Eterno regreso de Gregorio Ordóñez

El día que mataron a Gregorio Ordóñez se nos estrangularon las palabras. Algo nos sacudió de una forma distinta, áspera y mordiente. Algo se nos rompió en la respiración de lo probable, con aquella pureza diluida en el agua sucia de las alcantarillas. La mañana se había oscurecido definitivamente y los chicos valientes con la chispa en los labios, que venían a llevarse la vida por delante, como Gregorio Ordóñez, tenían asegurado un disparo en la nuca. Eran días más turbios de lo que pensábamos, días de furia entre los soportales de un mutismo impuesto por los ejecutores y por sus voceros, que no tenían empacho en demostrar que las apariencias no engañan. Entonces, fuera del País Vasco, las fronteras se habían clarificado: la democracia era un logro que se seguía moldeando mientras se celebraba, y el único resto informativo de aquellos días opacos de la dictadura era todavía la banda ETA, que continuaba matando. Porque todo el mundo se había sumado a aquel baile de la libertad, todo el mundo había pedido su canción a la orquesta; excepto el independentismo montaraz, que se seguía sintiendo el depositario de un destino mítico consistente en matar a los demás. Así que, fuera de allí, el asunto estaba claro o así se vivía, y ni siquiera la izquierda radical justificaba ya a ETA. Sin embargo, en el País Vasco, los límites se percibían más difusos y existía todavía –y permanecería mucho después– la culpabilización de la víctima. Ese algo habrán hecho de tantos sueños plácidos que justificaba la barbarie en cualquiera de sus eslabones invirtiendo la carga de la culpa. Si te han secuestrado, si te han torturado, si te han matado, no ha sido porque quien te secuestró, te torturó o te asesinó fuera un miserable, perteneciente a una escuadra de miserables que nos llevan hacia la muerte, sino porque tú te lo has buscado. Porque no eres de aquí. No eres de los nuestros. Y si no eres de los nuestros, eres un españolista opresor, carne de verdugo. Hemos repartido nuestras credenciales y no eres digno de ellas: ni tú, ni ninguno de los tuyos. Ni los que te han votado, ni los que te votarán. Y no habrá ningún juicio, porque no lo mereces. Porque ya te ha juzgado el pueblo vasco. O sea: nosotros, porque somos Euskadi. Y tu vida vale menos que el serrín esparcido sobre el suelo de la tasca un día de lluvia, como el día en que asesinaron a Gregorio Ordóñez.

En aquel tiempo no había que asaltar los cielos, sino la normalidad de vivir. A eso nos había invitado Gregorio Ordóñez con un mensaje claro: él, y aquellos que sentían y pensaban como él, españoles y vascos, vascos y españoles, tenían el mismo derecho que cualquiera a caminar por el lado más ancho de la calle sin el paso encogido. Quizá por eso no llevaba escolta, en ese gesto máximo de dignificación propia ante el chantaje, aunque se reservaba la posibilidad de una defensa con la pistola que guardaba en su maletín: tenía licencia de armas y, aunque una reacción en esa circunstancia habría sido difícil, si fallaban en su primer intento podría tener una oportunidad. Él no la tuvo, pero sí nos legó la nitidez de un mensaje que se resistía a someterse a una poética del silencio.

Yo tenía 18 años y era estudiante de primero de derecho cuando asesinaron a Gregorio Ordóñez. Para los que éramos más o menos así de jóvenes, era muy difícil dejar pasar de lado la sensación de que habían matado a alguien muy parecido a cualquiera de nosotros, un hombre joven bajo aquel flequillo de intrepidez con la mirada franca en las fotografías, la de alguien que parecía poder coger las manos de la realidad sin ningún miedo a quemárselas. Aquel 23 de enero de hace ahora 25 años se empezó a tensar el hilo de Ariadna que podría salvar a Euskadi de su propio laberinto, aunque las huellas sangrientas del centauro y sus agitadores hayan terminado sentándose en el Congreso de los Diputados. Pero la verdadera carga letal de ETA se empezó a prender aquel día y culminó en el secuestro y la ejecución en diferido de Miguel Ángel Blanco dos años después. Aquella carnicería contra el Partido Popular, que tenía también una dolorosa correspondencia en el PSOE con los asesinatos de Francisco Tomás y Valiente, Ernest Lluch o Fernando Múgica, demostró a los vascos que aquellos patriotas que defendían a veces con la boca torcida y la palabra baja no habían venido a luchar contra sus presuntos enemigos, sino contra ellos mismos, contra sus amigos y vecinos, contra sus hijos y contra sus padres.

Ese patetismo de la narración postrera de Valentín Lasarte al hablar de Txapote y Carasatorre ordenándole el seguimiento de Gregorio Ordóñez, la cobardía de su ejecución después de haber estudiado sus cambios de horario, esa forma de acercase por la espalda en el restaurante La Cepa y dispararle, la carrera posterior para escapar bajo la lluvia y la reacción de María San Gil, que no ha conseguido recuperar de aquel momento el rostro del asesino, toda la secuencia descrita tantas veces, no es sólo la imagen del dolor, sino la certificación de una derrota que nunca se acabará, pero que también hay que proteger.

A Gregorio Ordóñez se le sigue matando cada vez que se trata de normalizar algo que jamás será normal: la justificación de su asesinato. Han profanado su tumba varias veces porque representa la juventud de un país que se enfrentó a sus miedos para vivir de pie. Su legado es sencillo y eficaz: el derecho a la calle, el derecho a la voz, el derecho a la idea y a la libertad para exponerla. Algo que hoy en día vuelve a diluirse en el fondo verbal de un pozo sinuoso, como cuando hablamos de conflicto en lugar de delito, o si adjudicamos la representación de todo un pueblo sólo a sus miembros más beligerantes.

En la entrevista emocionante y contenida que le ha hecho Carlos Herrera, Ana Iríbar, su viuda, ha explicado las razones por las que se marchó del País Vasco: para que su hijo no creciera, ni para bien ni para mal, bajo una sombra demasiado alargada. Ese día llevaba dentro del maletín un tebeo sobre La Tamborrada para su hijo Javier, que nunca le llegó a entregar. La fotografía de Gregorio Ordóñez frente a su hijo, de apenas 14 meses cuando él fue asesinado, los dos mirándose de perfil, escrutándose los dos con fijeza y determinación, esa infinitud que los separa y que los vuelve a unir en esa imagen, dice más de ese hombre que todas sus palabras. Ahí está su hijo y están también todos los demás hijos. Ahí está el futuro, con su cuerpo en sus manos, mirándole a los ojos a la pasión de vivir.

Joaquín Pérez Azaústre es escritor.

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