Ajedrez

Vaya de entrada una declaración previa y jurada. Para que no haya sorpresas, ni malos entendidos. El ajedrez me atrae, como cuando se escruta fatídicamente el abismo con los ojos abiertos, pero, la verdad, no sé jugarlo. Y eso que dispongo de una larga e intensa intrahistoria, supongo que como muchos de ustedes, con el juego: conozco sus movimientos –mi abuelo me los enseñó sobre un sencillo tablero de madera con las recurrentes piezas en blanco y negro–; me acaloraba de niño en disputadísimas partidas con mi hermano Antonio en un ajedrez de viaje con su tablero imantado; me acercaba el sábado por la tarde al colegio a disputar unas partidas con quien se terciase; me matriculé, como si de otra asignatura más se tratara, ¡todo para aprobar la educación física!, cuando cursaba la carrera de Derecho en la Universidad Complutense; guardo una preciosa caja de marfil con las piezas en blanco y rojo perteneciente a otro de mis abuelos; me dejaba caer los fines de semana por el parque del Retiro para retar, tan envalentonado como insensatamente, a otros vehementes pero flojos practicantes; y hasta me veía, en los veranos que pasaba en Irlanda, como un aguerrido patriota en las tierras donde había naufragado la Armada Invencible, desafiando a colegiales de diferentes nacionalidades en las instalaciones del Marian College en Dublín.…  Seguir leyendo »