Europa, datos entrecruzados

En las elecciones al Parlamento Europeo del 4-7 de junio, la abstención ha alcanzado un ofensivo 57 por cien. Partidillos fascistas o racistas han logrado representación parlamentaria, no por reducida menos escandalosa. El desprecio mostrado por el Este, eslovacos, polacos, lituanos, rumanos, checos, se refleja en un voto inferior al 30 por cien, en contraste con el civismo de daneses, belgas, griegos... Le Pen tiene 80 años, pero otros tipos rufianescos llegan para sustituir al jefe del neofascismo francés. Si sumamos derecha extrema e izquierda dura, un 12 por cien de los escaños europeos está en manos indeseables.

Los responsables son en gran medida (no toda) algunos grandes partidos. La democracia cristiana alemana y la UMP francesa han respondido bien. En España, PSOE y PP han sido incapaces de movilizar las imaginaciones. Todo se ha confundido. Una joven aparachik socialista anunciaba convergencias planetarias en 2010. Desde el lado opuesto se sostenía que las urnas lavan los delitos del pasado: si fuera así, las aguas del Jordán hubieran purificado, en 1933, la programación del Holocausto en Mein Kampf, escrita diez años antes. El sufragio no limpia: elige representantes de los ciudadanos.

No sabemos hoy si el tratado de Lisboa será aprobado por Irlanda en un nuevo referéndum, este otoño. El gobierno de Brian Cowen sale tocado de las elecciones. Los irlandeses votarán tres clases de garantías: institucionales, un comisario que les represente; morales, por ejemplo el aborto; y estratégicas, Irlanda quiere seguir siendo neutral. En Reino Unido, los adversarios de Gordon Brown quieren aprovechar el mal resultado del laborismo para acabar con el primer ministro (no saben lo que es capaz de resistir un escocés). El presidente checo asegura que firmará en último lugar. Pero el presidente polaco quiere arrebatarle ese honor. El Tribunal Constitucional de Alemania debe dictar una sentencia procedimental. Si el tratado de Lisboa se aprueba, no corresponderá a Suecia, presidente desde el 1 de julio de la UE, su entrada en vigor, sino a España, que la reemplazará el 1 de enero de 2010. Estos son los detalles pendientes.

Hay nuevos planteamientos estratégicos desde la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca. Se ha recordado cómo América del Norte y del Sur, con Europa, suman el 70 por cien del PIB mundial. En Oriente Próximo, Estados Unidos propondrá un nuevo calendario para el conflicto Israel-Palestina. Su fuerza se multiplicaría si Europa lo respaldara. Dividida en 2003 por la aventura bélica de Irak, escribía hace unos días Felipe González, la UE reforzaría extraordinariamente el potencial de esa colaboración diplomática con Estados Unidos.

Obama ha puesto sobre la mesa algunas ideas-fuerza: plan contra la crisis financiera; proyecto de completo desarme nuclear; calendario de energías renovables contra el calentamiento de la Tierra. Y junto a ello, el día 4, en El Cairo, sentó las bases para una nueva relación con el mundo musulmán; anunció un plan para Afganistán-Pakistán; y sobre todo, un modus vivendi con China. Pero el tiempo corre. Ya asoman en Estados Unidos las elecciones mid term de noviembre de 2010.

Los chinos tienen interés en encauzar grandes problemas propios, también algunos ajenos, sobre los que no tienen capacidad de decisión. La expansión de sus inversiones en África y Latinoamérica inquieta al Departamento de Estado. Queremos decir: en los próximos ocho años, la alianza Estados Unidos-Europa tendrá nuevas oportunidades.

Se dice que Europa ha hecho poco por solucionar conflictos en Asia o África, también dentro de sus fronteras. Pero es exactamente al revés: lo hecho ha sido titánico. En los últimos diez años, la UE ha intervenido, mediado, suplido, financiado, ayudado. Gracias a sus mecanismos de gestión de crisis, en Palestina, Irán, Georgia, Kosovo, Afganistán, Chad, Congo, la Unión ha acudido, en 1999-2009, a 23 conflictos (nueve de esas intervenciones siguen hoy). Ha enviado policías, jueces, soldados, médicos, instalado registros, catastros, guarderías, hospitales. Los observadores de la Unión Europea ayudan desde hace meses a la estabilización de Georgia. La policía palestina se ha formado gracias a la Unión; el sistema judicial afgano avanza por la colaboración alemana y la gendarmería francesa. En 20 años, 77.000 soldados españoles se han desplegado en Afganistán, Líbano, Bosnia, Kosovo, Chad. Esas misiones han contribuido a borrar, y no es poco, la sombra de invasor de su propio país que oscureció al ejército español, cerrado sobre sí mismo a lo largo del siglo anterior.

Hay, claro, grandes problemas. Washington propone a Netanyahu, interlocutor peligroso, un nuevo proyecto para la creación del Estado palestino. Líbano, vecino al norte, acaba de votar una solución más inclinada hacia el lado occidental que hacia la frontera oriental.

Tony Blair quiere hacerse elegir primer presidente de la UE. Es un mal candidato, carente de credibilidad. Sólo cabría elegirle para demostrar que Europa no existe. Otro ex primer ministro, español esta vez, Felipe González, dice no estar interesado en la presidencia de la Unión.

Otros datos: la unión dispone, de aquí a 2013, de 6.000 millones de euros anuales para su acción exterior. Y esta es solo una fracción de los fondos comunes dedicados por Europa a conflictos lejanos. Si añadimos lo que dedican los Estados miembros (Alemania, Dinamarca, Suecia, hasta España y su agencia AECID) la suma es mucho mayor. Algo más de 1.000 millones al año van desde la UE a las Naciones Unidas, que los redistribuye en fondos de estabilidad para Afganistán, Somalia, Pakistán...

España recibió, de 1986 a 2006, más de 50.000 millones de euros en ayuda al desarrollo. Con los fondos estructurales y de cohesión (más otro 50 por cien del presupuesto español) se levantaron universidades, centros de investigación, trenes de alta velocidad. Se modernizó la agricultura y se impulsó el comercio exterior, con niveles de empleo hasta entonces desconocidos.

Ya sabemos que el Parlamento europeo es peculiar: no puede, por ejemplo, derribar a un gobierno, porque Europa no tiene gobierno. Pero el tratado de Lisboa aumentará sus competencias para legislar e intervenir en los presupuestos. Con el tratado en vigor se nombrará un Presidente del Consejo y un Alto Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad. El sucesor de Javier Solana dirigirá no solo un potente servicio exterior europeo: distribuirá la ayuda exterior, 30.000 millones de euros de aquí a 2013. Dirigirá además la Agencia Europea de Defensa, de la que dependen los métodos de adquisición y programas de cooperación militar, junto a la investigación sobre tecnologías de defensa.

Hemos anotado aquí algunos datos. Un asunto central, que puede esperar a un próximo artículo: la Unión renovada empujará una verdadera defensa. Europa ha puesto en marcha un derecho común, una moneda y unas instituciones. Las necesidades de seguridad y de defensa parecen haber avanzado en silencio, como de puntillas. Sin embargo, el panorama, transformado a mejor, es hoy irreconocible. Surge una pregunta cada vez más difícil de aplazar: lo construido por los europeos desde el 1952, ¿cómo se defiende?

Darío Valcárcel

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