Europa, el clima y el mundo

En la conferencia de clausura del ciclo Hablando de sostenibilidad en un nuevo marco global, organizado por el Fòrum Ambiental, Manuel Marín, que fue titular de varias carteras europeas y vicepresidente de la Comisión, expuso las dificultades que tiene la Europa comunitaria para hablar al mundo con una sola y poderosa voz sobre cuestiones de carácter estratégico. Enfatizó, especialmente, el fracaso de nuestros reiterados intentos de extender al mundo las políticas europeas sobre sostenibilidad y lucha contra el cambio climático. Extender significa, para empezar, llevar a Estados Unidos y China a nuestro terreno ideológico y ético, para luego acabar arrastrando a los demás países.

Tenemos, pues, dos retos. Primero, lograr que el mundo llegue a los niveles europeos de sensatez socioambiental, que sin ser nada del otro jueves resultan cuando menos presentables. Segundo, hacer que la Unión Europea recupere -o ocupe por primera vez- el lugar que le corresponde en el liderazgo planetario. Ocurre que a la UE no se la acaba de creer nadie, comenzando por los europeos. Tanto EEUU como China practican la estrategia de la multilateralidad. Hablan con Francia, Alemania o el Reino Unido, pero tratan de evitar a las autoridades europeas. El presidente Barack Obama tardó dos años en reunirse con Herman van Rompuy, que es el presidente del Consejo Europeo, o sea el presidente de los presidentes de los estados europeos (lo que, por cierto, solo saben los iniciados; y si no, pregúntenlo por la calle…). En cambio, anteriormente se había reunido varias veces (tampoco tantas, bien es verdad) con Angela Merkel o Nicolas Sarkozy. La culpa es nuestra. Como en Europa la soberanía sigue siendo de los estados, chinos y norteamericanos explotan ese flanco débil que alimentamos nosotros mismos.

La historia pesa, cierto es. Los estados norteamericanos fueron unidos antes que estados. Montana, Utah o Colorado, por nombrar algunos, tuvieron identidad política por primera vez en la historia el día que ingresaron en la Unión (en las postrimerías del siglo XIX, por cierto). Transitaron del neolítico a la civilización industrial en un abrir y cerrar de ojos. Sin apenas solución de continuidad, el Séptimo de Caballería pasó de luchar contra los indios a combatir a los imperios centrales durante la primera guerra mundial. Los estados americanos son hijos de Estados Unidos, en tanto que los estados europeos son los padres de la Unión Europea. Más aun: tras alemanes, austriacos o checos está el Sacro Imperio romano germánico, que duró casi mil años; franceses y occitanos proceden del Reino merovingio y del Imperio carolingio; los italianos son hijos directos del Imperio romano; los catalanes, que también hemos sido romanos y carolingios, antes fuimos iberos, pueblo primitivo para los romanos pero con construcciones que habrían deslumbrado a cualquier comanche de hace dos siglos. Etcétera.

Semejante sustrato, con los griegos de trasfondo, conformó un complejo sistema de valores. Los llamados derechos del hombre son una convención europea que hemos exportado con un relativo éxito teórico y un perfectamente descriptible fracaso práctico. Los asian values que los chinos contraponen a las pretensiones sociales de la política europea son un eufemismo para decir que a sus ojos todo vale. En tal contexto, se entienden las dificultades de exportación que tienen las limitaciones que la UE se ha autoimpuesto para cumplir, e incluso superar, el Protocolo de Kioto. Resulta que exigimos mucho y encima mandamos poco. Pero también resulta que tenemos razón y sensatez. Las medidas socioambientales europeas aportan dignidad al concierto internacional y ponen coto a los excesos que comprometen seriamente el futuro inmediato de la humanidad. En lugar de tirar la toalla en pro de la competitividad, como pretende una cierta derecha neoliberal, debemos reforzar nuestra capacidad de convicción e influencia internacional. En este caso, el peligro está en los demás; la pusilanimidad, en cambio, es enteramente nuestra.

El programa 20/20/20 sigue vigente y está muy bien. Nos hemos comprometido, en el horizonte del 2020, a reducir en un 20% las emisiones de gases de efecto invernadero, a incrementar en un 20% la eficiencia energética y a sustituir un 20% de fuentes fósiles de energía primaria por fuentes renovables. Lejos de perjudicar a nadie, semejante instrucción comunitaria mejora nuestra competitividad. En efecto, en los años 90 la UE importaba poco más del 40% de la energía que consumía; en la pasada década superó de largo el 50%; y en la actual se sitúa en el 60%. La reducción de las importaciones de energía, que cuestan anualmente a la Unión 350.000 millones de euros (700 euros por europeo), es, pues, un acierto económico y geoestratégico. Conseguirlo haciendo más eficiente el consumo y poniendo en valor el potencial renovable es, además, una excelente noticia ambiental: la contaminación local disminuye y el cambio climático se ralentiza. Que otros todavía no se apunten no sería una excusa válida.

Por Ramon Folch, socioecólogo. Director general de ERF.

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