ETA o la fertilidad

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 03/08/08):

Cuando en septiembre del 96 mi ex compañero de colegio Soares Gamboa me envió una carta relatando con todo detalle cómo en el 85 el comando Madrid dirigido por De Juana Chaos, del que él era miembro, había intentado asesinarme a la salida de un partido del Estudiantes al que providencialmente no acudí -«un artefacto rudimentario… un sencillo mecanismo que se clavaría en la rueda delantera izquierda y… ¡boom!… ahora no podría charlar contigo»-, una única idea martilleó mi cabeza durante días. La comenté con el titular de Justicia e Interior, Juan Alberto Belloch, durante uno de nuestros habituales encuentros de entonces.

-Al leer algo así te das cuenta de cómo estás en manos del destino. Fíjate, si yo hubiera ido hace 10 años a aquel partido de baloncesto ni habrían nacido mis dos hijos pequeños, ni habría podido fundar EL MUNDO…

-Bueno, esto último no les habría importado demasiado a algunos de mis compañeros de Gobierno. Ja, ja, ja…

Aunque la broma del biministro -además de reflejar la patología del felipismo en su fase más aguda- deslindara oportunamente la paternidad biológica de la intelectual, lo que latía detrás de mis palabras era el espanto ante el hecho de que el terrorismo no sólo se incauta de la felicidad presente de sus víctimas sino que además les expropia su capacidad de fecundar el futuro. En esa interrupción de la cadena de la vida, en esa amputación de lo que está por venir, en esa castración a cañonazos de toda posibilidad de transmitir las ideas o los genes radica el cruel sadismo de quienes alegan que es imprescindible matar españoles para que su Euskadi viva.

El coche bomba y el tiro en la nuca son, pues, los más macabros métodos anticonceptivos jamás aplicados. Cercenan de cuajo la capacidad de proyectarse, verterse y reproducirse de los así inmolados. Pero además determinan por la ósmosis del miedo la conducta de los otros, bloqueando sus instintos morales básicos, restando vigor a sus proyectos individuales y colectivos, esterilizando su capacidad de moldear la convivencia democrática. Por eso decía Roosevelt que sólo había que temerle al miedo mismo: una sociedad de cobardes es una sociedad de eunucos.

He ahí la explicación de por qué nada nos estremece tanto como la intromisión del terrorismo en el mundo frágil de la infancia, donde el presente balbucea y el futuro se adivina imponente. El criminal infame que es De Juana adquiere directamente la condición de monstruo abominable, de abyecto esputo de la naturaleza, el día en que, tras el asesinato del matrimonio Jiménez Becerril, contempla impávido las imágenes de sus tres hijos huérfanos y se jacta de que «aquí en la cárcel sus lloros son nuestras sonrisas». Y cuando tras el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza se alinean en el suelo unos pequeños ataúdes en los que los restos de unas niñitas reventadas escoltan para siempre a los de sus padres, es cuando nos conjuramos en silencio a que nunca, jamás de los jamases, bajo ningún concepto, truene lo que truene, así que se abran 1.000 zanjas bajo nuestros pies y lluevan meteoritos desde el cielo, permitiremos que ni estos canallas inhumanos ni quienes hipócritamente presentan sus actos ignominiosos como la «expresión de un conflicto» se salgan con la suya.

La voz de cada uno de los niños asesinados por ETA en ése y otros episodios similares -ekintzas les llaman los muy hijos de… Sabino Arana- clama en nombre propio y en el de todos los que ni siquiera contaron con la oportunidad de existir. «Los hijos que no tuvimos se esconden en las cloacas», dice Aute en su ya mítica y siempre emocionante canción de cuna -canción de tumba- sobre los fusilamientos de septiembre del 75. Ellos son los más indefensos.

Repaso los rostros de las 25 personas que, con menos suerte que yo, salieron de su casa una mañana, inconscientes de que acudían a una trágica cita con De Juana y su comando, y no puedo dejar de pensar en que las últimas nanas de la cebolla que quedan por dedicar a las víctimas del terrorismo son las que merecen esos «hijos que no tuvieron», ese futuro tembloroso e imperfecto que llevaba camino de ser y no fue nunca, esa luz, ese aliento, esa ilusión, ese sueño, esa quimera adherida a ellos como la capa de vaho en el cristal sobre la que cada invierno se escriben mensajes con la yema de los dedos. En su caso todo fue borrado de un zarpazo.

¿Cómo es posible que los magistrados Guillermo Ruiz Polanco, Alfonso Guevara y María Angeles Barreiro no hayan sido conscientes de la tremenda tecla simbólica que estaban pulsando al decretar la puesta en libertad de Elena Beloki, tan sólo un año después de su condena a 13 de cárcel como dirigente de ETA, atendiendo a su petición de poderse someter en condiciones adecuadas a un «tratamiento de fertilidad»? ¿Qué ropajes morales recogieron la mañana en cuestión estas tres señorías en la sala de togas? ¿Se desvistieron allí accidentalmente de toda sensibilidad humana o es que ya se la habían olvidado en casa? ¿Habían dormido mal? ¿Habían bebido demasiado? ¿A alguno de ellos le había dado un pasmo durante el trayecto en su vehículo o se encontraba simplemente abotargado por la rutina mediocre de la vida?

La excarcelación de De Juana Chaos nos duele y llena de frustración; es una herida que sangra y será fuente de debates y reproches sobre 30 años de torpezas e ingenuas imprevisiones, pero en definitiva es un sacrificio en el altar de la inexorabilidad de las leyes. No había alternativa sin menoscabo de la seguridad jurídica. Y con el corazón encogido ofrecemos este desgarrador tributo al Estado de Derecho. El PSOE tenía que haber liquidado mucho antes el vergonzante Código Penal franquista. El PP debió haber introducido la cadena perpetua con juicio de revisión para los criminales múltiples de modo que salieran los arrepentidos como Soares Gamboa y no los recalcitrantes como De Juana. Pero ya es tarde y pagamos con vigilante dignidad nuestros errores. Dura lex, sed lex.

Lo de Elena Beloki es distinto. Es muchísimo peor porque es gratuito. Porque es una ocurrencia, una necia frivolidad del ponente -Ruiz Polanco- respaldada por el extravagante conformismo del otras veces firme presidente de la sala -Guevara- y por la pasividad de la tercera en concordia -Barreiro-. Es humillante, es ofensivo, es un insulto a la inteligencia, un agravio a las víctimas y un ultraje al mero concepto de equidad. ¿O es que acaso va a ser doctrina de la Audiencia Nacional excarcelar a partir de ahora a toda reclusa que solicite condiciones ambientales idóneas para quedarse embarazada? Piensen dos minutos la respuesta porque en caso afirmativo la ministra de Igualdad tendría que tomar cartas en el asunto para que recibieran idéntico trato todos los reclusos varones con pretensión y ánimo de inseminar a su pareja pasada, presente o futura. ¿O es que no existe también el derecho a realizarse a través de la paternidad?

Es tal la estulticia argumental, tal la insoportable levedad del auto, tal la tomadura de pelo, la befa y el escarnio que laten tras este episodio que es imposible quedarse ya de brazos cruzados. Si Zapatero no se ha recuperado aún del profundo impacto que le produjo la entrevista con el padre de Mari Luz -«Usted es el presidente del Gobierno, usted es la persona a la que yo he votado para que cosas así no pasen y para que si pasan las arregle»-, estoy seguro de que muchos españoles sentirán como yo que el caso Beloki, una semana después del revolcón en Estrasburgo por la emboscada a Liaño, es la gota que colma el vaso. Hay que meterle mano a la Justicia, empezando por la jurisdicción penal, empezando por la Audiencia Nacional.

Es obvio que un juez de vigilancia penitenciaria nunca concedería a una reclusa común este privilegio. Que lo hagan unos magistrados especializados en la lucha antiterrorista, conocedores del currículo de la susodicha, resulta inconcebible. Beloki fue primero compañera del propio De Juana; después, pareja de Josu Ternera en la guerra y en el amor, durante la etapa sangrienta de la voladura de la casa cuartel de Zaragoza; y hasta su detención era la jefa del aparato internacional de la banda y novia oficial del líder de las Gestoras Proamnistía, Juan María Olano. Entre tanto había tenido tiempo de falsificar todo un historial académico -matrículas de honor incluidas- como estudiante de Periodismo, al modo de De Juana, con la ayuda de hasta una docena de profesores abertzales de la Universidad del País Vasco.

Jueces, policías y fiscales llevaban 20 años buscándole las vueltas, convencidos de que tan etarra es quien pega los tiros como quien contribuye decisivamente a que otros los peguen. Cuando por fin le habían caído 13 años por integración en banda armada en grado de dirigente, llegan estos tres pánfilos y la sacan a la calle con sólo uno de cumplimiento efectivo con la mandanga de la fertilidad asistida.

Lo han hecho con un auto irrecurrible ante el Supremo y sin margen jurisprudencial alguno para que las víctimas acudan en amparo ante el Constitucional. En España nadie vela de verdad por ellas.

Pues bien, para mayor inri resulta que el tal Ruiz Polanco nunca debió haber tenido la oportunidad de resolver sobre este caso. En 2004 el expediente disciplinario abierto por el Consejo a raíz de la excarcelación de otro etarra como consecuencia de su olvido en prorrogar la prisión provisional desembocó en una sanción de un año de suspensión y la consiguiente pérdida de la plaza en la Audiencia. ¿Cómo es posible que un cuatrienio después nos encontremos de nuevo a este pimpollo haciendo de las suyas en el mismo tribunal especial, cuando para poder acceder a sus plazas se requieren ocho años de permanencia en el orden jurídico penal? Muy sencillo: porque Ruiz Polanco contaba con la protección del presidente de la sala, Javier Gómez Bermúdez, y el íntimo amigo de éste en el Consejo, José Merino, les cocinó a ambos un dictamen según el cual sería posible permanecer en ese escalafón aun estando apartado del mismo por sanción. Surrealista. Desde que se le computó a Eligio Hernández su etapa de gobernador civil como años de ejercicio efectivo del derecho para poderle nombrar fiscal del Estado, no se había visto un enjuague semejante. ¿A quién le pedimos cuentas ahora?

La Audiencia Nacional sólo tiene razón de ser como excepción al principio aleatorio del juez natural si acredita su funcionalidad de cara al eficaz cumplimiento de las tareas de alta sensibilidad que tiene encomendadas. Y ni la obtusa adjudicación de sus plazas anteponiendo la antigüedad a cualquier mérito, ni el carácter vitalicio de las mismas, ni lo poco que pueden decir y hacer las víctimas en un supuesto como éste en el que se modifica el régimen carcelario de un reo emblemático, ni la propia falta de mecanismos de revisión de disparates tan escandalosos son síntomas de que eso esté ocurriendo. Si tiene que seguir funcionando así, mejor que la desmantelen.

De momento Elena Beloki, portavoz de matarifes, jerifalta de una banda terrorista con casi 1.000 cadáveres a las espaldas, ha depositado sus 6.000 euros de fianza y afronta su tratamiento de fertilidad en las «condiciones psicológicas adecuadas». Esfumadas las opciones de sus víctimas, le ha llegado a ella el turno de ser madre. Ya que los asesinados no pueden fecundar y parir, que pase la vez a sus verdugos. Cuenten los niños que vendrán por los que no vinieron, que de bebés todos parecen iguales.

Tal vez Ruiz Polanco, Guevara y Barreiro contribuyan a conseguir así lo que por falta de pericia, tino o estímulo no estuvo al alcance de De Juana, Ternera y Olano. Pero la gran familia etarra celebrará el embarazo de Beloki y el nacimiento de uno o varios nuevos gudaris como simiente del porvenir. El día del feliz alumbramiento la magistrada podría ejercer de comadrona, el presidente de la sala proponerse como padrino y el atrabiliario ponente mamporrero mostrar desde el balcón la criatura, anunciando que por fin un tribunal español habrá logrado el milagro de obtener vida de la muerte. ¿O no están para eso nuestros jueces?