ETA, obsesión nacional

Por Ignacio Sánchez-Cuenca, profesor de Sociología de la Universidad Complutense y coautor, con José María Calleja, de La derrota de ETA (EL PAÍS, 19/07/07):

En España estamos viviendo una experiencia insólita: a medida que ETA se debilita, ETA cobra mayor protagonismo mediático y político. ETA está en el centro del debate político constantemente, a pesar de que sea una organización terrorista en fase terminal. El terrorismo de ETA se ha transformado en una obsesión nacional que ocupa portadas, editoriales, artículos de opinión, telediarios, tertulias y debates parlamentarios.

Se afirma sin rubor que ETA constituye el principal problema de España, a pesar de que en los últimos cuatro años, entre julio de 2003 y julio de 2007, ETA ha asesinado a dos personas, frente a las 46 víctimas mortales de los cuatro años anteriores. Es evidente que no se trata sólo de comparar números, y que la coacción que ejerce ETA tiene múltiples ramificaciones (extorsión económica, acoso a políticos no nacionalistas). No obstante, también es verdad que si la actividad letal de ETA desaparece o se reduce mucho, el miedo que inspira esta organización criminal acabará desmoronándose.

Basta mirar el gráfico de evolución anual de víctimas de ETA, que este periódico publica con cierta regularidad, para darse cuenta de que estamos en la fase final de ETA. Se observa una caída clara en el número de víctimas mortales. Sin embargo, nunca como en estos últimos años se ha dicho tanto que los terroristas van a salirse con la suya y que van a conseguir, ni más ni menos, la rendición del Estado.

Muchos periodistas, intelectuales y escritores que nunca escribieron nada sobre ETA cuando ETA asesinaba de forma constante y sistemática, salen ahora a la palestra adoptando la postura del “resistente” y llamando a una lucha heroica contra los terroristas que sólo culminará con la llegada de la “derrota final”, término de resonancias épicas cuyo significado nunca acaba de precisarse. Frente a su postura digna y ejemplar, está, dicen, un Gobierno “claudicante, pragmático, que se preocupa por la paz, no por la libertad”. En el colmo de los despropósitos, se utiliza el prestigio social de las víctimas para triturar cualquier desviación de este guión perverso en el que el terrorismo es el comienzo y el fin de la política española.

Francamente, toda esta sobreactuación resulta un tanto ridícula. Lo más penoso es comprobar que tiene unas motivaciones políticas de fondo que apenas guardan relación con el problema del terrorismo. Como se muestra en el libro colectivo La Estrategia de la Crispación, publicado por la Fundación Alternativas, la derecha tiene buenas razones para convertir el terrorismo en el centro de la vida política. En España sigue habiendo muchas más personas de izquierdas que de derechas, personas que apuestan por políticas de igualdad de oportunidades, extensión de derechos sociales y reforzamiento del Estado del Bienestar como las que viene desarrollando el Gobierno del PSOE desde su victoria en marzo de 2004. El PP está en una clara posición de inferioridad si trata de competir en ese terreno. De ahí que necesite recurrir a otros asuntos, como el del terrorismo, que ensombrezcan la gestión del Ejecutivo en otras áreas y dividan a los electores de izquierdas. Cuanto más se hable de ETA y menos del plan de dependencia, mejor para la derecha. El PP rehúye la confrontación ideológica clásica sobre el papel redistributivo del Estado porque se sabe perdedor en esa batalla.

Más allá de este cálculo electoral, hay otra razón para avivar todo lo posible el asunto de ETA. La derecha, que en muchas de sus declaraciones y propuestas sigue arrastrando mala conciencia por su origen franquista y por su papel en la transición, obstruccionista en muchos temas, incluyendo el Título VIII de la Constitución, por fin se ha encontrado cómoda gracias a la política antiterrorista. Adoptando sin complejos el discurso que le han servido en bandeja grupos como ¡Basta Ya! o el Foro de Ermua original (no el actual, un reducto de la extrema derecha más cerril), el PP ha buscado monopolizar la firmeza del Estado contra el terrorismo, la representación de las víctimas y la defensa de las libertades y la Constitución. Se ha construido una imagen en este ámbito que conecta con amplias capas de la sociedad y que le ha permitido además revivir el nacionalismo español. Ante la amenaza del terrorismo secesionista, el PP ha sacado en sus manifestaciones la bandera nacional con el mismo entusiasmo con el que sacan las suyas los nacionalistas vascos o catalanes. Se ha recuperado asimismo un lenguaje patriótico de defensa de la nación que, cuando se adopta en una comunidad autónoma, es síntoma inequívoco de la fuerza atávica de la “tribu”, pero que a escala nacional es “la conquista de la libertad”.

No es sólo el PP el que se siente cómodo en la lucha contra ETA. Muchos periodistas e intelectuales, que por las circunstancias históricas de la dictadura franquista defendieron causas progresistas en su momento, han utilizado el banderín de enganche de la lucha contra el terrorismo para situarse en posiciones conservadoras cuando no abiertamente reaccionarias. El tránsito ha resultado menos gravoso gracias a la coartada del terrorismo. Como suele ocurrir en estos casos, estos personajes no soportan que no todos les hayan acompañado en su viaje: de ahí su agresividad verbal hacia quienes no comparten sus planteamientos.

Así hemos llegado a esta situación un tanto absurda a la que me refería al principio: hay intereses creados en seguir manteniendo la discusión sobre ETA en el centro de la vida pública a pesar de que ETA se esté extinguiendo. En las circunstancias actuales, lo razonable habría sido elaborar entre todas las fuerzas políticas un discurso ganador frente al terrorismo, que fuera desactivando la presencia agobiante de ETA en la política y en los medios. La derecha no lo ha querido. ¿De qué iba a hablar la derecha si bajara la intensidad del debate sobre el terrorismo?