ETA ¿sigue viva?

En estos últimos días, se han publicado bastantes artículos en la prensa con otras expresiones mediáticas, por el hecho de que el Gobierno Sánchez espera conseguir la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado en el Congreso de los Diputados al recurrir a los cinco votos de Bildu.

En casi todas esas manifestaciones, he visto que prevalece la idea de que tales diputados siguen inspirados en la antigua ETA. Significando así, volis nolis, todo un cuerpo extraño en el hemiciclo. Desde el punto y hora en que la mayoría de los componentes de Bildu no han expresado su dolor por los 829 asesinatos de la banda terrorista, de hombres, mujeres y niños; quedando todavía por identificar la autoría concreta de 379 de esas muertes.

Vistos los hechos, el enfoque de este artículo creo que es muy distinto de otros sobre el mismo tema. Empezando por la circunstancia de cuando el último ministro de la Gobernación, Manuel Fraga Iribarne, nos detuvo a un buen número de miembros de la Platajunta Democrática, por preparar una manifestación pro-libertades y amnistía en febrero de 1976; acabando esos promotores en la cárcel de Carabanchel por un tiempo que nos resultó inolvidable.

ETA sigue vivaSe convivía entonces, en la galería 7ª creo recordar, en tres comunas de presos políticos, todos críticos con el régimen anterior, como también exigentes contra la lentitud de la transición democrática que se intuía llegar. Eran los tiempos en que Fraga me dijo, personalmente y así lo transmití a los medios, aquello de que él era el rector de todo, con sus célebres frases: «La calle es mía», y también la de que «el timing lo marco yo».

Concretamente, las tres comunas citadas eran del Grapo, de ETA y de la Platajunta Democrática; encontrándome yo en esta última. Con un sentimiento general de que íbamos a estar muy poco tiempo entre rejas: el presidente del Gobierno, Arias Navarro, con Fraga, ya no podía durar, con un Rey Juan Carlos que había optado claramente por la democracia y una gran efervescencia política en todo el país.

En esas estábamos, en aquel penal -hoy derruido en un estéril solar en el distrito de Carabanchel de Madrid-, pasando el tiempo recluidos en celdas y en el patio, con diversidad de actividades. Entre ellas, las autoridades carcelarias permitieron que se celebrara alguna conferencia por parte de los propios presos. Y fue así como de la comuna de ETA, quien dirigía sus quehaceres cotidianos, me pidió que diera «una clase sobre la situación económica de España». En cuyo coloquio, la pregunta final fue sobre las «posibles instituciones de la independencia vasca».

No soy partidario -repliqué-. Los vascos van a tener muy pronto un estatuto de autonomía, y disfrutarán de lo mejor de los dos mundos posibles: privilegios forales, y un amplio mercado español hoy, y mañana el de la Europa del Mercado Común, para la prosperidad de toda la sociedad vascongada. La independencia que decís es una ensoñación que acabará en pesadilla.

No diré que los componentes, en aquel entonces, de la comuna vasca de Carabanchel fueran todos ingenuos luchadores por la Patria que tanto se menciona ahora (Aramburu dixit). Pero sí eran gente muy joven, y creo que ninguno de ellos, por lo que se sabía, tenía a su cargo delitos de sangre. Y en las conversaciones de cada día, muchos esperaban la amnistía de la nueva democracia por llegar, a fin de volver a una vida normalizada.

Así, tras las elecciones de junio de 1977, llegó la amnistía, el 15 de octubre. Y aunque no seguí la pista a mis excohabitantes de Carabanchel, estoy seguro de que la inmensa mayoría de ellos supieron apreciar la nueva circunstancia de la amnistía que hubo para tantos y tan de inmediato.

Recuerdo también cómo en el Congreso de los Diputados, al terminar esa sesión parlamentaria, saliendo del hemiciclo, coincidí con Xabier Arzalluz. Quien me dijo, de manera contundente, que la nueva norma legal no serviría prácticamente para nada. Pues ETA continuaría con su violencia, extorsión y muerte. Una opinión muy parecida a la que recogí pocos días después de Felipe González, en una cena en que nos tocó en la misma mesa, presidiendo el Rey, creo recordar que en el Palacio de Aranjuez, con ocasión de estar en Madrid un visitante extranjero: «ETA no quiere la amnistía para nada. Seguiremos con su violencia por muchos años», dijo Felipe.

Esos comentarios de Arzalluz y de González los he recordado siempre, por la persistencia, durante décadas, hasta 2011, de asesinatos de todas clases. Por un colectivo de fanáticos que hicieron de ETA uno de los designios políticos más atroces de la Historia.

La conclusión de mi relato personal hasta aquí es que, con toda su crueldad, la conocida como lucha armada ha sido un proceso inútil para quienes mataron a sangre fría a tantos compatriotas. Sin escuchar la voz de la amnistía, con verdaderos instintos criminales y afanes de exterminio, tuvieron una ejecutoria maligna. Que finalmente abandonaron por la acción de los Cuerpos de Seguridad del Estado, y al no tener un apoyo decisorio del pueblo vasco, para una pretendida independencia ensangrentada.

En el fondo, Bildu no renuncia a esa historia de dolor y sangre. Y todo indica que siguen adictos a los siniestros ideales de ETA, manifestándolo en actos festivos. No sienten la necesidad de pedir perdón, y la inverosimilitud de la situación llega a límites que sólo podrían entender los yihadistas: «Nosotros vamos a Madrid a tumbar definitivamente el régimen». Se entiende que el instaurado desde 1978 con la Constitución. Con un sentido destructor, que ni siquiera es venganza, porque el País Vasco no fue peor tratado que las demás partes de España durante el franquismo. Muy al contrario, los vascos antes de 1975 siempre estuvieron en niveles de renta muy superiores a la media, y además en 1975 se recuperaron los privilegios forales de Guipúzcoa y Vizcaya, que se mantuvieron siempre para Navarra y Álava.

En definitiva, que el PSOE pacte con Bildu equivale a mantener algo más que un rescoldo de inspiración maligna y de una ejecutoria miserable. Situando, como ha dicho Raúl del Pozo, a Pedro Sánchez en «La senda del mal», un sentimiento compartido incluso por muchos dentro del PSOE.

Sánchez tendría que pensarse mucho la situación, si es que quiere mantenerse dentro de los principios básicos de un pensamiento político democrático digno de ese nombre. Simplemente eso.

Ramón Tamames es miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

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