Europa: acción frente a la resignación

A primera hora de ayer, mientras conducía a mi hija Inés al colegio, las radios lanzaban un mensaje apocalíptico sobre la situación de Europa. A media mañana, recibía un email de una amiga que prometía su asistencia a un debate que organiza la Unión Paneuropea: «Ahora que Europa está al borde de la desaparición, no puedo faltar…». Hacia las dos de la tarde, un buen amigo con quien me crucé por la calle me transmitía su angustia ante la situación y los consiguientes efectos para España. A las tres, las televisiones no mejoraban el panorama: se habló de un proyecto franco-alemán para dividir en dos la zona euro, con los ahorradores a un lado y los derrochadores al otro; el Consejo de economistas que asesora a la señora Merkel criticó al Banco Central Europeo por monetizar la deuda, y Berlusconi remedó el verso de Miguel Hernández: «Me voy, me voy, me voy, pero me quedo». Para rematar este sombrío horizonte, la Comisión Europea colocaba a España al borde de la recesión y declaraba que el Gobierno de Zapatero no iba a cumplir los compromisos que había adquirido en relación con la reducción del déficit público. ¿Qué estaba pasando?

Desde que la crisis estalló en 2008, los gobiernos europeos y las instituciones europeas no han permanecido inactivos. Creamos un fondo de rescate que ha sido utilizado tanto en Grecia como en Irlanda y Portugal; modificamos el Tratado de Lisboa para implantar un fondo de estabilización con carácter permanente, y aprobamos un paquete de supervisión financiera y seis propuestas legislativas para activar la gobernanza económica. Pero todo ello ha resultado insuficiente.

En las conclusiones que elaboró para el Review of Financial Services Regulation, Lord Turner sentenciaba que la salida de la crisis solo tenía dos caminos: o la vuelta a los Estados nacionales o la apuesta por más Europa. Y ello es así porque la crisis ha afectado de manera diferente a unos países que a otros. Aquellos que acometieron reformas estructurales a tiempo disfrutan hoy de una situación más halagüeña que aquellos que no supieron o no quisieron hacer sus deberes; en suma, la versión 2011 de la fábula de la cigarra y la hormiga, pero con una diferencia fundamental: que lo que suceda a la cigarra afecta —y de qué modo— a la hormiga. Esta relación causa-efecto se llama euro; por esta razón, la crisis de la deuda soberana de un país como Grecia que supone apenas el 2% del PIB europeo amenaza con contaminar al resto de los países de la zona euro.

En mi opinión, lo que le falta a la Unión Europea es un verdadero plan, un proyecto visualizable que denominaré pacto europeo de responsabilidad y solidaridad, asentado sobre cinco principios.

En primer lugar, el compromiso de los gobiernos para cumplir lo pactado y llevar a cabo las reformas económicas necesarias en el seno de cada Estado miembro. Cuando los operadores financieros dudan de la voluntad de los gobernantes para cumplir los acuerdos que ellos mismos han tomado en Bruselas —verbigracia, Papandreu-Berlusconi— entonan el «parole, parole». En este mismo error cayó el candidato Pérez-Rubalcaba cuando propuso en el debate con Rajoy una moratoria de dos años en las obligaciones contraídas por el Gobierno Zapatero. En estos momentos no cumplir con lo pactado significa una estocada de muerte. Sin embargo, incluir en las constituciones nacionales la garantía de cumplimiento de la obligación de limitar el déficit público, como hemos hecho en España con el acuerdo entre PSOE y PP, es un artículo de fe para el resto de los socios de la zona euro y una medida en la buena dirección.

Junto con el principio de responsabilidad, la Unión Europea debe fortalecer el principio de solidaridad. Si un Estado es víctima de una situación financiera, económica o política que no sea capaz de controlar, debe poder contar con la ayuda de los demás. Esto supone un método de agrupación de préstamos con capacidad de endeudamiento común. Podemos debatir su nombre (fondo, mecanismo, Agencia de deuda…), las modalidades técnicas (préstamo, compra de deuda soberana bancaria, garantía de préstamos acordados por el Banco Central Europeo…) o incluso su estatus(comunitario, europeo, intergubernamental…), pero lo esencial es que una vez que dicho sistema haya sido diseñado y aprobado su funcionamiento sea tan ágil y rápido como los mercados mismos. No podemos seguir aplicando parches cada vez que algo sucede. Debemos adelantarnos a los sucesos porque sabio es el refranero, y más vale prevenir que curar.

El tercer pilar debe estimular la inversión para favorecer el crecimiento. A nivel europeo debemos activar los recursos del Banco Europeo de Inversiones, y la Comisión debe emitir bonos —a lo que está facultada por el Tratado— para financiar grandes proyectos transeuropeos.

En cuarto lugar, debemos fortalecer el presupuesto europeo. La tesis según la cual cuando las vacas flacas obligan a recortar los presupuestos nacionales debemos trasladar ese mismo recorte al presupuesto europeo es errónea. Lo que justifica las políticas europeas es que producen mayores beneficios que la suma de las diversas políticas nacionales. Por ello, que el presupuesto anual de la Unión Europea para quinientos millones de habitantes equivalga al de Dinamarca, que cuenta con cinco y medio, no tiene sentido alguno.

El quinto principio reside en la armonización de los presupuestos nacionales. En tiempos como el que nos ha tocado vivir, en que el dinero público escasea, es indispensable la creación de métodos comunes de financiación dirigidos a la inversión en futuro como innovación, formación, infraestructuras de transporte y telecomunicaciones o nuevas energías. Compartiendo gastos, ahorraremos dinero y conseguiremos una mayor eficiencia. Así, por ejemplo, si tenemos un Servicio de Acción Exterior de la Unión Europea, ¿es necesario que contemos con un número de diplomáticos nacionales que doble a los efectivos del State Department americano? ¿Tiene sentido mantener 1,8 millones de soldados bajo veintisiete mandos militares en vez de disponer de un Ejército común europeo? ¿Cómo podremos alcanzar la masa crítica en innovación tecnológica si se alzan veintisiete barreras nacionales entre nuestros investigadores y nuestros proyectos de innovación?

En el mundo globalizado, tener un proyecto no es suficiente; es imprescindible compartirlo con los demás, sean estos los EE.UU., Brasil o China. Los europeos somos una pieza del puzle; importante, sí, pero pieza al fin y al cabo. Y si no convencemos a los demás actores globales de la bondad de nuestras iniciativas —y pongo como ejemplo el impuesto sobre las transacciones financieras—, me temo mucho que acabemos convirtiéndonos en una fábrica de papel mojado.

Por último, cualquier iniciativa, cualquier proyecto, requiere voluntad política y ambición para ponerlo en práctica. A mis alumnos en la facultad de Derecho solía decirles que Bruselas no existía, que cuando hablábamos de las «decisiones de Bruselas» en realidad nos referíamos a decisiones que tomaban los gobiernos. Por ello, nada hay más nocivo que la resignación —el «que manden ellos» parece haber sustituido al «que inventen ellos»— o la autocomplacencia en asistir como convidados de piedra a grandes eventos internacionales. Un país como España tiene que satisfacer los compromisos adquiridos con sus socios, cumplir con sobresaliente sus deberes, y aun adelantarse y presentar ideas y propuestas inteligentes mostrando una gran fortaleza interior y apostando decididamente por Europa, haciendo trabajar aquellas «células grises» que el protagonista de las novelas de Agatha Christie reputaba como lo característico del ser humano. Solo así conseguiremos que se hable de nuevo de nuestro país como Smiling Spain. No es un sueño: dicho titular lo publicó el Financial Timesen 1998. Y con ideas y ambición podemos volver a conseguirlo.

Íñigo Méndez de Vigo, presidente del Colegio de Europa.

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