Etarras que abandonan

A lo largo de su historia, son centenares los militantes de ETA que han dejado de ser terroristas de pasamontañas y txapela. Centenares los etarras que abandonaron tanto las actividades de terrorismo en que hasta entonces se encontraban inmersos como la pertenencia misma a aquella banda armada. Desde luego que, en algunos casos, se debió a su fallecimiento en el curso de tiroteos con las fuerzas de seguridad, como consecuencia de episodios atribuibles a la llamada guerra sucia contra la organización terrorista o al estallarles los artefactos explosivos que manipulaban con el propósito de acabar con la vida de otros, por ejemplo. Pero la gran mayoría de quienes dejaron de ser pistoleros de ETA o de estar encuadrados en alguna de sus partidas de asesinos etnonacionalistas optaron por ello de manera consciente y voluntaria.

Ahora bien, dejar consciente y voluntariamente la organización terrorista no siempre fue ni va acompañado de una modificación en el parecer que se tiene del terrorismo. Puede abandonarse la militancia en ETA sin que ello implique un rechazo de la ideología de la violencia que inspira tanto a los componentes de esta banda armada como a los de su entorno cómplice y encubridor. Incluso es posible dejar de ser pistolero para incorporarse a alguna de las entidades que articulan el minoritario pero significativo apoyo social del que se ha beneficiado durante tanto tiempo la organización terrorista. Ahí están los antiguos etarras que, tras dejar de ser miembros activos de esta, se integraron en Herri Batasuna o sus sucesivas denominaciones.

En esos supuestos, estamos ante un desenganche respecto a ETA pero no ante el término de un proceso de desradicalización. Se pone fin al compromiso etarra, pero no se reniega ni abjura de la violencia, lo que explica que tras la salida de la banda armada se desarrollen actividades no clandestinas en entidades del nacionalismo vasco radical cercanas a la misma. Pero, con todo, son igualmente muy numerosos los otrora militantes de dicha organización terrorista que, a lo largo de más de cuatro décadas, la abandonaron tras haber dejado de dar por buenas las justificaciones de la violencia como medio para alcanzar objetivos políticos. Entonces es cuando la salida de la banda armada coincide con una efectiva desradicalización de los hasta ese momento integrantes de la misma.

A menudo, la decisión de dar por concluida la militancia en ETA se ha adoptado mientras los todavía miembros de la organización terrorista cumplían condenas más o menos largas en prisión, tanto en centros penitenciarios españoles como franceses, alejados de la vida en clandestinidad. Pero el itinerario que conduce desde el compromiso con la banda armada hasta la opción de abandonar sus filas puede ocurrir también fuera de las cárceles, mientras los etarras se encuentran huidos o establecidos en algún país extranjero. Incluso cabe que decidan disociarse de la organización terrorista cuando aún son miembros activos de la misma, aunque esta circunstancia no es la más frecuente. Si bien suele tratarse de una decisión individual, a veces la adoptan conjuntamente varios individuos allegados.

Pero, ¿qué lleva a los etarras a renunciar a la militancia terrorista? ¿Cuáles son los motivos que les conducen al abandono de ETA? Un estudio empírico que he podido realizar, basado en entrevistas con más de 50 antiguos militantes que dejaron de serlo entre inicios de los setenta y finales de los noventa, permite discernir tres tipos. En primer lugar, se encuentran aquellos cuya salida obedeció sobre todo a la percepción de cambios políticos y sociales. En segundo lugar, quienes abandonaron a raíz de desacuerdos con el funcionamiento interno o con las prácticas operativas de la banda armada a la cual pertenecían. En tercer y último lugar, entre cuantos fueron terroristas de pasamontañas y txapela hay individuos cuya renuncia se explica fundamentalmente como resultado de alteraciones sustanciales en sus respectivos órdenes personales de preferencias.

En general, el abandono basado en la percepción de transformaciones estructurales implica revertir el marco ideológico y las motivaciones de racionalidad instrumental presentes en la decisión de unirse a ETA. La salida que deriva de un malestar con la organización terrorista supone una quiebra de, entre otros, los incentivos selectivos y las motivaciones identitarias que favorecieron en su día el reclutamiento. Renunciar por razones personales presupone una disolución de las emociones y los estímulos afectivos que incidieron al ingreso o simplemente un momento diferente del ciclo vital. Estos tres tipos de motivos para dejar atrás la militancia terrorista pueden combinarse de modo variable según individuos concretos, aun cuando en distintos periodos de tiempo predomine uno de ellos sobre los otros dos.

Así, hasta aproximadamente mediados los años ochenta del pasado siglo, la opción individual de abandonar la militancia en ETA estuvo sobre todo relacionada con la percepción de los procesos de democratización y descentralización territorial que culminaron con la aprobación del Estatuto de Autonomía para el País Vasco y las primeras elecciones al Parlamento de Vitoria, aunque también con sucesos como el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Entre quienes por entonces dejaron la organización terrorista, en su mayoría pero no exclusivamente integrantes de la facción denominada político militar, son recurrentes las alusiones a que “habían cambiado objetivamente las condiciones”, a que “continuar con la lucha armada sería contraproducente” o a que se veía una “sociedad contraria”.

Desde mediada la década de los ochenta, lo habitual entre quienes han puesto fin voluntariamente a su pertenencia a ETA es que, antes de tomar la decisión del abandono, estuviesen muy descontentos con la banda armada. Unas veces, debido al funcionamiento interno o al liderazgo. En este sentido, los militantes que se han disociado a partir de esos años suelen referirse a “los derroteros que estaba cogiendo la organización”, a que se preguntaban “¿a quién tenemos al mando?” e incluso a que empezaban a “tener miedo a la organización”. Otras veces, el malestar con ETA obedecía a un desacuerdo con sus pautas de victimación. No son pocos, por ejemplo, los antiguos pistoleros que se cuestionaron el compromiso militante tras “circunstancias como fue lo de Yoyes, el tema Hipercor o el tema Zaragoza”.

Empero, siempre hay una pequeña pero sin lugar a dudas significativa proporción de militantes etarras que deciden abandonar su implicación en actividades de terrorismo principalmente como resultado de alteraciones en su orden personal de preferencias. Puede tratarse de que, como indica uno de ellos: “Me estaba cuestionando mi vida”; de que, en palabras de otro, se interrogaba a sí mismo por “cuándo podría ser una persona normal”, o simplemente, según dos más, de estar “cansada” o de “que ya tienes otra edad”. También hay quien se planteó “no poder seguir así por la vida, haciendo daño a la gente que tengo al lado” o quien ha reflexionado sobre su militancia en ETA tras haber sido padre. En algún caso, la decisión de dejar la organización terrorista vino precedida de una “conversión” religiosa.

De cualquier manera, abandonar ETA no ha sido ni es sencillo y los dirigentes de la banda armada obstaculizan la salida o tratan de impedirla si no responde a situaciones toleradas. A menudo, es más fácil decidir abandonar cuando la decisión se adopta en compañía de otros que cuando se toma de modo aislado, cuando se cuenta con el beneplácito de familiares y amigos que en ausencia de ese respaldo, cuando no se otorga credibilidad a la amenaza de represalias que si son tenidas por verosímiles. Dados los costes que implica, la disposición individual a disociarse de la organización terrorista tiende a retraerse si los militantes entienden que hay expectativas de negociación política con el Gobierno y, por el contrario, a verse estimulada mediante posibilidades de reinserción social. Estas últimas deben ser condicionadas, como de hecho lo son, para que operen fomentando la desradicalización y reduciendo el coste del abandono, pero no como un factor que atenúe el coste de incorporarse a ETA.

Fernando Reinares, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos. Dirige el Seminario Permanente de Estudios sobre Terrorismo en la Fundación Ortega-Marañón.