Euroescépticos y euroestoicos

Alemania es el teatro central en la batalla de las ideas sobre el futuro del euro, una contienda en la que, por desgracia, los euroescépticos parten con ventaja. En efecto, desde que el profesor Hans-Werner Sinn lanzara la iniciativa de una carta en contra de la unión bancaria —que han firmado ya más de doscientos economistas— se ha abierto un debate muy vivo en el que intervienen los mejores especialistas del país y sus principales líderes políticos. Y el influyente analista Wolfang Münchau reconoce que los euroescépticos están siendo más convincentes que el autodenominado movimiento pro-euro, porque ve una mayor coherencia en sus argumentos, aunque no los comparta. A pesar de su posición crítica, el profesor Sinn se declara al menos partidario de preservar el euro, pero ya se empiezan a oír otras voces también respetadas que lo ponen en cuestión. Es el caso de Hans-Olaf Henkel, que considera el mayor error de su vida haber apoyado la creación de la moneda única como presidente de la poderosa Federación de Industrias de Alemania. Ahora propone dividir en dos la Unión Monetaria, de manera que el grupo de estados con mayor solvencia financiera —Alemania, Benelux, Austria y Finlandia— se desgajaría del resto para no tener que acabar pagando las deudas de los países del sur. Estos a su vez se beneficiarían de un euro devaluado que, en su opinión, sería la única vía para recuperar la competitividad perdida y volver a crecer. El profesor Henkel sabe que sería muy improbable que Alemania tomara la iniciativa de abandonar el euro a su suerte, pero no excluye que una sacudida como la salida de Finlandia pudiera desencadenar un giro radical en la posición alemana, de la misma manera que el gobierno cambió de la noche a la mañana su política nuclear tras el accidente de Fukushima.

Desde luego es notable constatar cómo se ha pasado en pocos meses de sopesar la salida del euro de Grecia y quizá de otros países insolventes a especular ahora sobre la partida de los estados más solventes. Pero lo que es verdaderamente relevante para el futuro de la integración europea es la irrupción del euroescepticismo alemán, que de ser un fenómeno marginal pasa a convertirse en poco tiempo en una etiqueta respetable con vocación de ganar el favor de la opinión pública. A diferencia del euroescepticismo británico, que siempre desconfió del proceso de integración, los alemanes ahora euroescépticos creyeron firmemente en él hasta hace bien poco. De hecho, los alemanes de todas las ideologías han sido europeístas de forma totalmente acrítica ya que este fundamento de la Alemania contemporánea se había excluido en gran medida de la discusión pública. Pero este tabú se ha empezado a quebrar y no precisamente desde posiciones radicales sino más bien por personas de la elite económica que se consideran razonables y que confiesan haber cambiado de parecer por la presión de una realidad que, desde su punto de vista, no admite ya más huidas hacia adelante. Tampoco cabe concluir que los alemanes se estén volviendo antieuropeos y, de hecho, la preservación del mercado único y de otras instituciones comunes sigue siendo un objetivo indiscutido para todos ellos. Pero los nuevos euroescépticos no quieren que la crisis del euro arrastre a Alemania a dar un paso en falso en el camino hacia una mayor integración, sino que de una forma o de otra consideran llegado el momento de dar un paso atrás. Aspiran así a ser un poco más dueños de su destino y un poco menos dependientes del de los demás. Esto a su vez implica un deslizamiento hacia una dinámica de deconstrucción del euro, que pocos propugnan todavía de forma explícita pero que ha roto ya el molde de lo políticamente correcto. Hay desde luego una lógica que apunta en esa dirección y que va conquistando espacios mentales según avanzan estas discusiones. Además, la tendencia euroescéptica está mucho más avanzada en Holanda, Austria y Finlandia, y de ahí la inevitable influencia que va ejerciendo sobre la evolución del debate, hasta ahora más contenido, que tiene lugar en la propia Alemania.

En los países del sur, en cambio, no puede hablarse de un correspondiente fenómeno de euroescepticismo. Puede haber resentimiento contra lo que se percibe como imposiciones de Bruselas o de Berlín, pero no se cuestiona, con pocas excepciones, la necesidad de profundizar en el proceso de integración. En efecto, los euroescépticos del norte pueden pensar que librándose del sur se pueden salvar solos: eso les dice su instinto de supervivencia. Pero en el sur nuestro instinto nos dice lo contrario, es decir, que solo nos podemos salvar todos juntos. En concreto, a los españoles no se nos ocurre que la solución pueda ser menos Europa sino, en todo caso, más y mejor.

Pero si el euroescepticismo no nos conviene, podemos preguntarnos cuál es el enfoque adecuado para lidiar con los graves desafíos que se nos vienen encima. La respuesta puede venir de un neologismo con resonancias en nuestra propia historia de las ideas: el euroestoicismo. Frente a la desesperanza ciega que siempre ha acompañado a los momentos más oscuros de nuestro pasado, el euroestoicismo nos ayudaría a aceptar tanto las actuales adversidades nacionales como también un destino europeo frustrado en algunas de nuestras ambiciones más queridas. Nos inspiraría serenidad para reconocer la realidad tal y como es, y fortaleza para ponerle al mal tiempo buena cara. Y cabe recordar que el estoicismo, como filosofía y también como actitud vital, estuvo muy vinculado con algunas de las figuras más atractivas del humanismo europeo del siglo XVI, como Montaigne, Erasmo o Vives, que a su vez recuperaron a pensadores clásicos como el cordobés Séneca. De hecho, el filósofo belga Justus Lipsius, que da su nombre al edificio sede del Consejo de la Unión Europea en Bruselas, dedicó buena parte de su obra a buscar la compatibilidad entre el estoicismo y el cristianismo.

Resignación, serenidad, fortaleza, no son precisamente ingredientes para una receta que deslumbre a los paladares fáciles. Pero nos pueden reconfortar las palabras de Raymond Radiguet cuando recuerda que «el deber es un bebedizo que solo sabe amargo a aquellos que carecen de gusto». El euroestoicismo nos puede preparar mentalmente para confrontar nuestro destino y también nos da la oportunidad para reivindicarnos éticamente frente a los que desde el norte nos ven como unos desvergonzados hedonistas, cuyo disfrute se hizo sinónimo de despilfarro.

La creciente ola de euroescepticismo en Alemania y las controversias que está provocando no contribuyen precisamente a tranquilizar a los mercados sobre la voluntad de permanencia del euro. Por perjudicial que esto resulte a corto plazo para España, es evidente que no podemos reprochárselo en ningún caso a nuestros socios y amigos alemanes, que tienen perfecto derecho a debatir a fondo las cuestiones fundamentales que afectan a su futuro y a nuestro destino común. En estos momentos decisivos les deseamos la mayor lucidez, que también nosotros necesitamos.

Fidel Sendagorta, diplomático

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