Están entre nosotros

Por  Juanjo Sánchez Arreseigor (EL CORREO DIGITAL, 30/10/07):

A nadie le sorprende encontrar una numerosa comunidad musulmana en Ceuta o Melilla, en las regiones del Levante o en ciudades grandes como Madrid o Barcelona, pero descubrir un grupo nutrido en una tranquila capital de provincias del interior como lo es Burgos, amén de otros municipios de la misma provincia, y además dedicándose a organizar la ‘yihad’, lo cierto es que a más de uno le habrá resultado algo chocante. El ciudadano mejor dispuesto puede sentir un estremecimiento ante noticias como éstas. ¿Son todos los inmigrantes musulmanes terroristas en potencia?

Vamos a dejar las cosas claras sin remilgos: los inmigrantes musulmanes en España y en todo el mundo experimentan, igual que cualquier otro inmigrante, una fuerte nostalgia de su tierra de origen y a veces de su comunidad cultural más allá de su país de nacimiento. A una mexicana o un argentino no les dejan indiferentes las noticias de que una chica ecuatoriana ha sido brutalmente atacada sin motivo alguno en un tren de Barcelona. De la misma forma, a los musulmanes de cualquier origen no les hacen ni pizca de gracia las noticias catastróficas que les llegan sin cesar de gran parte del mundo islámico. Durante más de un siglo, los emigrantes irlandeses en EE UU y otros países financiaron y respaldaron con todos los medios a su alcance la lucha contra los británicos, incluso el terrorismo del IRA. Lo mismo le sucede a la comunidad judía mundial con el Estado de Israel. A muchos les repugna el integrismo religioso de los judíos ultraortodoxos, el aplastamiento de los palestinos o el nuevo muro de Berlín lejos de Berlín, pero eso no modifica sus sentimientos básicos favorables a Israel, al que contemplan como una ciudadela sitiada por océanos de enemigos. De la misma forma, la comunidad islámica contempla la invasión de Irak a través de los medios de comunicación y no le gusta. Da igual que sean moderados o radicales, laicos o fundamentalistas, integrados o marginados. No les gusta, no lo aceptan y muchos de ellos van a respaldar activamente la insurgencia con dinero o de otras maneras.

Para España esta situación plantea dos problemas. Primero, nosotros no estamos en guerra con EE UU. En buena hora nos desenganchamos del embrollo iraquí, pero Estados Unidos sigue siendo oficialmente nuestro aliado. Los inmigrantes musulmanes que residen en España son nuestros huéspedes. Por lo tanto tienen ciertas obligaciones con el país que les acoge, independientemente de sus sentimientos. No podemos permitir que organicen desde nuestro territorio la lucha armada contra un gobierno que es oficialmente nuestro aliado. Da igual que hablemos de guerrilla contra las fuerzas militares invasoras o de terrorismo contra la población civil. Si esto no les gusta, pues mala suerte para ellos, pero deben entender que están en nuestro país y que por lo tanto deben respetar nuestras normas.

El segundo problema y el más grave es que una vez creadas las organizaciones ‘yihadistas’ para luchar en Irak, puedan usarse para atacarnos a nosotros. La guerra de Irak no va a durar eternamente. Cuando se termine, la estructura ‘yihadista’ buscará nuevos objetivos y a lo mejor se dan cuenta de que es mucho más cómodo hacer la guerra santa a domicilio, sin tener que viajar a lugares remotos. En teoría, a los integristas les conviene no montar líos en el país donde intentan crear una base o santuario, para que las autoridades locales les dejen en paz. Por lo tanto, la lógica militar coincide con el viejo refrán de que el pájaro prudente no ensucia su propio nido, pero los fanáticos no suelen ser buenos en lógica ni en estrategia.

Todavía no he respondido a la pregunta clave: ¿Son todos los inmigrantes musulmanes terroristas en potencia? ¿Simpatizar con la insurgencia iraquí convierte a cualquier inmigrante musulmán en un futuro terrorista? Por supuesto que no, pero vamos a comprobarlo observando más de cerca a los ‘yihadistas’ arrestados en Burgos. No se trata de inmigrantes corrientes venidos aquí para ganarse la vida, que se hayan radicalizado después por la situación política mundial o por haberlo pasado mal en el país de acogida, sino de gente que venía ya radicalizada desde el principio. Su líder es un sujeto turbio, con múltiples antecedentes de violencia física, incluso en el ámbito doméstico. Estaba vinculado al terrorismo integrista desde hace años. Él y sus amigos buscaron un lugar apartado y discreto para organizarse en las sombras sin ser molestados, hasta poder reclutar a más gente y lanzar sus golpes con mayor contundencia.

Sufriremos la amenaza terrorista mientras el Islam siga en crisis y los musulmanes más radicales opten por buscar chivos expiatorios y perseguir quimeras sobre una mítica edad de oro, en vez de afrontar la creación de un futuro mejor. Occidente ha recibido a millones de inmigrantes musulmanes que provienen de países muy diversos, con estructuras sociales y familiares completamente distintas unas de otras, niveles de desarrollo sorprendentemente variados e idiomas sin la más mínima semejanza entre sí. Son un grupo demasiado heterogéneo para actuar unidos como un gigantesco ‘caballo de Troya’ islámico preparado de antemano para atacarnos desde dentro. Por otra parte, la mayoría no tiene la más mínima intención de hacer tal cosa. Podemos asimilarlos y de esta forma dejarán de ser una amenaza. Algunos de ellos por desagracia sí que van a optar por ser una amenaza, pero entonces hablamos de individuos concretos a los que podemos encarcelar o expulsar.