Europa, asfixiada por el euro

La Unión Europea mantiene una política de salvar al euro a toda costa, que es suficiente para garantizar la supervivencia de la moneda común. Pero, ¿es este objetivo motivo suficiente para sacrificar la competitividad de la eurozona y, en definitiva, la solidaridad europea?

Después de todo, Europa obtuvo libre comercio, mayor competitividad y aumento de la riqueza como consecuencia de la creación del mercado común en 1992, no de la introducción del euro, siete años después. Lo cierto es que desde el punto de vista político y económico, la unión monetaria se ha convertido en una pesadilla, plagada de recesión, niveles de desempleo nunca antes vistos, agitación social y una creciente desconfianza entre los estados miembros.

Pero aunque políticos y economistas ya se están quedando sin argumentos para defender al euro, pocos se atreven a poner en duda la estructura fundamental que lo sostiene, por no hablar de proponer alternativas. Para salir de la crisis, los líderes de la UE deben reconocer las deficiencias del marco unidimensional en el que se basa la eurozona y desarrollar un sistema más adecuado para el manejo de una unión monetaria multifacética.

El exceso de centralización y armonización perjudica seriamente la subsidiariedad y la competencia que el buen funcionamiento de las economías de Europa requiere, ya que la socialización de las deudas atenta contra la responsabilidad de las economías más débiles. Además, para reducir la divergencia de competitividad (un paso fundamental para salvar al euro) no bastaría aumentar la productividad de las economías más débiles, sino que las economías fuertes como Alemania también deberían volverse menos eficientes, y esto disminuiría la competitividad general de Europa respecto del resto del mundo.

Al mismo tiempo, la crisis del euro alienta sospechas, antagonismos y nuevas divisiones en la eurozona. Las relaciones franco‑alemanas, que alguna vez fueron la piedra basal de la integración europea, atraviesan el peor momento en décadas. Y los jóvenes desempleados en Grecia, Portugal y España protestan constantemente contra los “dictados de Alemania”.

En tanto, entre los 17 miembros de la eurozona y los otros diez países que integran la Unión Europea se está abriendo un abismo cada vez más grande. En particular, el Reino Unido pretende renegociar las condiciones de pertenencia a la UE, con un referendo cuyo resultado puede determinar su total abandono del grupo.

La historia nos enseña que obligar a naciones y estados distintos a unirse en torno de una misma idea (sea el comunismo en la Unión Soviética, el socialismo en Yugoslavia o la moneda común en la eurozona) genera fuerzas centrífugas que pueden provocar el derrumbe de esa unión. Una integración unívoca que no haga diferencias entre las partes es, sencillamente, insostenible.

Además, la eurozona no solo está repitiendo errores ajenos, sino también los suyos propios. Aunque 25 de los 27 estados de la UE suscribieron un “pacto presupuestario” que debería imponer disciplina fiscal entre los países miembros, nada garantiza que no vayan a incumplir sus reglas, así como no cumplieron las del Tratado de Maastricht.

Del mismo modo, aunque seguir una política monetaria unificada contribuyó al endeudamiento excesivo de Grecia y a la formación de la burbuja inmobiliaria en España, los líderes de la eurozona no han dejado de procurar un reajuste de los tipos de interés, por ejemplo, mediante la imposición de “recortes” a los acreedores de Grecia, esto es, la cancelación de parte del capital adeudado. Pero estas medidas no pueden ser muy eficaces sin devaluación externa, algo que no es posible dentro de los confines de una unión monetaria.

Aunque los socios de Grecia en la eurozona pueden seguir sosteniéndola así durante décadas, e incluso rescatar a España, es indudable que si tuvieran que soportar el peso de una economía de mayor tamaño, el sistema se derrumbaría. Y un serio riesgo ya se cierne sobre una de esas economías: Francia.

En 2011, el cociente entre deuda nueva y PIB de Francia era tres veces superior al de Alemania, y el sector público equivalía a más del 56% del ingreso nacional. En la actualidad, el 9% de los ciudadanos franceses trabajan para el Estado (en Alemania son el 5%). Y el desempleo se mantiene por encima del 10%, con cifras de desempleo juvenil mucho mayores, de alrededor del 25%.

Si bien algunas de las empresas más grandes de Francia (como Michelin, LVMH y Air Liquide) todavía son exitosas, no pueden compensar la falta de una base sólida de pequeñas y medianas empresas que aqueja a la economía, lo que provoca un deterioro de la competitividad de Francia. De hecho, en el Índice de Competitividad Global que elabora el Foro Económico Mundial, Francia cayó desde el 18.° lugar que ocupaba el año pasado hasta el 21.er lugar este año (Alemania fue sexta los dos años).

Las últimas medidas del gobierno del presidente François Hollande (entre ellas, aumentar el salario mínimo y los impuestos corporativos y disminuir la edad jubilatoria de algunos trabajadores) amenazan con agravar la situación. En estas circunstancias, que el año pasado Moody haya rebajado la calificación crediticia de Francia no es extraño.

Pero, lo mismo que los países en dificultades del sur de Europa, Francia no tiene muchas opciones. Los programas de austeridad fueron en gran medida contraproducentes, al generar círculos viciosos de crecimiento lento o nulo, cierres de empresas, desempleo rampante y deterioro de la base impositiva. Como consecuencia, a los países de la eurozona con situación fiscal sólida se les pide una y otra vez que pongan en riesgo sus políticas prudentes para financiar rescates que no se terminan nunca.

La situación es insostenible. Los líderes europeos deben procurar una segmentación controlada de la eurozona, por la cual los países más competitivos (Austria, Finlandia, Alemania y los Países Bajos) adoptarían una nueva moneda, el “euro del norte”. La nueva unión monetaria funcionaría según el Tratado de Maastricht original, con un banco central verdaderamente independiente encargado de regular el tipo de cambio del euro del norte respecto del euro original (moneda que conservarían los países menos competitivos).

El euro original tendría un tipo de cambio más bajo que estimularía la recuperación del crecimiento económico, la creación de empleo y la formación de una base impositiva más sólida en los países del sur de Europa. En un primer momento y para facilitar la reducción de la deuda, los bonistas deberían aceptar otro recorte. Los países que adopten el euro del norte también deberían hacer por única vez una contribución a estas medidas de desendeudamiento. Se implementaría un sistema flexible de pertenencia, por el cual aquellos países cuya situación económica y fiscal se vuelva suficientemente sólida podrán unirse al grupo del euro del norte.

Es necesario que los líderes europeos dejen de imponer las mismas políticas a países que son sumamente diferentes, como si la eurozona fuera una entidad homogénea. El sistema del euro se debe adaptar a las realidades fiscales y económicas actuales, y no al revés.

Hans-Olaf Henkel, a former president of the Federation of German Industries, is Honorary Professor of Economics at the University of Mannheim. Traducción: Esteban Flamini.

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