Europa, amenazada por la crisis de Francia

Francia sufre ataques graves de incertidumbre y angustia, cuyo tratamiento político afectará a toda Europa, de Atenas a Santiago de Compostela, de Hamburgo a Algeciras. François Hollande ha agravado todas las crisis culturales, sociales, económicas y políticas de ese «déclin» histórico, que puede traducirse por «declive», «ocaso» o «decadencia», precipitando nuevas fracturas y enfrentamientos fratricidas.

Cinco años de presidencia de Hollande pueden resumirse así: 550.300 nuevos parados; 1,1% de crecimiento (2016, con semejantes perspectivas para 2017); aparición del movimiento de los «nuevos pobres» (jóvenes y mujeres); entre 45.000 y 60.000 millones de euros de nuevos impuestos, soportados esencialmente por las familias, sin beneficio tangible para las empresas. Balance con el que culminan provisionalmente treinta y seis años de «declive» nacional.

Los últimos presupuestos equilibrados datan de la presidencia de Giscard (1974-1981). Mitterrand conquistó el poder prometiendo la «ruptura con el capitalismo» y la «construcción del socialismo a la francesa». Aquella aventura se saldó con tres devaluaciones de la moneda nacional en dos años y un cambio radical de política, para mejor incumplir nuevas promesas de «convergencia» con Europa.

Desde entonces (1983), ningún gobierno ni presidente francés ha cumplido nunca ningún compromiso europeo. Del Tratado de la Unión Europea (Maastricht, 1992-93) al Pacto Fiscal europeo (2012), sucesivos gobiernos de izquierda y derecha (Mitterrand, Chirac, Jospin, Sarkozy) han incumplido siempre todas las promesas y compromisos de Estado. Peor: un 54,68% de los franceses que participaron en el referéndum que debía instaurar un nuevo Tratado constitucional europeo, en 2005, dijeron «no» a la UE, precipitando una crisis institucional grave.

Consciente de que Francia había tomado la oscura senda de un inquietante «repliegue» y «declive» nacional, Nicolas Sarkozy prometió durante la campaña presidencial de 2007 la «ruptura» con el «inmovilismo de izquierdas» (Mitterrand) y el «inmovilismo de derechas» (Chirac). Incumplida aquella promesa esencial, Sarkozy fue derrotado por Hollande en 2012, prometiendo «otra Europa» y la «recuperación nacional». Promesas fallidas, Hollande impuso a su mayoría parlamentaria la aprobación del mismo pacto fiscal que él había rechazado durante su campaña electoral. Y la «recuperación» se ha transformado en una agravación de todos los indicadores del declive nacional, cuyo origen último quizá sea la más profunda confusión política, consecuencia cívica del relativismo cultural y moral.

El año 2012, Francia oscilaba entre la «decadencia gesticulante» (Sarkozy) y la «decadencia tranquila» (Hollande). Los franceses eligieron la «decadencia tranquila», sin mucha fe. Cinco años más tarde, todas las referencias cívicas, culturales y políticas han continuado degradándose: y la opinión pública, inquieta, atormentada, está condenada a elegir entre distintas y antagónicas formas de «ruptura».

A la izquierda, los sucesivos gobiernos de Hollande han precipitado la crisis más grave del PS refundado en el congreso de Epinay de 1971. Y el candidato socialista a la elección presidencial, Benoît Hamon, es un burócrata izquierdista, enfrentado a primera sangre política con las familias social reformistas (Manuel Valls, Emmanuel Macron). Propone romper con el socialismo de Hollande y el Pacto Fiscal europeo.

A la izquierda del PS, el PCF, hundido históricamente, y las extremas izquierdas (incompatibles entre ellas), se han buscado un candidato populista, Jean-Luc Mélenchon, admirador de los socialismos caribeños y venezolanos, que propone como «alternativas» al socialismo de Hollande y las empantanadas socialdemocracias europeas.

A la izquierda reformista, entre el centro-izquierda y el centro-derecha, Emmanuel Macron, exministro de Economía de Hollande, propone una «ruptura contra las élites», de carácter «social reformista». Ejecutivo de la Banca Rothschild durante unos años, donde ganó varios millones de euros que le valieron una inspección fiscal, Macron se cotiza como gran rival de Marine Le Pen, en una imprevisible segunda vuelta, antes siquiera de conocerse su programa concreto.

A la derecha y el centro, François Fillon fue elegido candidato de Los Republicanos (LR) a la elección presidencial. Favorito, durante dos meses, Fillon ha caído en la fosa de los leones de un escándalo mayúsculo. Su esposa es acusada de haber cobrado 900.000 euros sin prestación laboral conocida. ¿Puede «recuperarse» Fillon? ¿Puede aparecer un nuevo candidato conservador?

Solo Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional (FN, extrema derecha), ofrece unas perspectivas «claras» y «concretas»: el Frexit (sacar a Francia de la Unión Europea, con un referéndum), salir del mando militar integrado en la OTAN, «recobrar la soberanía nacional» cerrando fronteras al libre comercio y la inmigración, imponiendo una nueva fiscalidad hostil a las empresas que den trabajo a extranjeros…

¿Qué tienen en común el mesianismo populista de la extrema derecha, el mesianismo de las izquierdas, la confusión de las derechas y el «reformismo contra las élites»..? Algo muy profundo e inquietante: se trata de proyectos de «ruptura» total o parcial, que no responden con claridad a ninguna de las enfermedades sociales y culturales de Francia.

Paradójicamente, las inciertas decisiones que tome el próximo presidente o presidenta de Francia sí afectarán al resto de Europa.

El «proteccionismo patriótico» de Le Pen y las izquierdas podrá afectar a las empresas extranjeras. La meteorología parisina afectará a empresas como Zara. La buena o mala marcha del mercado francés afectará a los trabajadores de Zara en Cataluña y Galicia.

El respeto o incumplimiento de Francia de la disciplina común de la zona euro afectará a toda Europa. Las tensiones multiculturales en la «banlieue», los suburbios de las grandes ciudades, son un problema continental: París se ha convertido en el primer vivero yihadista europeo… en su periferia (12 millones de habitantes) están fichados más de 4.000 sospechosos.

Sería ilusorio pensar que Francia solo vive una crisis económica, social y política: las raíces últimas de tales problemas se pierden en la escuela y la tierra. Cada dos días se suicida un agricultor francés, víctima de la más profunda angustia íntima y social: Francia es una gran potencia exportadora de productos agrícolas transformados. Pero esa gran agricultura cosmopolita arruina la vieja agricultura tradicional. El cáncer del suicidio de los agricultores –la franja más antigua del tejido social– coincide con la emergencia de una Francia «multicultural», suburbana, desarraigada, empobrecida, olvidadiza de sus viejas raíces culturales, amenazadas.

Juan Pedro Quiñonero es periodista.

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