Estados Unidos, Europa y el mundo ante el terror

Gabriel Tortella es catedrático de Historia Económica en la Universidad de Alcalá (EL PAIS, 22/09/04).

Como decía un columnista recientemente en el The New York Times: “Sólo en un año electoral dominado por la ficción puede un mariquita (sissy), que se valió de la influencia de su papá para no ir a Vietnam, describir a un verdadero héroe como un nenaza (girlie-man)”. Naturalmente, el mariquita es el presidente Bush y el héroe, el senador Kerry. Por supuesto, en tiempo de elecciones se ven y se oyen cosas muy raras en todas las latitudes, pero los fenómenos que ocurren últimamente en Estados Unidos son especialmente aberrantes.

Las últimas elecciones norteamericanas (noviembre de 2002), que se saldaron con un sonado triunfo de los republicanos, fueron notables por varios motivos. En primer lugar, porque no es frecuente que el partido presidencial avance en los comicios intermedios. En segundo lugar, porque la economía de Estados Unidos iba mal: la Bolsa caía, el dólar bajaba, el déficit presupuestario empezaba ya a parecer amenazador, el paro aumentaba, y la confianza de empresarios y consumidores disminuía. En tercer lugar, porque el programa de Bush resultaba mucho más extremista, partidista, intransigente y reaccionario de lo que durante la campaña hizo creer con aquello del “conservadurismo compasivo”. Como dijo Clinton, tal eslogan fue una buena muestra de habilidad política, combinando la realidad con la retórica: luego se vio que lo de la compasión era retórica, lo del conservadurismo, realidad. Y en cuarto lugar, porque Bush es un político tosco, de escasas dotes dialécticas, incapaz de dialogar con la prensa o con el Congreso. A todo ello se añade el hecho anómalo y bien conocido de que su victoria en las elecciones de 2000 no sólo fuera una derrota numérica en las urnas, sino que además pareciera amañada por una Corte Suprema que votó más con arreglo a sus convicciones (o conveniencias) políticas que al derecho. A pesar de todos estos factores, que hubieran permitido pensar que la presidencia del segundo Bush era un fenómeno pasajero, el partido republicano obtuvo una victoria sonada en los últimos comicios, y esta victoria se le atribuyó en gran parte al propio Bush.

Y, lo que es más notable, los republicanos, con Bush al frente, llevan camino de repetir su éxito de hace dos años, cuando los hechos objetivos inclinarían a pensar que en buena lógica debieran perder. En efecto, las cosas desde 2002 no han hecho sino empeorar. Todas las predicciones de los enemigos de Bush se han cumplido. La invasión de Irak ha sido un fracaso y ha puesto a los Estados Unidos en un callejón sin salida: o se convierte en una potencia ocupante durante muchos años, o se va de Irak con el rabo entre las piernas y dejando tras de sí una situación de guerra civil. Todas las justificaciones que se dieron para la invasión (armas de destrucción masiva, conexión del régimen de Sadam con Al Qaeda, restauración de la democracia iraquí) han resultado falsas, fruto de la mendacidad o, en el mejor, aunque poco probable, de los casos, de la más escandalosa incompetencia. El terrorismo internacional, lejos de disminuir, ha aumentado, porque la invasión ha confirmado a los ojos de millones de musulmanes desesperados que Occidente es una potencia imperialista enemiga del islam. Hace dos años, antes de la invasión, circulaban por Estados Unidos unos carteles con Bin Laden en actitud de Tío Sam diciendo: “Quiero que invadas Irak”. El otro día una viñeta en el Herald Tribune pintaba al mismo Bin Laden aplaudiendo en la convención republicana y gritando: “¡Cuatro años más!”. Por otra parte, la economía no ha mejorado mucho en estos dos años, el precio del petróleo se ha disparado, y Bush es uno de los pocos presidentes durante cuyo mandato aumentó el desempleo. Y, sin embargo, encabeza las encuestas.

Naturalmente, todas estas cosas raras se explican no sólo porque este año electoral norteamericano esté dominado por la ficción. Lo más grave es que está dominado por el miedo y por la histeria, y que a una parte sustancial del público norteamericano, que se siente amenazado, le parece bien que su país agreda ciegamente a un tercero, aunque éste no haya participado en el ataque a las Torres Gemelas. En resumidas cuentas, los terroristas han reforzado a la derecha norteamericana aún más que lo hicieran los comunistas en los momentos álgidos de la guerra fría. Sociológica e ideológicamente, la derecha norteamericana se había batido en retirada desde la victoria de Clinton en 1992 hasta el ataque de Bin Laden. Desde aquel 11 de septiembre el escenario ha cambiado totalmente. Ahora son los demócratas los que están en retirada y la derecha republicana la que puede monopolizar el poder por mucho tiempo. La verdad es que, si a Bin Laden le benefician cuatro años más de Bush, a Bush le benefician cuatro años más de Bin Laden.

El caso de Estados Unidos, aunque el más importante, no es aislado. En Israel ocurrió lo mismo en 2001: si Bin Laden ha reforzado a Bush en el poder, Arafat colocó allí a Sharon tras el fracaso de las negociaciones de Camp David, con su apoyo más o menos explícito a la Intifada y los atentados. También en Israel la mentalidad de sitio ha reforzado a la extrema derecha: hoy Sharon está firmemente asentado en el poder, y su único rival serio es Benjamín Netanyahu, de su mismo partido y más a la derecha todavía. Y aún tenemos un tercer ejemplo de este mismo fenómeno: en Rusia, la postura belicosa e irreductible de Putin se ha visto reforzada por el conflicto de Chechenia. A pesar de las críticas tras la matanza de Beslán, con su acompañamiento de mentiras, incompetencia y brutalidad por parte de Moscú, el Gobierno de Putin saldrá fortalecido, y no sólo por la inhumana crueldad de los terroristas, sino por el reflejo defensivo y nacionalista de los rusos. Lo que tienen de común Bush, Sharon y Putin es que su postura, más que de firmeza, es de agresividad casi irracional. En ninguno de los tres casos parece que la fuerza bruta vaya a resolver nada a largo plazo. Sin embargo, encuentran apoyo emocional en un electorado atemorizado y hostigado por un enemigo que es a la vez exterior e interior: el terrorismo. Ante la violencia salvaje de los terroristas los pueblos democráticos abdican de su raciocinio y responden visceralmente votando a mandatarios militaristas y reaccionarios aunque les metan en un callejón sin salida.

Este reforzamiento de la extrema derecha en los países democráticos, aún incipiente, lleva camino de acentuarse, aunque Europa a primera vista parece algo diferente. Aquí el recuerdo del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial frenan la xenofobia y la agresividad. Incluso en la atípica España la reacción el pasado marzo fue a la inversa. Pero no es probable que el ejemplo español marque tendencia. Al contrario, si el terror internacional continúa, el giro a la extrema derecha puede tener lugar en Europa también, como ha amagado ya en Francia, Austria, Dinamarca y Holanda, aunque aquí, sin embargo, el giro conservador será más defensivo que ofensivo.

No es nada probable que cese el terrorismo internacional; lleva muchos años haciéndose sentir, y las agresiones son cada vez más graves y frecuentes. Las causas subyacentes no llevan visos de desaparecer. Las campañas rusas, las incursiones y represalias israelíes, la intervención en Afganistán, no han hecho sino acrecentar el odio que despierta Occidente. La invasión de Irak puede haber aumentado el prestigio de Bush en Estados Unidos, pero ha exacerbado el deseo de venganza y ha actuado como banderín de enganche en el mundo islámico. Bin Laden, los rebeldes chechenos, los terroristas palestinos, son los héroes de millones de musulmanes. El terrorismo seguirá en aumento y ello volverá a reforzar a los partidos belicistas en los países democráticos.

Es difícil imaginar cómo pueda ponerse fin a la espiral de violencia y polarización internacional que se avecina. La inestabilidad social y política del Tercer Mundo aumenta año a año a medida que el crecimiento demográfico hunde a miles de millones en la miseria. La desigualdad internacional aumenta, y no hay programa de ayuda que pueda hacer frente a una marea humana que no tiene precedentes históricos. El resentimiento que la desigualdad provoca es el mejor caldo de cultivo para el terrorismo. Sin un replanteamiento radical y racional de los problemas económicos y sociales del planeta, las perspectivas del siglo XXI son muy sombrías.