Ética para la crisis (I)

Por Demetrio Loperena Rota, catedrático de Derecho Administrativo (EL CORREO DIGITAL, 29/07/08):

Creo que puede confirmarse que la mano invisible, si alguna vez existió, se ha convertido en una zarpa del diablo. Esa zarpa hace que nuestra solidaridad emocional o instintiva sea neutralizada por una inteligencia inmoral que orienta nuestras capacidades hacia una egolatría suicida para una especie como la nuestra que sólo es capaz de vivir en sociedad. Efectivamente estamos en crisis, especialmente de acuerdo con su etimología griega, estamos en período de estudio y decisión. Una crisis como la que afrontamos se mide por guarismos econométricos y ellos representan situaciones de personas humanas que han de ser consideradas tanto individual como colectivamente.

La crisis es estructural, sin duda, y se ubica en el seno de la globalización económica. Por ello resulta anacrónico exhibir recetas de antaño como congelación salarial, flexibilización del mercado laboral, contención del gasto público y rebajas impositivas. Medidas nacionales no neutralizan problemas globales.
Veamos someramente algunos problemas estructurales que debemos resolver.

Falta de gobierno en la economía
Es patético el resultado de la reciente cumbre del G-8. Al margen de ese cómico acuerdo de reducir las emisiones de efecto invernadero a la mitad para el 2050 (ya no quedará casi qué quemar), lo verdaderamente conmovedor es que no saben cómo gobernar la economía globalizada. Creo que a efectos analíticos es acientífico e inútil ver la simple defensa de algunos intereses sectoriales o nacionales en los acuerdos de estas últimas reuniones del G-8. El asunto es más preocupante que eso, tácitamente están transmitiendo que no existe instrumental puesto a punto para gobernar la economía. Porque, recordemos, que la economía libre de mercado sólo ha funcionado en Estados fuertes que orientaban sus resultados hacia la satisfacción de los intereses generales. La globalización económica está ayuna de autoridades y mecanismos que la orienten hacia la satisfacción de las necesidades de todos los habitantes del planeta. No gobierna el FMI, ni el BM, ni la OMC, ni la ONU ni el G-8. No gobierna nadie. Gobernar significa tomar decisiones justas y ejecutarlas. Hoy ello no es posible y la economía acéfala está produciendo graves sufrimientos a miles de millones de seres humanos. Hay que institucionalizar el gobierno de la economía global, es urgente. Y aquí también habrá que pensar global y actuar local. No vale proteger una economía nacional sin considerar que lo que pasa fuera puede neutralizar todas las medidas que interiormente se tomen. Hay otra opción, la vuelta a las economías nacionales. La descarto por imposible en estos momentos.

Desajustes financieros
Hace miles de años que la economía tuvo un cambio revolucionario: el trueque se sustituye por el pago con dinero. El dinero representaba la riqueza. Poco a poco el dinero tuvo sus representaciones de segundo grado, y de tercero…hasta llegar a una situación como la actual en la que los saltos de la representación no se corresponden con la riqueza real del mundo. Todos sabemos que los guarismos aritméticos archivados en los ordenadores de las entidades financieras no representan la riqueza real. También parecemos presas de algo que no podemos controlar o reformular. Pero también sabemos que jugamos con números que sólo representan parcialmente la realidad; estamos ante una ruleta rusa con más de una bala en la recámara. De nuevo un problema estructural que genera sufrimiento a miles de millones de personas.

La crisis alimentaria
Nuestra especie está acostumbrada a las hambrunas. La Historia está jalonada por eventos de esta naturaleza. Pero en la actualidad, cuando podemos saber que las reservas de alimentos son suficientes para satisfacer a toda la población del planeta, y al mismo tiempo mueren de hambre más personas que nunca, es porque estamos mal organizados: la economía globalizada sin gobierno sólo permite una vida apetecible a una minoría de la población. Los principios éticos deben quedar supraordenados a los instrumentos. Y en la medida en que ya no sirvan en política internacional deben ser sustituidos éstos últimos. Quiero decir, por ejemplo, que el derecho a la vida no es una opción civilizatoria o instrumental, mientras que los Estados soberanos sí y deben adaptarse a la globalización de modo que todos los ciudadanos de cada circunscripción administrativa del planeta tengan satisfechas sus necesidades básicas.

En esta materia de la alimentación existen debates persistentes basados en realidades parciales. Así, se propone la supresión de la agricultura subvencionada en los países ricos. Y de esto se derivaría un crecimiento de la exportación de alimentos de los países pobres a los ricos que les sacaría de su indigencia. Mucha fe hay que tener para creer que los pequeños campesinos de los países pobres puedan abandonar su miseria alimentando a opulentos. Antes al contrario, con toda seguridad se desplazarían a esos países nuestras multinacionales de la alimentación y los beneficios se guardarían (ya lo están haciendo) en nuestros propios bancos.

Por otro lado, hay un concepto, generalmente aceptado, al que se denomina seguridad o soberanía alimentaria. Este criterio que comparto exige que cada comunidad pueda alimentarse dependiendo lo mínimo posible del transporte y, por tanto, de la energía que para ello es necesaria. Esto exige, por supuesto, que en los países ricos la agricultura esté subvencionada. ¿Dónde está la inmoralidad? Hemos arruinado la agricultura de los países pobres ofreciendo alimentos a precios inferiores al de coste, bajo la cláusula del libre comercio. Haití está pasando hambre porque sus agricultores no podrían competir con los precios norteamericanos, viéndose obligados a abandonar la agricultura y pasando a depender íntegramente de la producción exterior que en adelante tendrán que pagar al precio que desea el vendedor. Otra vez sufrimiento general. El dumping alimentario contra los más pobres. En efecto, es inmoral comerciar en el exterior con alimentos subvencionados en el interior. No podemos seguir arruinando los sistemas alimentarios de los países pobres. Incluso, para los que carezcan de ética alguna, los flujos migratorios son desestabilizadores de nuestras todavía opulentas sociedades. Aquí aceptamos sin sonrojo a exiliados políticos por violaciones del derecho de libertad de pensamiento y expulsamos a los que los que son privados del derecho a la alimentación, siendo este último de mayor necesidad. La prolongación de la inmoralidad tiene efectos prácticos sobre sus activistas más conspicuos y es que acaba volviéndose contra sus propios intereses.