Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros

No tengo nada en contra de Javier Bardem. Al contrario, lo considero un gran actor y una persona sensible a las causas –que no son necesariamente las mías– que él considera justas. Por eso, frente a la chufla general despertada por su frenazo y marcha atrás en lo que concierne al conflicto palestino-israelí, a mí su viraje más que risible me parece sintomático. Como saben, días atrás, un grupo de artistas entre los que se encuentran Pedro Almodóvar, Alejandro Sanz o Jorge Drexler pidió al matrimonio Bardem-Cruz su adhesión a cierto «Comunicado de la Cultura contra el genocidio en Palestina» cuyo fin era manifestar la indignación de dicho colectivo contra el ejército de ocupación israelí, acusándolo de humillar y pisotear los derechos de la población palestina en una inaceptable guerra de exterminio contra un pueblo sin medios. Pocos días más tarde, después de una lluvia de críticas y de ser nombrada «tonta de la semana» por la cadena Fox, Penélope Cruz se veía obligada a rectificar diciendo que ella no era una experta en política de Oriente Medio y que se daba cuenta de la complejidad de la situación. Bardem, que no se resignaba a sumarse al «Vale, me equivoqué» de su mujer, le echó una pensada al asunto y se descolgó con otro comunicado en el que aseguraba que había sido malinterpretado. Expresaba su gran respeto por el pueblo de Israel así como su profunda compasión por sus víctimas. «Ni mi mujer ni yo somos antisemitas, es más, detestamos el antisemitismo», explicó antes de añadir contundente: «Yo solo pido la paz del mundo», igualito que si fuera una participante en el concurso de Miss Universo o algo así. «¿Cuál es su mayor deseo, bella señorita…? –La paz mundial y la felicidad de todos».

Todo esto me recuerda a Groucho Marx, ese genio ( judío, dicho sea de paso) que no solo sabía cómo se las gastan en Hollywood sino que daba pruebas de conocer bien la naturaleza humana cuando decía aquello de «estos son mis principios, pero si a usted no le gustan, tengo otros».

Vivimos en un mundo en el que cada vez es más difícil decir lo que uno realmente piensa. Sobre todo en lo que concierne a temas «sensibles». ¿Y cuáles son los temas sensibles? ¿Qué callos se pueden pisar y cuáles no? Lo sabemos todos y nos autocensuramos a diario. Uno de ellos es, sin duda, el que nos ocupa, el conflicto judeo-palestino. Las cifras son elocuentes. En el momento de escribir estas líneas, el número de víctimas mortales en el bando israelí asciende a 3 civiles y 64 soldados. En la franja de Gaza, por su parte, los muertos se cifran en 1.925, de los que 415 son niños. El número de desplazados, en tanto, alcanza los 500.000, lo que no deja de ser tan inverosímil como terrible si tenemos en cuenta que Gaza es una ratonera de 360 kilómetros cuadrados sometida a bloqueo desde 2006 por mar, aire y tierra, lo que le impide importar, exportar, pescar e incluso recibir ayuda. Solo los túneles que la unen con Egipto permiten sobrevivir a la población. He estado ahí y creo que puedo hablar con cierto conocimiento. Visitar la Franja de Gaza comienza con un escaneado de cuerpo entero que lo deja a uno tal como vino al mundo delante de los guardias de frontera. Continúa luego con un «paseo» de cerca de un kilómetro por tierra de nadie en el que antes advierten a uno de lo que puede ocurrirle en cuanto haga un movimiento extraño. «Si te pica una avispa» –me avisaron– «ni se te ocurra hacer el menor aspaviento. ¿Ves esas casetas de vigilancia que hay a ambos lados del camino por el que vamos a transitar? Los vigías dispararán en cuanto separes los brazos del tronco». Una vez dentro de la Franja, no se tarda mucho en ver la realidad que allí se vive. Mi anfitriona, por ejemplo, me contó que su hijo Ahmet, de seis años, era capaz de reconocer, únicamente por el sonido y desde su cama, si lo que sobrevolaba en esos momentos la ciudad era un caza, un drone o un avión de reconocimiento.

Pero de nada sirve ver solo un lado del problema. Es más que evidente que Israel, por su parte, tiene todo el derecho a defenderse contra una organización terrorista que ha sido capaz, a pesar del bloqueo, de lanzar sobre territorio israelí más de 3.400 cohetes (ya sabemos que para el mal no suele haber bloqueo que valga). Cierto es también que la organización terrorista Hamás gobierna en Gaza por elección democrática. Sin embargo, uno se pregunta si no merece más atención mundial una población civil que tiene la doble desgracia de estar estigmatizada por Israel y gobernada por terroristas. Como bien dice Mario Vargas Llosa, que a diferencia de Bardem no tiene principios según la ocasión, lo más trágico de lo que está ocurriendo es que Hamás, que estaba tan debilitada por su catastrófica gestión de gobierno en Gaza, se ve ahora reforzada por el horror que está viviendo la población civil.

Del mismo modo, el gobierno israelí también es víctima de la presión cada vez más implacable del ala más extremista de su partido para que continúe con los bombardeos sin importar que las víctimas sean niños o civiles, puesto que para ellos solo son escudos humanos de los terroristas. No hace mucho, The-Economist publicaba una caricatura perfecta del problema. En ella se ve a un sonriente John Kerry que invita a sentarse a la mesa a Netanyahu y a Mahmud Abbas con un voluntarioso y encantador: Letstalk!, sin reparar, sin embargo, en que el primero tiene las manos atadas por los extremistas de derechas y el segundo, por los terroristas de Hamás. Esta es la verdad de una historia en la que no hay buenos y malos, sino solo víctimas de sus respectivas intransigencias. Y flaco favor le hacemos todos tomando partido por un lado u otro según dicte la corrección política a la que uno se adscriba… O cambiando de chaqueta según sople el aire (o los contratos de Hollywood).

Carmen Posadas, escritora.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *