Estatuto a contracorriente

Euskadi viene disfrutando de treinta años ininterrumpidos de autogobierno, algo inédito en nuestra historia contemporánea. En algunos países no sería nada extraordinario, pues cuentan con democracias federales estables desde hace mucho tiempo. Pero son excepción. Por el contrario, son muchos los que envidian nuestra situación, por parecerles difícilmente alcanzable en sus respectivos países.

Venimos de una historia de tinieblas. Entre nosotros, la democracia ha corrido una oscura suerte. Hemos demostrado una trágica incapacidad para convivir en la aceptación de la diferencia, lo que ha lastrado nuestro desarrollo como sociedad. En España y en Euskadi.

A pesar de ello, hemos sido capaces de establecer un sistema de autogobierno con tantas virtudes como el más envidiable, que soporta con toda dignidad la comparación con los mejores. Y hemos logrado que perdure. Debemos estar profundamente satisfechos, orgullosos, de nuestra autonomía. Tendrían que estarlo, muy especialmente, los nacionalistas, porque son ellos quienes aparecen mejor reflejados en el Estatuto.

El conjunto del sistema político aceptó como punto de encuentro una visión marcadamente nacionalista del País. Las fuerzas políticas no nacionalistas hicieron un gran esfuerzo para que el nacionalismo se sintiese reconocido en el autogobierno, contribuyendo de forma esencial a que se hiciesen realidad muchas de sus más deseadas aspiraciones: territorialidad, lengua, Concierto Económico, policía, educación, estructura institucional… Una contribución de extraordinaria magnitud, como evidencia la comparación del proceso estatutario en el periodo republicano con la autonomía actual. Los nacionalistas no podían lograrlo solos.

El Estatuto es el mayor logro político del nacionalismo, el sueño de sus mejores líderes históricos, aquéllos que desde su ideología supieron situarse en el realismo político.

Por encima de todo, el autogobierno es el instrumento más valioso y determinante para construir y desarrollar nuestra sociedad. Un reto esencial para todos nosotros en el que el nacionalismo debiera encontrar su misma razón de ser. La comparación entre la Euskadi de hace treinta años y la actual da la justa medida del éxito del Estatuto. Y la sociedad se parece mucho más que la de entonces a la soñada por los nacionalistas.

Sin embargo, éstos prefirieron, desde muy pronto, acomodarse en el desdén al Estatuto. Hemos tenido, así, que sobrellevar la paradoja de que sus grandes beneficiarios fuesen, al mismo tiempo, sus grandes detractores; quienes con más eficacia han deslegitimado el autogobierno, allanando el camino a sus más acérrimos enemigos. Y que su defensa tuviese que ser asumida en soledad, a contracorriente, por quienes menos obtenían de él. Y que hayan tenido que hacerlo en medio del escarnio nacionalista.

Esta actitud sólo es comprensible por la euforia de sus éxitos y por la convicción de que no tendrían que pagar ningún precio por ello. Se han acostumbrado a vivir de los réditos de la tensión, del conflicto político. La coyuntura y las debilidades del sistema político español han sido el terreno mejor abonado para ello. Y han creído que el juego podía prolongarse sin fin, sin consecuencia alguna para sus pretensiones.

Pero no hay sociedad que salga indemne de un proceso en el que el juego por el descrédito del sistema se instale en sus instituciones. Ni fuerza política que no acabe siendo arrastrada por una dinámica semejante. Porque una sociedad que pierde la confianza en su sistema institucional es una sociedad que no puede creer en sí misma, en sus propias posibilidades, en sus expectativas de futuro. Es una sociedad condenada a la parálisis, a quedar relegada.

El nacionalismo se enfrenta al Estatuto con una gran falta de honestidad política. Para justificar el salto que pretende ha tenido que esforzarse en negar cualquier virtud a nuestro autogobierno, exacerbando los problemas surgidos en su desarrollo, magnificando sus defectos y atenuando hasta el extremo sus virtudes. Pero la tensión entre poder central y poderes regionales es consustancial a los sistemas federales. Nuestro sistema tiene defectos; pero no hay sistema que no los tenga. Solo su cercanía -el ser ‘los nuestros’- y la falta de perspectiva pueden llevar a obsesionarnos, a creer que son peores que los de otros, que nos incapacitan más que a los demás.

En este camino, el nacionalismo ha acuñado un gran mito: el incumplimiento estatutario. Y para hacerlo creíble debía incluir un número muy elevado de competencias negadas. Ahora nos hablan de treinta y seis. Pero hace muy poco tiempo Joan Saura, conseller de Relaciones institucionales de la Generalitat hablaba de noventa y ocho competencias sin transferir a Cataluña. ¿Hay que concluir que Cataluña todavía está peor que nosotros? Nada de eso. El mito se construye haciendo las cuentas como a cada uno le viene en gana. Se identifican como ‘competencia’ aspectos puramente puntuales de una materia con gran cantidad de ‘materias’ similares. Pero, sobre todo, salvo excepción, la consideración de que tales aspectos son competencia de la comunidad autónoma es una interpretación de parte interesada, discutible la mayor parte de las veces.

Pero nada de esto importa. Porque al nacionalismo le ha servido para justificar su estrategia y ha logrado que se acepte de forma general. No importa que se desprecie el esfuerzo hecho por los demás; ni que algunos objetivos no hayan sido posibles por la propia actitud nacionalista; ni que estemos enfrentándonos a todos nuestros vecinos, cuyas buenas relaciones tendrían que ser el fundamento más sólido de nuestro desarrollo futuro.

En estas condiciones, tendremos que seguir sosteniendo la idoneidad de nuestro sistema de autogobierno, aún con el desdén y el escarnio de los nacionalistas, a contracorriente, mientras ellos sigan persiguiendo su mundo soñado, en el que los demás no tendremos acomodo.

Nos cuenta Isaac Bashevis Singer que Satanás, aquél que en la Cábala llaman Samael, el Espíritu del Mal, decidió inculcar en los gentiles del pequeño ‘shtetl’ de Kreshev una fe ardiente para que nunca lograran librarse de su infortunio. Desaparecido ese viejo mundo judío de Europa oriental, ¿será que Aquél -como también lo llaman los judíos- ha fijado sus ojos en Euskadi y pretende que tampoco nosotros logremos nunca librarnos de nuestro infortunio?

Alberto López Basaguren, catedrático de Derecho Consitucional de la UPV-EHU.