Gabriel García Márquez

Fue mi privilegio ser, a los veinticinco años de edad, uno de los primeros lectores de Cien años de soledad. En 1967 era yo crítico literario de la revista chilena Ercilla y, debido a que yo había reseñado con enorme entusiasmo La hojarasca, la Mala hora y El coronel no tiene quién le escriba,el jefe de la sección cultural no dudó de que a mí me tocaría lo que ya se murmuraba era una obra magna de García Márquez. Nada, sin embargo, que había escrito él o leído yo antes me preparó para lo que ocurrió cuando abrí aquella primera edición de la Sudamericana (en cuya tapa todavía tengo estampadas las irónicas palabras SIN VALOR COMERCIAL; esto para el libro que iba a tener más valor comercial —y no solo comercial— que cualquier otro en nuestra historia continental).…  Seguir leyendo »

Ni siquiera entonces nos atrevimos a creer en su muerte porque era la segunda vez que lo encontraban en aquella oficina, solo y vestido, y muerto al parecer de muerte natural durante el sueño, como estaba anunciado desde hacía muchos años en las aguas premonitorias de los lebrillos de las pitonisas” (El otoño del patriarca, Gabriel García Márquez).

Así fallece el patriarca otoñal de esa novela. Y así —como si se muriera en uno de sus libros— falleció García Márquez: tras varias falsas alarmas, poderoso y remoto, y anunciado su deceso por presagios funestos. La noche del 15 de abril pasado, dos días antes de su muerte, ocurrió un eclipse de luna roja, voceado con alardes de Apocalipsis.…  Seguir leyendo »

Con la partida de Gabriel García Márquez se va también un pedazo de nuestras vidas. Pero se marcha también un mago, aquel que marcó el devenir de nuestra generación cuando nos dejó alucinados en aquel 1967 con su Cien Años de Soledad.Y desde allí siguió la secuencia de relatos de un verdadero descubridor de nuestra América Latina.

En todas sus novelas dejó el sello del así llamado realismo mágico. Sin embargo, como dijo más de una vez, lo que hace es describir la realidad, pero ocurre que esta realidad nuestra es sorprendente y compleja de aprehender. Y allí García Márquez devino en ser el verdadero mago, capaz de entender esta extraña realidad latinoamericana.…  Seguir leyendo »

Nunca llegué a leerlo, aunque era el libro que más me atraía en la biblioteca de mis padres. Seguramente me cautivaba el título, tan seductor como repelente. Se llamaba Primavera mortal y lo había escrito un húngaro entonces extensamente leído, pero hoy desaparecido, Lajos Zilahy. Creo que en posteriores ediciones se le cambió el título por otro más comercial, Primavera mortífera. Se me asociaba con un verso famoso: “Abril es el más cruel de los meses”. Un verso a veces profético.

La última primavera está siendo especialmente mortífera con mis amigos, Ana María Moix, Leopoldo Panero, José María Castellet… Ojalá que García Márquez sea tan solo su invitado final.…  Seguir leyendo »

Querido J:

La necrología de Gabriel García Márquez supera en volumen, detalle y afecto cualquier otra de la historia del periodismo español. Supera las de Adolfo Suárez, Steve Jobs, Margaret Thatcher o el Papa Wojtyla. No es extraño. Hace un par de años hice una búsqueda onomástica de escritores y científicos en la hemeroteca de El País. El primer nombre era el de García Márquez. El aparato necrológico ha sido exuberante y hagiográfico. Como suele corresponder al género, las hagiografías se han repartido a partes iguales entre el muerto y el que lo vela: destacan en este sentido, y ya para siempre, los textos del matrimonio Grandes-Montero donde se explica cómo GGM se presentó en la fiesta de cumpleaños de Almudena.…  Seguir leyendo »

In memoriam Gabriel García Márquez

Uno de los pasajes que prefiero de Don Quijote de la Mancha es el que tiene lugar en Sierra Morena. Don Quijote se pone en él a dar saltos y hacer todo tipo de disparates por las peñas, imitando a esos caballeros, como Amadís y Orlando, que enloquecidos por los celos dieron en las mayores locuras. Sancho le pregunta por la razón de tal proceder dado que él no tiene motivo alguno para sentirse desdeñado por su dama Dulcinea o para pensar que esta haya podido “hacer alguna niñería con moro o cristiano”. A lo que Don Quijote le responde: “Ahí está el punto y esa es la fineza de mi negocio, que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias: el toque está en desatinar sin ocasión”.…  Seguir leyendo »

Gabo, el poder y la literatura

—¿No ves el séquito? Como el de los emperadores romanos.

Gabo señaló con la mano la polvareda que levantaba la comitiva, allí a lo lejos, a kilómetros de distancia de donde estábamos. Nos habíamos perdido en el camino a Tipitapa, en el departamento nicaragüense de Malacatoya, y caía sobre nosotros un sol de justicia aquel mes de enero de 1985. Durante casi media hora aguardamos junto al automóvil a que surgiera alguna señal o llegara alguien que nos indicara la senda. Hasta que finalmente, como en el poema de Rubén, vimos llegar, oro y hierro, el cortejo de los paladines. Más hierro que oro, a decir verdad.…  Seguir leyendo »

El tránsito a la inmortalidad de un escritor acontece cuando su apellido deviene en adjetivo. Así, usamos de manera habitual cervantino, o «shakespeariano», para designar cualidades vinculadas a sus creaciones literarias. Hace décadas que «garciamarquiano» devino en adjetivo. Rosa Beltrán indicó en las actas de un importante congreso de semiótica: «Como en toda enfermedad cuyas causas se desconocen, los síntomas del contagio del estilo garciamarquiano han sido descritos con metáforas y, casi siempre, como un padecimiento». Existe desde hace años una ruta turística garciamarquiana por el Caribe colombiano. Comienza en Cartagena de Indias y pasa por Barranquilla, Mompós, Santa Marta, Valledupar y por supuesto Aracataca, donde nació en 1927 el premio Nobel que acaba de abandonarnos.…  Seguir leyendo »

Es bien sabido que a partir de 1962, cuando Mario Vargas Llosa da a conocer La ciudad y los perros, se inicia una de las trasformaciones más radicales y perdurables de la prosa hispánica contemporánea. En poco tiempo adquiría carta de naturaleza el llamado boom de la narrativa hispanoamericana, surgido del impacto conjunto de las primeras novelas de los cuatro magníficos, el propio Vargas, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, que fueron el núcleo duro del movimiento.

Aquella revulsiva literatura despertó curiosidad y, aunque despertó recelos y suspicacias, ganó terreno con gran rapidez. Jalonaron el proceso Fuentes con La muerte de Artemio Cruz, también en 1962, y Cortázar con Rayuela al año siguiente.…  Seguir leyendo »

Era medianoche cuando se abrió la puerta del apartamento bogotano donde celebrábamos la première de la obra Diatriba de amor contra un hombre sentado, y García Márquez apareció con una noticia en los labios: “¡Acaban de matar a Luis Donaldo Colosio!”. Luz Marina Rodas, la gerente del teatro, me había invitado esa tarde al estreno añadiendo con incertidumbre que a lo mejor tendríamos la presencia del autor.

El autor no se había dejado ver en el teatro, aunque alguien después contó que, apagadas las luces, su silueta se había instalado en la última fila. Los invitados salimos después para la casa de la fiesta, con Laura García, la protagonista del monólogo, el director, Ricardo Camacho, y otros amigos.…  Seguir leyendo »

Llegó el último aunque hoy parezca mentira. Poco menos que hasta finales de 1967 no hay apenas noticia de su existencia ni de su obra en la prensa española, diaria o cultural. Pero no por lo que todos maliciamos, es decir, porque los periódicos y los escaparates de las librerías están colonizados por franquistas ignotos –tipo Pombo Angulo– porque eso es sólo una parte de la verdad. Desde 1960 empiezan a rodar aquí un buen puñado de nuevos nombres para el lector español entre los cuales no está Gabriel García Márquez. Pero están, y con espacios destacados en periódicos e incluso con dossiers y monográficos de revistas, otros nombres con resonancia creciente: Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias (y el bombazo de la noticia de su premio Nobel a finales de 1968), Guillermo Cabrera Infante y, sobre todo y por delante de todos, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa.…  Seguir leyendo »

One Hundred Years of Solitude is a masterpiece because it is an episodic novel that has a rigorous form – an unprecedented combination. From the very beginning we know the town of Macondo will endure only a century, so there is a limit to the length of the narrative.

We discover that we are reading the book written by one of the characters, a Gypsy named Melquíades. At the same time that Aureliano is reading the last pages (written in coded Spanish translated into Sanskrit) so are we; the town and the manuscript go up in flames just as the century comes to a close.…  Seguir leyendo »