Europa, entre París y Atenas

Toda una generación de franceses no ha conocido un presidente de izquierdas. Hace 31 años que «el pueblo de la izquierda» llevó a François Mitterrand al Elíseo y 17 que salió de él. Ahora llega François Hollande, que no parecía predestinado a una función para jóvenes aguerridos e impetuosos como Valéry Giscard d’Estaing o Nicolas Sarkozy, o los que superan derrotas como Jacques Chirac o Mitterrand. Pero trae un aire fresco para Francia y para la izquierda europea. Sin llegar a la oleada de entusiasmo de 1981, el resultado de las elecciones francesas puede cambiar el rumbo de Europa y evitar la catástrofe recesionista a la que la estaba empujando la pareja Sarkozy-Merkel. Hacer compatible la austeridad con el crecimiento y el equilibrio de las finanzas públicas con la justicia social es todo un proyecto para toda Europa. Hollande presentaba un programa más a la izquierda que el del PSOE en España. Y ha ganado la segunda vuelta gracias a una coalición implícita de socialistas, centristas, ecologistas e izquierda radical. Tenía la ventaja de que no estaba gobernando y el coste de la crisis se lo llevó Sarkozy. Este le ha ayudado mucho con su intento desesperado de aproximarse al Frente Nacional, y con ello perdió el centro que es donde se ganan las presidenciales.

Conozco a Hollande desde hace muchos años. Primero a través de uno de su libros de economía cuando era profesor. Después, cuando él era secretario general del PS francés -¡lo fue 11 años!-,

Lionel Jospin era primer ministro, y yo candidato a la presidencia del Gobierno. Dicen que es el anti-héroe, sin experiencia de gobierno (nunca ha sido ministro), adaptable y sin gran ambición. Casi todo eso es incierto. No se llega a presidente sin una gran ambición, pero Hollande no tiene la obsesión del poder por el poder que ha caracterizado a casi todos sus antecesores. Ganar las primarias ciudadanas fue su primer gran éxito y también del PS, que con ello abrió un cauce de participación ciudadana que todos tendrán que imitar. Quizá no estaría en el Elíseo sin lo ocurrido con Dominique Strauss-Kahn, pero ha sabido aprovechar las ocasiones de la vida con esfuerzo y constancia extraordinarios. Es una persona que ve lejos y aguanta el rumbo más que los que hablan fuerte y ceden pronto, como ese «cambiar el capitalismo» de Sarkozy.

Le esperan pruebas difíciles. También Mitterrand prometió «cambiar la vida» y, en menos de dos años, los mercados financieros le obligaron a cambiar de política y pasar de la expansión keynesiana al «rigor», como se llamaba entonces a la austeridad. Enfrentarse al sistema financiero en un país que tiene que pedir prestados 180.000 millones de euros para financiar su déficit este año no va a ser fácil. Ni combinar austeridad con crecimiento cuando la deuda pública se ha duplicado en 20 años hasta llegar al 85 % del PIB.

Francia aparece hoy ante los mercados como la llave de la crisis de la zona euro. La capacidad de Hollande de inflexionar la política franco-alemana sin producir una ruptura será determinante para el futuro de Europa. Los hechos le están dando la razón cuando dice en la Bastilla reconquistada: «Europa no puede tener la austeridad como su único horizonte político». Es especialmente cierto en España y en Grecia, donde también se votó el domingo meses después de la sustitución de Yorgos Papandreu por el tecnócrata Lukás Papademos. Era probablemente la elección más importante desde el final de la guerra mundial, porque de lo que se trataba era del lugar de Grecia en Europa y de cómo superar la crisis producida por los errores de sus gobiernos y por las terapias exigidas por la Unión Europea. A diferencia de Francia, pocas veces una elección aportaba tan pocas esperanzas. Si en Francia ha sido posible construir una alternativa clara, en Grecia una mezcla de temor, cólera y resignación ha producido un Parlamento ultrafragmentado. Los dos grandes partidos, el conservador Nueva Democracia y el socialista Pasok, los únicos que defendían la política de austeridad, lograron el 32,4% de los votos y no podrán formar un Gobierno de coalición.

En Atenas se ha acabado el bipartidismo vigente desde la restauración de la democracia en 1974. En su lugar, una coalición de izquierda radical (Syriza) se convierte en el segundo partido más votado, por delante del Pasok, y el nazi Amanecer Dorado entra en el Parlamento con 21 escaños. Ambos piden renegociar los acuerdos con Europa para incluir políticas de crecimiento. Lo mismo que Hollande, pero con más exigencias y menos fuerza. No veo cómo en Atenas se superará ese cataclismo electoral grave. La formación de un Gobierno de unidad nacional, como piden el Pasok y ND, sería la única solución, pero es muy difícil porque lo que pide Syriza no será aceptado por Europa. La alternativa es repetir las elecciones. Grecia sola no saldrá del agujero. Por ello, el cambio de rumbo en la política europea que puede representar Hollande es especialmente importante para los griegos y, a escala diferente pero por las mismas necesidades de combinar equilibrio fiscal, crecimiento y justicia social, también para España.

Josep Borrell, presidente del Instituto Universitario Europeo de Florencia.

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