Europa, capital Edimburgo

A pesar de todas las debilidades y carencias del proyecto europeo, a pesar de la burocracia de Bruselas y a pesar del papelón de nuestros dirigentes cuando las guerras de los Balcanes, me alegra mucho el Nobel de la Paz otorgado a la UE. Hay que poner las cosas en perspectiva para no cargarnos lo que funciona. Tenemos la suerte de formar parte de una realidad política, económica, cultural y social que, surgida en medio de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, se ha convertido en la zona de más libertad, justicia y bienestar del planeta. Imperfecta, pero envidiable para millones de personas del resto de continentes. Me cuesta entender que haya quien no valore este hecho de civilización y se permita despreciar los beneficios de esta aventura colectiva.

Hace unos años, todavía había personas que hablaban de la Europa de los mercaderes para criticar la democracia multinacional con más ciudadanos de toda la historia. Quizás ignoraban que los intercambios comerciales y las grandes ciudades han creado –como los monasterios– la cultura europea que nos ha hecho grandes, basada en el espíritu crítico, la tolerancia y la capacidad de reformar e innovar. Vender y comprar nos ha hecho leer y conversar, y nos ha ahorrado muchas guerras, desgraciadamente no todas. La imprenta y la moneda, los sueños y los intereses, todo nos ha hecho como somos. Puedo soportar la retórica oscura de los profesionales del europeísmo oficial porque sé que, por debajo, hay un horizonte de progreso empíricamente mesurable que ha convertido la existencia en un lugar menos hostil de lo que lo fue para nuestros abuelos y padres.

Al cabo de pocos días, una nueva noticia ha afianzado nuestra fe laica en Europa: el acuerdo entre los gobiernos británico y escocés para organizar un referéndum sobre el futuro de Escocia. Como ya han subrayado muchas voces, se trata de un ejercicio impecable de democracia que nos ilustra sobre lo que deberá ser normal en este siglo XXI, marcado por la extensión de las libertades fundamentales: no se puede impedir que las sociedades que se sienten nación (llámenlo como gusten) expresen pacíficamente cómo y de qué manera quieren formar parte de este tablero global interconectado. Estamos ante una redistribución o reconfiguración del poder que exige mentes abiertas, serenidad y respeto. Los que no entiendan este nuevo contexto tendrán muchas sorpresas.

Escocia y Catalunya coinciden al aspirar a esta mayoría de edad. Sucede en Europa y en medio de una crisis sin precedentes, aunque las islas Británicas siempre son otro universo. Y todo el mundo se da cuenta de que Londres exhibe una actitud muy diferente de la de Madrid. ¿Por qué? El Reino Unido tiene una tradición democrática antigua y bien asentada, los ingleses no tienen ningún problema en reconocer la existencia del pueblo escocés y, para rematar, los unionistas van por delante de los independentistas en todas las encuestas, lo cual da seguridad a Cameron. En definitiva, la ausencia de dramatismo convierte el proceso escocés en una discusión razonable a gran escala, sobre modelos de relación política con Europa y el mundo, ni más ni menos. Razonable no quiere decir completamente al margen de factores emocionales, claro está. Sólo significa que la visceralidad está controlada y contamina menos los argumentos. Por cierto, en Edimburgo y en Londres nadie osa pensar que el voto de un empresario o de un financiero valga más que el de un ciudadano asalariado.

Seamos sinceros: el drama de muchos partidarios de mantener el statu quo de España es la poca fe que demuestran tener en el proyecto que tanto proclaman amar, de lo contrario no necesitarían difundir mensajes catastrofistas para ganar la adhesión. El espectáculo es penoso y hace un triste favor a la causa de la unidad. Mientras, los que quieren mantener Escocia dentro del Reino Unido basan su campaña en el optimismo y hacen bandera del “Better together” (mejor juntos). Aquí, en cambio, la tesis es “separados de España, los catalanes lo pasaréis muy mal, nosotros ya nos encargaremos de que así sea”. La obscenidad de este planteamiento no tiene nada que ver con las dudas e incertidumbres que puede generar una transformación tan importante. Una cosa es la lógica prevención ante lo que no se conoce y otra, bien distinta, es la mentira, el insulto y la desfiguración sistemática de los hechos, de las cuales se quejaba en estas páginas Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución de 1978.

Sé que poner Escocia y Catalunya en la misma vitrina da risa a los habituales críticos de todo nacionalismo sin Estado, muchos de los cuales –incluso los de la órbita del PP– beben de teorías marxistas muy frecuentadas, según las cuales todo eso es una invención, un cuento de hadas pintoresco al servicio de burguesías oportunistas. Josep R. Llobera, experto reconocido sobre la materia, remarca, en El dios de la modernidad, que estas interpretaciones siempre van cojas porque hay una dimensión del hecho nacional que supera los intereses de clase y crea solidaridad interna, ocurre en toda Europa. Hoy, sólo hay que pasear por Catalunya para comprobar el cariz interclasista del nuevo independentismo, que nace de abajo y no es –bien seguro– el juguete de cuatrocientos supuestos poderosos que cortan el bacalao.

Francesc-Marc Álvaro.

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