¿Europa gira a la derecha?

En los últimos años, el electorado europeo se ha ido inclinando de modo creciente hacia partidos derechistas y populistas. La última ocasión, en Holanda, uno de los países más progresistas de Europa que acude de nuevo a las urnas en junio. El caso puede repetirse en las próximas elecciones en Gran Bretaña. No se ha tratado de un proceso repentino y espectacular, sino de una evolución gradual. Algunos grupos y formaciones políticas (como el Frente Nacional de Le Pen en Francia) han mostrado actividad durante varias décadas. Y, aunque el proceso en cuestión no ha sido muy acusado, los principales partidos restantes se han visto forzados a aceptar parte de las demandas esenciales de los grupos más extremistas a fin de cortarles las alas. Por ejemplo, las restricciones sobre la inmigración. En el Parlamento Europeo, estos grupos crearon un bloque llamado ITS (Independencia, Tradición, Soberanía) junto a las coaliciones socialista, liberal y conservadora.

¿Qué razones pueden explicar tal tendencia? Se ha solido admitir que en una época de crisis económica la izquierda, especialmente la extrema izquierda, se beneficia de la situación, pero un poco de historia habría puesto de relieve que no es así. La última grave crisis económica, en los años treinta del siglo XX, provocó el ascenso del fascismo. Por lo que se refiere a los nuevos grupos derechistas y populistas, dirigen sus artes de seducción sobre todo a la clase trabajadora, la que ha sufrido seguramente en mayor medida los efectos de la recesión económica, especialmente del paro, y se ha visto más afectada por las consecuencias de la inmigración. Es la clase que ha vivido en mucha mayor proximidad a los inmigrantes; la clase trabajadora y los inmigrantes han rivalizado por la vivienda subsidiada y otras ayudas y servicios sociales. En ciudades como Rotterdam y Amberes los inmigrantes constituirán mayoría; muchos no se han integrado y muchos no quieren integrarse social y culturalmente. La clase acomodada holandesa y belga se han mudado fuera de estas ciudades, pero los residentes de menores ingresos no se lo pueden permitir. Ello explica la fuerza creciente del partido Vlaams Belang en Bélgica y del Partido de la Libertad, liderado por Geert Wilders, en Holanda. Aunque estos partidos no ostentan aún una posición predominante en el espectro político, han revestido importancia determinante en varias ocasiones a nivel local, y tal circunstancia es aplicable tanto a Gran Bretaña e Italia como a países de Europa del Este como Hungría.

¿Hasta qué punto estos partidos comparten una ideología común? Se les ha etiquetado de neofascistas, racistas, antisemitas, antimusulmanes, etc., pero tales apelativos sólo son parcialmente aplicables. El neofascismo y el neonazismo (en Alemania) cuentan con limitado atractivo en la mayoría de países europeos (salvo, tal vez, en Hungría y otros pocos países) dada la escasa población judía que queda en Europa. El antiislamismo es una cuestión de mayor actualidad a la vista del mayor número de inmigrantes y su prole. Geert Wilders quiere deportar a todos los “inmigrantes económicos” que no han efectuado un proceso de aculturación. Pero Le Pen, en cambio, ha dedicado atención a los musulmanes, sobre todo a los procedentes del norte de África.El único alcalde negro de una ciudad italiana es de la Liga Norte, una de las fuerzas derechistas y populistas más fuertes de Italia. En el este de Europa (salvo acaso en Serbia) la islamofobia no desempeña un papel; el partido Libertad Austríaca es más fuerte en Carintia donde hay menos inmigrantes. El Partido Popular suizo, dirigido por Christoph Blocher, importante empresario, patrocinó el plebiscito sobre la suspensión de la construcción de minaretes, pero su atractivo no se detiene aquí – es hoy el partido más fuerte de Suiza-y, por otra parte, tampoco encaja en la definición de partido radical… En Dinamarca, la inmigración es, sin duda, la cuestión principal que redundó en el crecimiento del Partido del Pueblo danés.

¿Hasta qué punto avanzarán estos partidos en sus posiciones en los años venideros? La tendencia general en Europa no se inclina en esta ocasión hacia el radicalismo, ya sea de izquierdas o de derechas. Las lecciones históricas del siglo XX, así como las catástrofes causadas por el fascismo y el comunismo, siguen vivas en la memoria. Pero asoman otras tendencias menos tranquilizadoras. Si la actual crisis económica, sobre todo el paro, no se supera con prontitud, la fe en las instituciones democráticas se verá notablemente quebrantada. Y aumentan las dudas sobre si las actuales instituciones democráticas son suficientemente sólidas para superar los problemas políticos y económicos a que actualmente hace frente Europa. Cada vez se habla más de una “era posdemocrática”, de la necesidad de mano fuerte y autoridad más firme.

Cabe la posibilidad de superar tales tensiones, pero la empresa dista de ofrecer garantías. Las dudas sobre la democracia parlamentaria se hacen patentes en el menguante respaldo a los principales partidos tradicionales, tales como las formaciones de los conservadores y laboristas en Gran Bretaña o los cristianodemócratas y socialdemócratas en Alemania. La consecuencia es la irrupción de un vacío, y ni la naturaleza ni la política toleran el vacío. Tal circunstancia da pie a que prosperen partidos populistas, sobre todo si son dirigidos por figuras carismáticas, dedicados a prometer soluciones fáciles a problemas difíciles. El fracaso del sistema político no es inevitable en absoluto, pero ha dejado de ser inimaginable.

Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington.