Estudiantes musulmanes en Cataluña

No puedo hablar de la integración en Cataluña sin pensar en mi amigo Mohamed, un hombre de una generosidad tan apabullante que, a cambio de un favor laboral, se empeñó en regalarme una casa que tenía en el campo, cerca de Tetuán. Finalmente, le acepté una chilaba hecha a mano que debe valer lo suyo, pero que mis hijos utilizan cuando se disfrazan de apropiadores culturales. Tras conseguir la nacionalidad española, vino a enseñarme su carnet de identidad y a decirme que había matriculado a sus hijas en un colegio de monjas porque la escuela pública del barrio estaba llena de moros. La moraleja de esta historia es su incorrección política. Cada vez que la cuento noto el malestar que produce en quienes entienden la integración como un encuentro mítico en un espacio equidistante entre diferentes culturas.

La conducta de Mohamed es bastante habitual en Francia, donde el 10% del alumnado de las escuelas católicas es de religión musulmana. Las familias suelen justificar su elección con razones académicas (mayor nivel de exigencia y disciplina) y religiosas (en estos centros «se puede hablar de Dios»). En Cataluña la integración es, de hecho, una responsabilidad de la escuela pública. El 90% de los alumnos musulmanes (el 95,8% en bachillerato) está matriculado en centros públicos. Como la distribución no es homogénea, cuando los centros alcanzan un porcentaje crítico (en torno al 25% de inmigrantes), los alumnos autóctonos comienzan a abandonarlos. Por eso hay centros en los que la práctica totalidad del alumnado es de origen foráneo.

A diferencia de los países europeos en los que la escuela confesional musulmana ha asumido la responsabilidad del ascenso social de las nuevas generaciones, entre nosotros no hay escuelas musulmanas, lo cual no significa que en las mezquitas no se atienda a la formación religiosa de los niños. Éste es otro rasgo característico de nuestro modelo de integración. En Inglaterra las dos escuelas con mejores resultados son musulmanas. Pertenecen al Tauheedul Education Trust. Su director general, Hamid Patel, declaró recientemente a la prensa que su misión “es proporcionar la mejor educación a los jóvenes, con los mejores resultados académicos”. En Francia, el primer centro escolar musulmán, abierto el 2001, lleva el nombre de Collège de La Réussite (Colegio del éxito). Para su director, Dhaou Meskine, “la religión viene después de los resultados escolares”.

A mi modo de ver, el verdadero termómetro de la integración es la credibilidad del ascensor social. Es decir, la posibilidad de constatar de manera verosímil que las aspiraciones educativas de un alumno tienen consecuencias directas en su movilidad social. En este sentido, el Informe PISA nos ha mostrado que cuanto más alto es el rendimiento educativo de un país, más alto es también el de sus inmigrantes, porque la aspiración a la excelencia es contagiosa. El problema es que también lo es la habituación a la deficiencia. En España podemos aplicar esto mismo a las diferentes autonomías.

En Cataluña, el porcentaje de abandono escolar no es precisamente un estimulante. Si bien ha experimentado una sensible mejora (hemos pasado del 34,3% en el 2003 al 18,0% en el 2016), sigue siendo escandalosamente alto. Añadamos que el de la población extranjera triplica el de los nativos y es sensiblemente mayor en los chicos que en las chicas. El desequilibrio es aún más acusado entre los marroquíes, que es el grupo con mayor porcentaje de abandono y el más derivado hacia programas de garantía social. No puede sorprendernos, pues, que su presencia en el grupo de jóvenes que ni estudia ni trabaja sea muy notoria. Ahora bien, el rendimiento no va necesariamente asociado al grado de satisfacción de los alumnos con su centro. En Cataluña es muy alto, muy por encima de su rendimiento objetivo y, sean las que sean sus dificultades, dos de cada tres marroquíes tiene intención de quedarse a vivir aquí y tres de cada cuatro recomienda a sus allegados instalarse entre nosotros.

No quisiera pecar de optimista, pero el fenómeno que me parece más interesante, por sus repercusiones culturales, es la complicidad que vemos crecer entre las madres musulmanas y sus hijas. Quizá el resultado de la integración a medio plazo dependa del desarrollo de esta alianza. Digamos, en primer lugar, que las chicas, en general, pero especialmente las de segunda generación, se muestran mejor integradas que los chicos. Conocen bien el catalán y el castellano y con frecuencia lo hablan con más fluidez que el árabe. Suelen ver la tele, mayoritariamente en castellano, desean seguir estudiando cuando acaban la ESO y utilizan ampliamente las redes sociales. Pero lo realmente novedoso es que, cuando plantean en su casa sus demandas de una mayor autonomía, cuentan -cada vez más- con el apoyo de su madre frente a un padre convertido en guardián perplejo de unas esencias que se diluyen. Cada vez hay menos matrimonios forzados y menos chicas casándose a los 16 años.

Creo necesario resaltar también que incluso los alumnos fracasados reconocen que existen trayectorias de éxito académico y social entre los jóvenes marroquíes. Las claves de este éxito son diversas, pero en la mayoría de los casos nos encontramos con un estímulo decidido de las madres, especialmente de aquéllas que tienen un mayor nivel educativo. Otros elementos que parecen relevantes son la estabilidad laboral del padre, la confianza familiar en las capacidades de los hijos y en la labor de la escuela y la creación de lazos de amistad interétnicos que permiten la colaboración en las tareas escolares. No es raro encontrarse además con un profesor que ha sabido acompañar al alumno y con una familia autóctona con la que la familia marroquí ha establecido un vínculo especial. De lo que no hay duda es que las bajas expectativas crean bajas trayectorias.

Dicho lo anterior, hay que añadir que la escuela, siendo muy importante, es sólo una parte de la vida de un niño. No pasa en ella más del 15% de su tiempo anual. A medida que crece se van abriendo las puertas de acceso al mundo que hay entre la escuela y la familia y es aquí donde se encuentra otra escuela, la de la vida, en la que descubre las soluciones prácticas que las personas de su entorno encuentran para resolver sus problemas concretos. A mi amigo Mohamed lo que más le sorprendía de Cataluña eran las colas tan bien ordenadas de la gente, en las que nadie se colaba ni nadie hacía valer su autoridad para saltárselas. Aquí también es donde aparece Internet y sus posibilidades de conexión con el mundo. Es en el mundo de la vida donde se acaba definiendo nuestra identidad cultural.

La integración -si tal cosa es posible en las sociedades que conciben la igualdad como igual derecho a ser diferente- se habrá producido cuando por la capacidad de seducción del mundo de la vida, hayamos dejado de hablar de integración.

Gregorio Luri Medrano es profesor de Filosofía y autor, entre otros libros de La escuela contra el mundo, El valor del esfuerzo y Mejor educados. El arte de educar con sentido común.

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