Estados Unidos, impotente ante Israel

Ningún tópico ha calado más profundamente que el que dicta que solo Estados Unidos puede empujar a los israelíes hacia unas negociaciones serias. Sin embargo, tanto el presidente Barack Obama como nuestra secretaria de Estado han aludido con resignada impotencia a la disposición de ambas partes a entablar conversaciones. Dudan de que los israelíes vayan a responder a las presiones estadounidenses y, como han dicho abiertamente, todavía más de que los europeos puedan implicarse a fondo en poner fin al conflicto.

Otro tópico es el que apunta que Estados Unidos está totalmente sometido al lobby israelí. Recordemos la absurda escena vivida en el Congreso de Estados Unidos durante la intervención de Netanyahu: cuanto más se alejaban de la verdad sus manifestaciones, más frenéticos eran los aplausos. Sin embargo, entonces asistimos a un espectacular triunfo del trampantojo político o, quizá más exactamente, de la mercadotecnia engañosa.

El motor principal de la influencia del lobby israelí es su pretensión de representar a la inmensa mayoría de los judíos estadounidenses, algo que no soporta una evaluación rigurosa. Los judíos de Estados Unidos son respetados por sus grandes aportaciones a la vida nacional en materia de arte y cultura, negocios y gobierno, desarrollo de las profesiones, ciencia e investigación. En general, los panegiristas de Israel viven en enclaves creados por los propios judíos. No cabe duda de que la Conferencia de Presidentes de las Principales Organizaciones Judías Estadounidenses representa a un amplio abanico de grupos judíos, pero un gran número de judíos estadounidenses no forma parte de las organizaciones que la integran.

Las encuestas y gran parte de los demás datos disponibles apuntan a que muchos judíos de Estados Unidos, sobre todo de las generaciones más jóvenes, se identifican más con su país que con Israel. El resto forma parte de una minoría dentro de una minoría, que está bien organizada y se sabe hacer oír. Pero incluso esta se encuentra dividida en lo tocante a las políticas israelíes, como demuestra la aparición de J Street, un grupo muy crítico con el actual Gobierno israelí. Para muchos estadounidenses judíos y defensores de Israel, la profundidad extremadamente dudosa de la comunidad de intereses que se dice existe entre ese país y Estados Unidos oculta una cuestión no menos permanente y profunda. ¿Qué relación hay entre el vínculo y el deber que los unen al país en el que trabajan y viven, y la lealtad incondicional que Israel espera de ellos?

La idea de que existe un parentesco moral y político permanente entre Estados Unidos e Israel la han propagado con diligencia tres grupos estadounidenses no judíos. El primero, el de los protestantes evangélicos, que suelen tomarse la Biblia al pie de la letra, interpreta que el establecimiento del Estado de Israel preludia la conversión de algunos judíos y la desaparición de la mayoría en vísperas del “segundo advenimiento” de Jesús. Esos defensores de Israel habitan un tiempo mítico, no histórico. Muy aferrado a la historia vive otro grupo estadounidense, partidario del unilateralismo en materia de política exterior, que, a pesar de que la hegemonía estadounidense en Oriente Próximo está llegando a su fin, continúa aspirando a ella. Ambos colectivos difunden la hostilidad hacia el islam, cuando no el rechazo del mismo (los cristianos por razones teológicas, los unilateralistas por motivos políticos) y precisan de una amenaza ilimitada para justificar las exigencias, igualmente ilimitadas, que plantean a la nación y a sus recursos. Hay un tercer grupo, el de los oportunistas políticos manipulados o comprados por el lobby israelí. Si los dos primeros se vieran profundamente debilitados, los oportunistas pondrían la vista en otro sitio.

En la actualidad, esta alianza se enfrenta a la creciente oposición de otra, compuesta tanto por multitud de expertos en política exterior realistas que en realidad trabajan o han trabajado en las Fuerzas Armadas o el Gobierno, como por defensores de los derechos humanos y la justicia económica y social, muchos procedentes de iglesias. En su opinión, la “primavera árabe” (por distante que esté el “verano árabe”) proporciona a Estados Unidos la oportunidad de liquidar sus gravosas alianzas en Oriente Próximo, tanto con el intransigente Israel como con corruptas tiranías que van desde la marroquí a la saudí. El grupo, que se ha visto un tanto alentado por la reciente llamada de Obama al reinicio de las negociaciones entre Israel y los palestinos, aunque no sorprendido por su incapacidad para ir más allá de la retórica, confía en que los palestinos se esfuercen denodadamente por unirse al nuevo movimiento árabe y critica las advertencias que la Casa Blanca les hace por sus iniciativas ante la ONU.

Entretanto, el hecho de que los franceses propongan una conferencia de paz en París y que lady Ashton exija una reactivación del Cuarteto sugiere que Estados Unidos corre el riesgo de quedarse aislado. Esa posibilidad preocupa a muchas figuras influyentes de la cultura, la economía y la política estadounidenses, y podría inducirlos a unirse a quienes ya son reacios a otorgar a Israel derecho de veto en nuestras políticas. Existe otra razón para que acojan de buen grado las iniciativas europeas: el efecto que tendrían en Israel, donde (recordemos lo que pensaba Dagan, antiguo director de sus servicios de espionaje) no todo el mundo tiene el nivel ínfimo de los ministros del Gobierno actual. Quizá exista el riesgo de que al aumentar las presiones externas e internas todo el sistema político israelí se venga abajo, pero es inadmisible que Israel utilice esa posibilidad para hacer un chantaje político. Si se produjera un levantamiento palestino, los europeos podrían considerar el envío de fuerzas de paz a los territorios ocupados.

En cualquier caso, la búsqueda de la estabilidad política que solo una situación justa para los palestinos podría reportar tiene sus riesgos. Una Europa dispuesta a asumirlos (y las iniciativas de Francia y de la Unión Europea no son más que primeros pasos en ese sentido) sería una Europa que, comenzando a liberarse de su sumisión a Estados Unidos, sería de hecho capaz de influir positivamente en un considerable segmento de la opinión pública estadounidense, que acogería de buen grado ese refuerzo. Al impedir que Israel avance hacia una nueva y más terrible Masada, la actual generación europea podría saldar algunas de sus deudas heredadas con los descendientes de los judíos europeos. Como bien saben los israelíes más sensatos, permitir que Israel viva en la ilusión de que sus fuerzas armadas le conceden la potestad de obrar como le venga en gana es algo que un amigo no haría.

Está por ver si los europeos tienen capacidad para adoptar y mantener nuevas iniciativas. Para ello sería preciso contar con la soberanía más difícil de obtener, la interna, y puede que la crisis económica y social que viven la eurozona y el conjunto de la Unión Europea convierta ese propósito en algo especialmente difícil. Sea como fuere, los europeos harían bien en aprovechar un momento en el que puede que no solo los árabes y los musulmanes, sino gran parte del resto del mundo, estén preparados para afrontar cambios antes inimaginables.

Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

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