Etarras a la cárcel

Por Xavier Bru de Sala (LA VANGUARDIA, 20/01/07):

Pocos datos fiables debe de haber cuando el presidente del Gobierno comete un patinazo como las declaraciones de pocas horas antes del bombazo de Barajas. Pocos, muy pocos, aparte de las evidencias: ETA ha matado otra vez; ETA tiene capacidad operativa; ha vuelto la incertidumbre; los dos grandes partidos andan más a la greña que nunca. Es una base demasiado exigua como para intentar un análisis serio de la situación y explorar posibles salidas. En la sociedad y sus elites parece haber más zozobra que claridad de juicio. Como es gratis echar cuentas imaginativas sobre la repercusión política, los medios y los comentaristas solemos centrarnos en este importante pero secundario vector. Sin embargo, desconocemos todos cuál va a ser, retóricas y fragor político aparte, el próximo paso. ¿Habrá reapertura del proceso, y en este caso cuándo y en qué nuevas condiciones? ¿Nuevos atentados o situación de impasse hasta las elecciones? ¿Se va a recrudecer la represión o proseguirá la laxitud – a saber si impotencia ante los comandos activos-? El debate del pasado lunes sirvió para que Zapatero y Rajoy se echaran los platos a la cabeza, pero no para despejar ni ésa ni otras incógnitas que puedan plantearse. Hasta cierto punto es lógico, pues el Gobierno no puede confiar ni en la palabra de los negociadores de ETA ni en sus propias fuentes de información. Lo único que aciertan a decir algunos de los partidos pequeños y los medios de comunicación que no buscan la caída del PSOE es que el error principal ha consistido en llevar el asunto al Congreso. No sé ustedes, pero soy capaz de imaginarme la misma secuencia sin que fuera el tema estrella de la legislatura.

De los errores debe aprenderse, a condición de que esté claro cuáles son. La detección de errores suele tener una especie de doble prueba del nueve, que consiste en preguntarse si, en caso de no haberlos cometido, la secuencia de los hechos hubiera cambiado a mejor. Yen añadir luego una previsión sobre el incremento de las posibilidades de éxito en caso de corregirlos. En este sentido, más relevante que la discreción o la publicitación del fracasado proceso, si error de bulto ha sido, que sigo dudándolo, parece la discordia entre los grandes partidos, con el presidente poniéndose la medalla antes de tiempo y Rajoy dándole palos en las piernas. Por ahora, no tiene solución. Los siguientes errores, los dos por parte gubernamental, fueron, a mi juicio y a toro pasado, la tolerancia con la violencia de menor calibre y la ausencia total de gestos como algún que otro acercamiento de presos. Probablemente, los asesinos entendieron que un aviso contundente no vendría mal, y como Zapatero andaba metido hasta las cejas en su determinación de seguir adelante, pues podía ser un punto de inflexión y no una ruptura. ¿Es una ruptura? Los muertos así lo indican, aunque no haya unanimidad al respeto.

Después del desastre, la parálisis. Zapatero y Rubalcaba se han quedado sin hoja de ruta. O con dos hojas distintas, lo que sería aún peor. El presidente parece inclinado a no dar todos los puentes por hundidos. El ministro del Interior sería partidario de reconocer la evidencia. Siempre según mi modesto parecer, a la contundencia de la acción etarra habría que haber respondido con una acción policial asimismo contundente, en forma de oleada de detenciones. Cabe suponer que ETA habrá aprovechado para reorganizarse – el robo de las pistolas y los explosivos encontrados así lo confirma-, pero al mismo tiempo sería el colmo de la insensatez que los cuerpos de seguridad y de inteligencia no hubieran trabajado activamente para obtener cuantos más datos mejor. Como lo lógico es que los tengan, incluida la localización de comandos y activistas, la conclusión es que, si sólo ha habido dos detenciones, es porque Zapatero así lo ha preferido (la otra explicación, que no hay más detenidos por impotencia, es mucho peor). Es un error, el más grande de los errores. Ni que Gobierno y ETA estuvieran de acuerdo en dejar pasar unos meses sin hacer nada hasta que, tras las elecciones municipales, se aclarase el panorama, tal entendimiento no sería fiable.

He dejado una evidencia para el final: ETA sólo deja de atentar, declara treguas y negocia cuando está contra las cuerdas. Eso es a todas luces indiscutible. En consecuencia, a la vista de que no lo está, o no de modo suficiente, procede volverla a colocar ahí (donde sí estaba cuando empezó el proceso), y no se conoce otro modo de hacerlo que el incremento de la presión policial y judicial. Más aún, si el razonamiento no convence a quienes toman estas decisiones, para prevenir nuevos atentados en el caso de que Otegi sea encarcelado por decisión judicial o muera De Juana Chaos.

El hilo rojo, el siguiente paso, no puede ser otro, hasta donde alcanza la vista, que una firme reacción represiva. Con independencia de batallas, reuniones y simulacros de consenso, o lo ordena Zapatero o lo hará Rajoy.