Europa: la vuelta atrás

Se acepta convencionalmente por los expertos que el origen de los actuales Estados Europeos se encuentra en la llamada Paz de Westfalia de 1648. Con ella, en efecto, se puso fin a una larga guerra iniciada por motivos religiosos que involucró a todo el Continente, y el más importante de sus Tratados abogaba por una paz perpetua y una amistad que obligaba a cada uno a “respetar el honor” y procurar el “sincero beneficio” de los demás. Comenzaba así una etapa fundamental de la historia, la Ilustración, donde están las bases de nuestro actual sistema.

Lo que quizá sea menos conocido es que esos fundamentos se construyeron sobre criterios claramente segregacionistas que establecían una diferencia original entre el Norte y el Sur. Una oposición “insalvable” entre países nórdicos y mediterráneos que rompía aquella, por así decir, “unidad metafísica” que había unido a los “civilizados” desde la Koiné helénica a la respublica christiana. El esclavista y anglófilo Montesquieu, lo sintetiza como nadie en el que se considera un “breviario” de autoridad indiscutible, El Espíritu de las Leyes, al escribir que “en los países cálidos los hombres son perezosos, dominados por las pasiones, bebedores” o que las democráticas leyes de “nuestros padres, los germanos” se volvieron tiránicas cuando esos pueblos se asentaron en el sur de Europa. No importaba negar los hechos históricos y obviar los clásicos del pensamiento político (Aristóteles, Polibio, Tácito) que exponían, justamente, lo contrario. Lo relevante era transmitir la idea, en el preciso momento de consolidación de los Estados y creación del sujeto Nación, de que los países sureños eran incapaces de generar progreso y un buen gobierno.

Y la idea, desde luego, arraigó. En el siglo XIX se creó el Concierto-Equilibrio europeo bajo el control de Austria, Prusia, Rusia, Inglaterra y Francia, las cinco grandes potencias que dirigían la política doméstica e internacional de las demás, al mismo tiempo que se divulgaban “teorías” racistas para favorecer esa situación. Amparadas en las propias Declaraciones de Derechos, que se caracterizaban, a su vez, por sus taxativos sexismo, racismo y pobreza, estas teorías, carentes de toda base científica, se divulgaron con rapidez y crearon complejos de superioridad-inferioridad y sentimientos de xenofobia que llegan hasta hoy mismo. Entre otros casos bien conocidos, sirvieron, por ejemplo, para que Rudyard Kipling escribiera incendiarios artículos en The Times para eliminar a los portugueses (a quienes, al igual que a los españoles, consideraba una raza degenerada por unirse a “indígenas”) de la indefendible colonización africana, alegando su falta de legitimidad ante los nórdicos.

Fue a finales de ese siglo cuando movimientos sociales e intelectuales de diversas adscripciones políticas contestaron y denunciaron la realidad existente. Una realidad amparada y respaldada por el liberalismo económico que, por entonces, inspiraba y dominaba completamente la esfera política. Defendieron, incluso con sus vidas, y lucharon por un cambio cuyo resultado fue la implantación del Estado Social, propugnado por la socialdemocracia con el apoyo de liberales sociales o humanistas en Europa, y el de Bienestar en Estados Unidos con el New Deal de Roosevelt, que ponían fin constitucional a las discriminaciones en el ámbito interior de esos Estados. En el internacional, y al finalizar la Segunda Guerra Mundial, estadistas de desigual signo político escucharon finalmente las voces que clamaban por una Europa diferente y sentaron, con todas las objeciones que se quiera, los cimientos de lo que sería la actual Unión. A ella, a mediados de los años setenta, solicitó su incorporación Gran Bretaña, imponiendo, por cierto, condiciones que, insólitamente, fueron admitidas.

Sin embargo, la recuperación a principios de los ochenta del peor liberalismo trajo consigo consecuencias sobradamente conocidas que aún continuamos soportando. Porque si la fracasada Constitución europea, redactada con la absoluta preeminencia de exigencias económicas sobre principios políticos, a la vez que introducía diferencias entre Estados, la creación de Estados artificiales contra lo dictado por el Derecho internacional o la dirección de la Unión -infringiendo toda legalidad y legitimidad- autoasumida por Merkel y Sarkozy para imponer las reglas de un capitalismo obsoleto por ineficiente con el pretexto de su “refundación”, recuerda los peores momentos del Concierto-Equilibrio, lo que sucede en el interior de los Estados-miembros no es menos preocupante.

De hecho, el fantasma del mapa decimonónico del Estado-Nación parece sobrevolar con cada vez más fuerza. Pero, en este caso, lo que se entiende en los partidos de derecha, ya que así justifican los últimos recortes sobre un -ya más bien teórico- Estado de Bienestar que afectan invariablemente a la parte más débil de la sociedad (o a la más crítica y libre, como ocurre con la enseñanza), resulta inexplicable en las fuerzas de izquierda en la medida que atenta contra dos principios básicos de su identidad: la universalidad e internacionalización. Y, a este respecto, debe decirse que no son admisibles los argumentos históricos, porque la Historia, que explica y por tanto enseña, nunca puede ser causa de legitimación. Tampoco los culturales (fundamento por antonomasia del racismo occidental hasta entrado el siglo XX), ya que nadie puede apropiarse en exclusiva de lo que es patrimonio de toda la humanidad.

Resulta igualmente asombroso que las formaciones políticas de derecha y las de izquierda que suscriben este discurso, con sus respectivos analistas y profesionales afines, se pronuncien en sus intervenciones y proclamas con tanta falta de pudor al hablar de lo que conduce a la división, al odio, al desprecio, a la miseria, a la confrontación entre seres humanos. Aunque, bien mirado, las invocaciones a “primero los de aquí”, a la desconexión, el “now we are stronger” que se oyó el otro día en el Parlamento inglés, también pueden interpretarse como una expresión de otro racismo, el de la inteligencia, que diría Pierre Bourdieu. En otras palabras, el que, hoy como antaño, justifica la imposición, por cualquier medio, del orden social que quieren y sólo beneficia a unos dominantes que parecen no saber de dónde vienen ni a dónde nos llevan.

En estas circunstancias, ¿puede acaso sorprender el brexit, el triunfo de Trump o la difusión demagógica de ideas populistas?

Clara Álvarez Alonso es catedrática acreditada de Historia del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid.

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