Europa debe reaccionar

Por Mário Soares, ex presidente y ex primer ministro de Portugal. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 06/02/07):

El mundo continúa siendo desesperante y peligroso en este arranque de 2007. La violencia, en sus más variadas vertientes, domina la vida cotidiana de las personas en todos los continentes. Si no es por otras vías, por lo menos a través de las televisiones, del cine y de Internet. El consumismo, incluso en países pobres y terriblemente desiguales, se expande. Y con éste, la irresponsabilidad, la pérdida de valores, la corrupción en todos sus grados, la carencia de vergüenza, la vida en el mero presente, sin referencias del pasado ni rumbo en cuanto al futuro.

Hay quien sostiene que estamos ante una crisis de civilización. En el final de una fase histórica, en un proceso de cambio. En Occidente, obviamente, aunque también en el resto del mundo. En Rusia, vecina de la Unión Europea, donde parece estar viviéndose, como en un flash-back, en tiempos de los Borgia, y las mafias del dinero ostentan su riqueza con total impudor en las grandes ciudades de Moscú y de San Petersburgo. Porque el resto cuenta poco.

Sin embargo, por otro lado y en paralelo, está surgiendo una voluntad ciudadana de afirmación. En China, donde hay progresos inmensos por más que una plutocracia creciente coexista, no sin dificultades, con una burocracia rígidamente jerarquizada, dominante en el Partido y en el Estado. En la India, donde todo parece discurrir magníficamente en un plano tecnológico, científico y de desarrollo para una parte de la población, visto que la mayoría, encorsetada en castas, continúa sin tener acceso al progreso y al conocimiento…

En el resto del mundo, del que se habla menos, a pesar de las innumerables disparidades, lo que sigue pesando más son las desigualdades y la pobreza, que no disminuyen, a pesar de los generosos objetivos del Milenio definidos por la ONU. Éstos fueron suscritos por todos los jefes de Estado y de Gobierno presentes en la ONU, en el año 2000, pero en vano al parecer, visto que tan poco se ha hecho para alcanzarlos. Por no hablar de Oriente Medio, donde reina el caos, la guerra o la inminencia de la guerra, la desesperanza y la humillación.

La globalización, que tan excelente negocio está siendo para los ricos, como nota Stiglitz, no acarrea grandes mejoras para los pobres. La desorientación, las vagas promesas, en las que nadie con un mínimo de sentido común confía ya, y el desánimo en cuanto a un futuro mejor a corto plazo parecen consolidarse. El Fórum Social Mundial de Nairobi y el Fórum Económico de Davos reflejan, por más que en términos diferentes y no sin cierta ambigüedad, el clima de incertidumbre que reina en este inicio de 2007.

Y, con todo, por debajo de esta densa capa de pesimismo, algo parece empezar a moverse… “Eppur si muove”, dijo Galileo. La opinión pública global, que hoy es una realidad con la que debe contarse, la conciencia universal de las amenazas que pesan sobre nuestro planeta (véanse la película y el libro de Al Gore, Una verdad inquietante), el desorden internacional que ha ido instalándose ante los ojos de todos, empiezan a inquietar fuertemente a las personas en todos los continentes, que se manifiestan y protestan de manera cada vez más evidente.

La guerra contra Irak, que supuso un momento decisivo de divisoria de las aguas para la conciencia mundial, provocó finalmente un choque irreversible en la opinión pública norteamericana. El discurso del Estado de la Unión pronunciado por el presidente Bush, a la defensiva en el frente interno -con concesiones significativas en materia social y ecológica-, apunta a una fuga hacia adelante en cuanto a la guerra de Irak, adonde se propone enviar más tropas. Nada ha cambiado todavía en sus proyectos belicistas relativos a Afganistán, a Irán, a Siria, a Líbano y al conflicto palestino-israelí. Esperemos que el Congreso, sensible al cambio de la opinión pública norteamericana, sea capaz de obstaculizar al presidente, esbozando nuevas políticas exteriores para restaurar la credibilidad perdida de los Estados Unidos en el mundo. Sería excelente para Occidente, en su conjunto -y para el mundo- que así sucediera.

El choque psicológico del desastre de la “guerra” de Irak y de la desastrosa forma en la que ha sido conducida la lucha contra el terrorismo en general, también parece haber alcanzado a la Unión Europea, acusada por su opinión pública interna de intolerable omisión y parálisis. La canciller alemana, Angela Merkel, desde la presidencia de la Unión, ha dado señales de querer reaccionar. A tal efecto, ha devuelto a la agenda europea el Tratado Constitucional, que algunos, apresuradamente, suponían muerto y enterrado, demostrando que sin una reforma institucional seria, que incluya el aumento de los recursos financieros de la comunidad, el Gobierno de una Europa de 27 será imposible. ¡Más democracia -y más participación- es lo que le hace falta a la Unión Europea!

Otro paso fue el que se dio en la reciente reunión en Madrid de los 18 países europeos que ya han ratificado el Tratado Constitucional. Más otros dos, Portugal e Irlanda, que no habiéndolo ratificado estuvieron presentes -y con fuerza- en Madrid, por estar a favor del Tratado. Esta reunión manifestó una voluntad política de avanzar, en términos de construcción europea, por más que el camino sea aún incierto. Es preciso que éste se vuelva claro, sin recelos y buscando el apoyo -que existe- de la opinión pública de los países miembros.

España, que tiene al timón a un primer ministro inteligente, dinámico, valiente y que sabe lo que quiere (como una vez más lo demostró con la forma en la que se comportó en las Cortes, con insuperable dignidad, como reacción ante la irresponsabilidad de ETA), hace bien en ayudar a la Alemania de la señora Merkel a superar la crisis de la Unión Europea. Es necesario que eso ocurra, como decisiva contribución para reordenar el mundo y otorgar una nueva esperanza a todos los pueblos.