Estafermo hasta el final

Estábamos viendo el debate en esa redacción de EL ESPAÑOL que tanto le debe, cuando Rajoy soltó, como quien no quiere la cosa, una frase aparentemente trivial, en pleno calentón contra Sánchez: “Ya sabemos cómo son estas cosas de las votaciones…”. En ese momento, me di cuenta de que sabía que estaba perdido y así lo reflejamos en el titular efímero de nuestra narración en vivo: “Rajoy sugiere que triunfará la moción de censura contra él”.

¡”Estas cosas de las votaciones”! Así, con esa desafección y desdén, se refería a la democracia en marcha el más afortunado de sus transeúntes. Alguien aupado por ella hasta las más altas cimas del poder, habilitado en su nombre para ejecutar todo tipo de designios e instalado en su seno como el más acomodaticio de sus oficiantes; pero sin llegar, en realidad, ni a comerla ni a beberla nunca.

“Estas cosas de las votaciones” fueron, durante veinte años, parte esencial de su modus vivendi como político profesional, al servicio de otros, hasta que, en agosto del 2003, el dedazo de Aznar le otorgó la sobrevenida condición de líder. Entonces se convirtieron en el atrezzo de su contumaz instalación y apalancamiento en el teatro de la gloria.

Estafermo hasta el final“Estas cosas de las votaciones” le permitieron ser elegido y ratificado unas cuantas veces como caudillo del PP, recurriendo incluso en 2008 -cuando hizo falta sacarle del furgón mortuorio de su hierática despedida en el balcón de Genova- a los avales trucados del congreso de Valencia.

“Estas cosas de las votaciones” le catapultaron hasta la Moncloa, después de dos pinchazos en hueso, por mor de las listas cerradas y bloqueadas, del reparto de escaños por circunscripciones, del turnismo bipartidista vigente y de los graves errores de su antecesor.

“Estas cosas de las votaciones” fueron su tabla de salvación, a través del servilismo de los estómagos agradecidos de su grupo entonces mayoritario, cuando hace cinco años descubrimos la tostada de su ‘caja B’, sus sobresueldos y sus SMS a Bárcenas, que en cualquier otro país hubiera obligado a dimitir a cualquier gobernante.

“Estas cosas de las votaciones” han sido el asidero de su precario declinar desde que, en diciembre de 2015, llevara al PP al peor resultado en un cuarto de siglo, pero su condición de primera minoría y el sándwich con Iglesias, auspiciado por el duopolio televisivo, le permitieran aguantar en funciones, forzar nuevas elecciones y formar un gobierno de sólo 134 escaños, tras engañar a Ciudadanos, firmando unos pactos de investidura que no pensaba cumplir.

“Estas cosas de las votaciones” estuvieron muy bien, mientras fueron útiles para su advenimiento y permanencia, pero han dejado de interesarle desde el mismo momento en que se dio cuenta de que iban a serle adversas. En ese “ya sabemos cómo son…” con que inició su frase está encerrado todo su escepticismo, todo su descreimiento, toda su marrullería de manipulador tramposo y ventajista.

Es el momento cumbre en el que la zorra renuncia a las uvas, el actor se baja del escenario y el cura se declara ateo. Es el instante mágico en que –según se contaba hace 30 años en la redacción de ABC– César González-Ruano asoma la cabeza, tras el dintel de la puerta del recién nombrado embajador que ha decidido interrumpir la tradición de untar al eximio columnista, a cambio de sus loas a las “repúblicas hermanas” y, en un arrebato de sinceridad, pone los puntos sobre las íes: “Señor embajador, que entre nosotros no quede el equívoco, el Paraguay es una puta mierda…”.

Fuera máscaras, señor Sánchez, que entre nosotros no quede el equívoco, “ya sabemos cómo son estas cosas de las votaciones”. O, como diría el protagonista de House of Cards, usted y yo sabemos que “la democracia está muy sobrevalorada”.

Y quien no quiera fiarse de mi subtexto, que se fije en su conducta. En cuanto cree que su suerte está echada en los despachos, Rajoy tira la toalla en el hemiciclo. Ya no volverá a pisarlo hasta que no tenga más remedio que cumplir con la obligación de votar y el deber ritual de cortesía de felicitar al vencedor.

Ni escucha las razones del PNV, ni por ende trata de rebatirlas o tan siquiera de poner en evidencia sus contradicciones y hacerle pagar un precio por su “traición” ante la opinión pública. Tampoco saca los colores a las minorías separatistas o a Pablo Iglesias con quien tantas amenas partidas de ping pong de casino provinciano ha mantenido.

No, Rajoy abandona el Congreso, cruza la Cibeles, se va al antiguo Club 31 y se atornilla con sus leales a la mesa de un reservado, para seguir la sesión parlamentaria por la tele, fumándose un buen puro, como si fuera la final de la Champions que no pudo ver in situ en Kiev. Y allí pasa dos, cuatro, seis, ocho horas comentando las jugadas delante del plasma, repasando la moviola de lo ocurrido por la mañana, como si nada fuera ya con él.

A última hora de la tarde, Maria Dolores de las Mentiras comparecerá para explicar la elocuente razón por la que Rajoy descarta dimitir: “No garantizaría la continuidad del PP en el Gobierno”. A la mañana siguiente el furriel Hernando emplazará, con sus modos tabernarios, en los mismos términos, a Sánchez y Rivera: ¿verdad que no hubieran estado dispuestos a investir a otro miembro del PP?

O sea, que Rajoy sólo habría frustrado la llegada del horripilante “gobierno Frankenstein” si hubiera sido por el bien del PP; nunca por el bien de España, no fuera a ser que, en una ronda de consultas del Rey, los apoyos a Sánchez se resquebrajaran, Pablo Iglesias optara por unas elecciones anticipadas y terminara beneficiando a Rivera. No, antes que correr ese riesgo, que venga Frankenstein, que ya encontraremos la manera de entendernos bajo cuerda, mientras le zurramos de lo lindo desde la oposición y con los aforamientos puestos. Que se perpetúen las dos Españas mientras nosotros seamos una de ellas.

Pero, sobre todo, es que dimitir hubiera significado hacer algo, intentar algo, pretender algo, despedirse en movimiento… y eso hubiera ido contra la naturaleza estática del Estafermo. Fijémonos, ojalá sea por última vez, en esa metáfora. Desde que la puse en circulación en aquel artículo divulgado a finales de 2014, a través del agregador internacional Medium, toda vez que el periódico que fundé se negó a publicarlo, la imagen había ido convirtiéndose en moneda de curso legal en cualquier conversación política. En el momento menos predecible, en el lugar más inesperado, alguien te hablaba del Estafermo, refiriéndose a Rajoy.

No se trató de una invención original, sino que fue leyendo un relato del bohemio y extravagante Gerard de Nerval cómo encontré respuesta al gran enigma de la personalidad de Rajoy: ¿cómo era posible que alguien tuviera una acrisolada fama de indolente –incluso de perezoso y vago- en el ejercicio de las tareas que se le encomendaban y, a la vez, fuera liquidando implacablemente a cuantos rivales y antagonistas le rodeaban, hasta atiborrar el cementerio de los Cien Negritos del PP?

“Ese modelo no existe en la vida”, me decía a mí mismo, “nadie es tan zambo para la construcción y tan virguero para la destrucción, el pasmarote lo es igual para lo malo que para lo bueno”. Hasta que topé con ese cuento sobre un hombre al que contrataban en París para hacer el papel de los estafermos, en los remedos de las justas medievales. Lo plantaban en medio de la pista con un escudo en un brazo y una maza en el otro. Ambos debían estar rígidos, de forma que cuando un jinete golpeaba con fuerza el escudo, corría un alto riesgo de recibir por detrás el impacto giratorio de la maza.

“La naturaleza del estafermo –expliqué- residía en su carácter inerte, en su falta de iniciativa, en su abulia existencial, en su condición tan yerma como yerta, en contraste con la vitalidad actora del jinete”. ¿Puede alguien encontrar, cuatro años después, una explicación mejor para esa perpetua espera de la justificación de lo inexorable que ha caracterizado la gestión de Rajoy en la Moncloa?

Todos sus actos precisaban siempre de un impulso exterior, sin osar jamás adelantarse a los acontecimientos. Debían ser los hombres de negro de la Unión Europea los que le obligaran a hacer las reformas económicas, la presión de los nuevos partidos la que le empujara a adoptar medidas contra la corrupción y la declaración unilateral de independencia de Cataluña la que no le dejara otra salida que aplicar el 155. Pero debía ser en su modalidad blanda… porque así se lo imponía el PSOE.

Cuando el viento no movía la veleta, el Estafermo continuaba plantado inmóvil, fiel a su condición de autómata sin iniciativa. Baste como ejemplo, que resume toda una manera de estar para nada en la política, el caso de su prometida reforma de la ley del aborto: al cabo de seis años y medio como presidente del Gobierno -cuatro de ellos con mayoría absoluta- ni ha modificado las disposiciones flagrantemente inconstitucionales, que a su entender incluye, ni tampoco ha retirado -para desesperación del TC- el recurso que exige su derogación.

Nunca buscó complicidades, nunca reclutó talento, nunca desarrolló empatía alguna. La única actividad constatable de Rajoy, desde que entró en la Moncloa, fue ir cavando las tumbas de cuantos le ayudaron a llegar, sin conformarse luego con la inutilidad del éxito; y de cuantos, expiando sus culpas con estrépito y escarmiento en la picota del duopolio, contribuyeron a que él eludiera asumir las suyas. Desde Aznar a Cifuentes, pasando por Mayor Oreja, María San Gil, José Manuel Soria y tantos y tantos próceres -santos laicos, incluso, como Ortega Lara-, el panteón de hombres ilustres del PP está atiborrado de los cadáveres de todos cuantos le servían mejor muertos que vivos.

Ahora que “estas cosas de las votaciones” le han arrebatado la maza y el escudo, ya no le queda sino enterrarse a sí mismo. Si de él dependiera, continuaría como líder de la oposición, aparentando la confrontación y legitimando al confrontado, al modo en que su primer mentor, Manuel Fraga, hizo en los 80. Pero es consciente de que, cuando su partido haga de verdad las cuentas, no le quedará otro rumbo que el del árbol del ahorcado.

Rajoy dice que se va dejando una España “mejor que la que recibió”. Si el baremo son los indicadores económicos, determinados en toda la UE por la actuación del Banco Central Europeo, es indiscutible que sí. Si el baremo es la situación política, marcada por el descarrilamiento de la crisis catalana y la omnipresencia de la corrupción, el balance es exactamente el opuesto. En todo caso, los españoles ya emitieron sus primeros veredictos en 2015 y 2016 cuando convirtieron los casi 11 millones de votos que recibió el PP en 2011 -un 44,6%- en poco más de 7 millones (28,8%) y algo menos de 8 (33,03%).

Nunca sabremos ya a cuánto hubiera caído el PP en unas sextas generales con Rajoy como cabeza de cartel, pero su intención de voto en las últimas encuestas oscilaba entre el 16 y el 19%. Es evidente, en todo caso, que tampoco habríamos llegado jamás a la situación actual si, en lugar de empecinarse en gobernar en extrema minoría, embadurnado como estaba ya por la corrupción, Rajoy se hubiera echado a un lado, en 2015, propiciando la entrada de Ciudadanos en un gobierno presidido por otro dirigente del PP, o hubiera al menos cumplido sus compromisos de la investidura de 2016 para mantener el apoyo de Rivera.

Casi a la vez, cuando yo publiqué El Estafermo, Pérez Reverte escribió de forma concurrente que “Rajoy parece una liebre paralizada en una carretera ante los faros de un automóvil”. Yo me aferré a mi metáfora y refuté la suya. Una “liebre paralizada” ha tenido movimiento antes. “¿Cuándo le has visto brincar, recortarse, emprender carrera alguna hacia algún sitio?”. Pero le di la razón en que “lo malo es que nos van a atropellar a todos”. El automóvil de faros deslumbrantes ya está aquí y lleva las luces cortas. Muy cortas.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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