Europa hoy, mañana... y siempre

«Si quiere sobrevivir, Europa necesita una nueva aceptación, crítica y humilde, de sí misma. Occidente sufre un extraño y patológico odio de sí mismo, no se quiere; ve solo lo más despreciable y destructivo de su historia y eso le impide seguir percibiendo lo grande y limpio». Lo afirmó, hace años, Joseph Ratzinger. No creo que alguien pueda ponerle algún reparo racional serio como uno de los europeos más lúcidos e insignes de nuestra reciente historia. Mientras los europeos de hoy, al menos unos cuantos, acuden a las urnas, quizá convenga, aunque no sea más que por egoísta conveniencia, recordar el impecable magisterio de Ratzinger sobre Europa. En 2004 publicó, en Edizioni San Paolo, un centenar de páginas, bajo el título «Europa»; el subtítulo, «Sus fundamentos hoy y mañana», era como querer decir «siempre». Es altamente gratificante repasar y saborear de nuevo, precisamente ahora, el meollo de su pensamiento sobre Europa.

Tras definir a Europa como una realidad cultural e histórica que no habría podido formarse sin lo espiritual, afirma sin medias tintas que da la impresión de que el mundo de valores de Europa, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad, está llegando a su fin; puede haber llegado la hora de otros sistemas de valores de otros mundos: América, el islam, la mística asiática. Europa, precisamente en la hora de su máximo éxito, parece como vaciada en su interior, como paralizada por una crisis de su sistema circulatorio, como confiada a unos trasplantes que no pueden menos de acabar con su identidad.

Advierte y denuncia en Europa «una extraña falta de voluntad de futuro». Los hijos –el futuro– son vistos en la Europa actual poco menos que como una amenaza. Es el «tramonto», el ocaso; como cuando el Imperio romano vivía ya de los que iban a acabar con él, sin energía vital alguna. La religión queda como una reliquia del pasado, la moral es producto de las circunstancias y es practicada de acuerdo con intereses y conveniencias. Se trata de un completo revés a los valores que construyeron Europa, de una Europa patas arriba: todo vale y todo da igual, relativismo rampante; por lo que, si todo vale igual, nada vale nada. Todo puede y debe ser permitido, sea el asesinato de los hijos en el vientre de sus madres –lo que incluso se reivindica como nada menos que un derecho–, sea el intento de normalizar lo anormal, la pirueta circense del travestismo de la mujer barbuda premiada en Eurovisión.

Se reconoce el fracaso del comunismo por su falso dogmatismo económico, pero no –cuando es algo de mucha mayor hondura y trascendencia– por su desprecio a los derechos humanos, por la sumisión de la moral a las exigencias del sistema y a sus siempre incumplidas promesas. La catástrofe del comunismo no es económica, sino que consiste en el agostamiento de las almas, en la destrucción de la conciencia moral, problema nuclear de esta hora de Europa: la realidad y la problemática moral y religiosa no solo son contestadas, sino que se trata de acabar con ellas como sea. La disolución de las primordiales certezas del hombre sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el mundo, la disolución de principios y valores morales intangibles, de derechos fundamentales no creados por legislador alguno, sino que existen desde siempre por derecho natural propio, y que todo legislador debería respetar, defender y promover, lleva a la destrucción de la conciencia europea.

El intento de aniquilar el matrimonio y la familia es la prueba del nueve: el matrimonio monogámico, estructura fundamental de la relación entre hombre y mujer y clave insustituible en la formación de la comunidad y en la convivencia normal, es atacado. Europa dejaría de ser Europa si esta célula fundamental de su edificio social y moral desapareciese, o fuese cambiada sustancialmente. No por casualidad, en alerta permanente, la Iglesia católica, experta en humanidad, va a dedicar no uno sino dos sínodos a la familia. Matrimonio y familia son amenazados cada día por el vaciamiento de su indisolubilidad, con unas leyes de divorcio cada vez más complacientes, o por comportamientos socialmente aceptados, como el crimen del aborto, o la convivencia heterosexual y homosexual sin la forma jurídica del matrimonio.

Last but not least, la cuestión religiosa. Gracias a Dios, el respeto a lo sagrado se reconoce, pero cada vez más sectariamente. Es multado quien deshonra la fe de Israel, o quien ofende al Corán, pero cuando se trata de Cristo la libertad de opinión aparece como el bien supremo. Es incontestable el papel histórico de la fe cristiana que dio vida a Europa; también a su renacimiento, tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Y hoy y mañana?

Miguel Ángel Velasco, periodista.

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