor autonomía cultural y política a comunidades subnacionales como la catalana, la kurda, la escocesa o la quebequense; y, al mismo tiempo, el fortalecimiento y democratización de estructuras transnacionales como la UE. El independentismo ya es un término fuera de contexto.

En este tiempo tan difícil en el que vivimos nacional e internacionalmente, la convivencia entre ideas y sentimientos debería estar regida por la razón, al margen de las emociones irracionales. Todos somos vecinos de una misma casa. Lo bueno o lo malo que le pase a uno de los habitantes de esa misma finca, tarde o temprano, tendrá repercusiones sobre el conjunto de los seres humanos que la comparten. Pero la razón sigue siendo un bien escaso que se ve derrotado por el odio, el abuso y la violencia. El enemigo no está dentro de casa, sino fuera. Y es gigantesco, para poder enfrentarse a él solos desde minúsculos espacios que equivalen a una pequeña tajada de su menú.

Las guerras civiles entre Estados y subnaciones siempre han acabado muy mal. Bertolt Brecht le escribió este poema a su hermano: «El espacio que conquistó mi hermano / En la Sierra del Guadarrama está. / Mide un metro ochenta de largo / Y uno cincuenta de hondo. Nada más..». (Mi hermano era piloto).

César Antonio Molina es escritor y ex ministro de Cultura. Este otoño se publicará el tercer tomo de su trilogía compuesta por La caza de los intelectuales. La Cultura bajo sospecha (Destino); ¡Qué bello será vivir sin cultura! (Destino); y, ahora, ¿Qué hacemos con los humanos? (Deusto).

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