Europa, EE.UU. y Oriente Medio

Por Mariano Aguirre (LA VANGUARDIA, 10/06/08):

El inicio de negociaciones entre Siria e Israel por los altos del Golán y la designación de un nuevo presidente de consenso en Líbano son signos políticos importantes en Oriente Medio. Pero a pesar de estos hechos, la región está asolada por conflictos que plantean la necesidad de un cambio de política a Estados Unidos y a la Unión Europea. Los cambios políticos en el 2009 en los dos casos abren ciertas posibilidades.

Después de ocho años de desaciertos en Oriente Medio, la nueva presidencia de Estados Unidos tendrá una oportunidad. Existe un consenso generalizado sobre que ese país ha perdido influencia y legitimidad en la región a causa de la invasión y fracaso de la guerra en Iraq, el apoyo incondicional a Israel, y el proyecto de promoción de la democracia que se quedó en apoyo a los regímenes aliados y el boicot si las elecciones las ganan los islamistas.

No hay esperanzas sobre cambios esenciales respecto de Israel, independientemente de quién ocupará la Casa Blanca, pero sería importante que Oriente Medio dejase de ser analizado desde la “guerra contra el terror” y de creer que el mundo musulmán está en guerra contra Occidente. Como indica Olivier Roy en Le croissant et le chaos (París, 2007), ese mundo es mayoritariamente prooccidental y se encuentra enfrentado entre sí.

Europa, por su lado, tendrá en el 2009 mayor peso en su política exterior. Será un momento clave luego de la pasividad, cuando no la colaboración, con la agresividad de Washington. Bruselas podría ser innovadora sobre la ocupación de Palestina, las negociaciones con Irán, la colaboración neutral con los actores en Líbano para realizar una modernización constitucional del Estado, y el trabajo con Naciones Unidas y las partes enfrentadas en Iraq para iniciar un proceso de reconciliación.

Bruselas podría indicar a Washington la voluntad de cooperar, pero con la condición de entender cada caso sin recurrir al boicot o a la amenaza del ataque militar. Sobre Israel y Palestina debe volverse a lo básico: frenar los asentamientos, levantar los obstáculos a la movilidad que impiden una vida normal a los palestinos, cumplir con las resoluciones de la ONU sobre la ocupación, devolver parte de Cisjordania, negociar el futuro de Jerusalén y el regreso o indemnización a las varias generaciones de refugiados.

Aunque no sea del agrado de EE. UU. y Europa se precisa una aceptación de que el islam político es una fuerza muy grande en la región que no va a desaparecer con planes de democratización. Debe entablarse diálogo y negociación en vez de negar su existencia e igualarlo a terrorismo. Islam y nacionalismo son dos factores que se relacionan legitimándose. Con esos dos componentes ni los palestinos ni los iraníes ni los chiíes libaneses cederán a los chantajes de Occidente.

Desde esa perspectiva nacionalista y de hegemonía regional Irán está forjando una serie de alianzas, por ejemplo, en el Golfo y en Iraq. De ahí que ningún gobierno de la zona, excepto Israel, quiere que Estados Unidos ataque a Teherán. Igualmente, el boicot a Hamas sólo sirve para penalizar a la población de Gaza, agudizar las divisiones internas palestinas y debilitar al gobierno de la Autoridad Nacional Palestina que es visto como un aliado de Washington y Tel Aviv. Paralelamente, negar el peso de Hizbulah en Líbano, y continuar con el apoyo irrestricto a los cristianos y suníes contra ese grupo, agudiza las tensiones, y facilita la influencia de Siria e Irán.

La región tiene una profunda fractura entre la comunidad suní y la chií. Los actores externos deben evitar agravarla, como ha hecho EE. UU. al cambiar la estructura de poder entre ellas al invadir Iraq, y al adiestrar y armar a unos grupos comunales contra otros en ese país, Afganistán y Pakistán. Como afirma Bassma Kodmani, directora del grupo Iniciativa Árabe para la Reforma, “tratar de manipular las identidades políticas en Oriente Medio es extremadamente peligroso. En el caso de Iraq, ha sido la receta para el desastre”. Europa y EE. UU. pueden colaborar para que se reformen estados. La mejor promoción para la democracia pasa por procesos de construcción de estados que incluyan a las identidades o grupos de solidaridad (tribus, clanes, confesiones) y no que las manipulen unos contra otros.

Estados Unidos y Europa deben asumir la complejidad de una región con la que hay lazos a través de la historia colonial, la demanda de sus recursos energéticos, las migraciones, el terrorismo, y las relaciones comerciales y políticas.