Eurocentrismo mutante

He leído con avidez, pero sin esperanza, el texto publicado por ABC (7-8-13), obra de Catherine Ashton, alta gerifalte de la UE para Asuntos Exteriores, y llego a la conclusión, desoladora, de que Europa poco va a pintar en el futuro de Egipto ni en la resolución de su violenta crisis. Como es dudoso que esta señora sepa algo de historia de España (¡aquel inolvidable comisario Fischler y su degustación de aceitunas!), cabe indicarle que lo de «los españoles serán justos y benéficos» ya está inventado. O los malgaches, o los egipcios. En una monumental acumulación de tópicos y lugares comunes propios del pensamiento políticamente correcto entre profesionales del ramo, la viajera propone una batería de obviedades, para cuya elaboración ha debido esforzarse mucho, aguantando reuniones y sonriendo ante la expresión de buenos deseos de sus numerosos interlocutores, ninguno de los cuales abriga la mínima intención de cumplir nada: ¿lo sabrá la Alta Representante? Y hasta me temo que sí.

Porque hablar de «respeto mutuo, enormes retos, derechos de las minorías, vías de progreso, proceso integrador, constitución dinámica, gran país, reconciliación nacional, instituciones independientes, derechos humanos» y otra notable porción de pavadas, sin dar ninguna idea, ni pista remota, de cómo piensa alcanzar tan loables objetivos, es adherirse, sin saberlo, al buenismo avantlalettre de nuestros venerables (no todos) constitucionalistas de Cádiz. Me extasío: «Toda agrupación de cierta relevancia debe ser incluida, desde los liberales urbanos hasta aquellos que desean combinar las tradiciones islámicas con los principios democráticos». No explica, ni someramente, cómo se empieza a aplicar esa combinación de tradiciones islámicas y democracia. Tampoco se percata de que los islamistas –todos– rechazan, hasta formalmente y de palabra, los «principios democráticos», que en ningún caso pueden ni deben situarse a la altura de los dictados de Allah que, como es natural, ellos representan y administran, constituyendo este género de concesiones publicitarias un puro tacticismo ante las instituciones y los medios de comunicación occidentales, siempre urgidos de poder presentar en sus zascandileos una coartada moral, enmascarada de cierta estética democrática, ante su propia parroquia, muy preocupada por las apariencias.

Pero esto no es un error del momento: responde a la frecuente inoperancia de europeos y norteamericanos cuando abordan asuntos relacionados con árabes o islam, en la actualidad a menudo, desde el 11 de setiembre de 2001. No se trata de pedir a la señora Ashton que se mude por unos meses al barrio de el-Gamaleyya –que no es lo peor de El Cairo, aunque allí no se ubican embajadas– y después opine sobre convivencia, respeto mutuo y progresos democráticos. No, el problema viene de muy atrás, desde que Galland descubrió Las Mily Una Noches y los europeos, ya en el XIX, se forjaron un islam para andar por casa, a la medida de sus deseos y expectativas, como se inventaron la España romántica que aún padecemos. Y si en otros tiempos el eurocentrismo colonial generó una imagen de países árabes a su gusto, repleta de bayaderas, odaliscas y color local, para quedar siempre por encima con la última palabra de la tecnología y la alta cultura, en la actualidad la visión eurocéntrica mutó y se hizo «progresista», aplicando nuestras categorías morales, culturales, políticas y psicológicas a otras civilizaciones y esperando sus reacciones en función de ellas, pero sin parar de proclamar el derecho a la diversidad, reducida a una palabra, sin contenido real ni concreto alguno. Si antes todos eran pintorescos, ahora son demócratas –aunque no lo saben– y basta enumerar la ringlera de perogrulladas de doña Ashton para que Egipto (o Libia, o Siria, o Irak, o etcétera) empiece a marchar por el buen camino, con el abrazo amistoso, cálido y feliz de la Unión Europea. A la vista de tales fantasías, Galland palidecería de envidia.

Sin salir del momento presente, los equívocos comienzan en la terminología: el uso de expresiones inadecuadas distorsiona la comprensión de la realidad, al pretender –paradójicamente– acercarla y hacerla más inteligible con esos vocablos nuestros. Pero en el islam sunní (el mayoritario, con gran diferencia) no hay clérigos ni nada parecido, por más que nuestros periodistas lo repitan y nuestros gobiernos –me refiero a los de España– insistan, incluso dándoles dinero, en tener por tales a los imanes, cuyas funciones son mucho más modestas. Tampoco los Hermanos Musulmanes son una «cofradía» o «hermandad» (son un partido político): imagino que el despiste, en verdad cómico y cósmico, procede de la costumbre, corriente entre musulmanes de apelar «hermano» a cualquier otro muslim. Ni el hiyab/hegab es un velo, sino una pañoleta o rebozo. Hay más ejemplos, pero vaya usted, iluso, con tales precisiones en el país de la chapuza y el qué más da.

Toman carta de naturaleza las exégesis más disparatadas, como las fantasiosas interpretaciones cabalísticas acerca de la concatenación de fechas en los atentados terroristas: siempre habrá escribidores sensacionalistas prestos a dar pábulo a cualquier bobada y en nuestra tierra existen algunos diarios especializados en carroñerías varias, como se acaba de ver en el caso Bárcenas. Por añadidura, lanzan bizarras pesquisas intentando buscar en el Corán las verdaderas claves sobre tal o cual acontecimiento, perdiendo de vista cuánto hay de arbitrario y aleatorio en los detalles del comportamiento de los musulmanes (como en cualquier otro grupo humano), que no en los ejes centrales de creencia, doctrina y praxis: la Shari’a es de goma.

Ni faltan ultrasintetizadores, en rigurosa coherencia con todo lo anterior, que te piden en una radio «Dígame en quince segundos qué es el islam», aperitivo ineludible, al parecer, de los platos fuertes que siguen (los trinques del PSOE en Andalucía, las células madre y la orgía final de la tertulia). No se contempla algo fundamental: para discutir sobre Física con un físico hay que saber Física, pero para hacerlo con un arabista sobre árabes, basta con leer el periódico o la Wikipedia. O eso creen, prevaleciendo la información sobre el conocimiento. Aunque en esta especialidad hay gentes de su padre y de su madre, con muy diversos intereses y grados de seriedad y credibilidad, qué duda cabe. Pero tampoco se entienda que pretendemos –como hacen algunos colegas desde la harca progre– ostentar y detentar ningún derecho de propiedad y exclusiva sobre estos campos. Amén de imposible, sería poco caritativo para las neuronas de oyentes y lectores, a base de cortedades de especialista, prejuicios de erudito y, en definitiva, incapacidad de entender los fenómenos humanos de manera global y amplia. Pero entre las puntillosidades del gremio y las banalidades de tertulia, hay un anchuroso margen: ¿por qué no aventurarse probando?

Serafín Fanjul, miembro de la Real Academia de la Historia.

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