Europa: los que quieren avanzar deben hacerlo

Por Jean-Marie Colombani, periodista francés y ex director de Le Monde. Traducción de Martí Sampons (EL PAÍS, 01/07/08):

Antes de cualquier consideración, ¿cómo no indignarse con este no irlandés? Se dirá que no hace más que seguir el camino abierto por Francia y Holanda. Es cierto. Aunque Francia, una vez elegido Nicolas Sarkozy, se dedicó a reparar los desperfectos sacando adelante un tratado “simplificado”, que se convirtió en Tratado de Lisboa. Hay también quien dice que lo de Irlanda es la demostración de que Europa, tal como se construye, es incomprensible, por tanto, incomprendida por los pueblos. Éstos, se afirma, no quieren saber nada de esta Europa “burocrática” ideada por “las élites”.

Veamos. Lo primero que hay que tener en cuenta es que dentro de los componentes de un no entran tantos ingredientes discordantes que cualquier juicio definitivo sería aventurado. Recordemos en el caso del referéndum francés la parte del no a Chirac dentro del no global. En Irlanda los pequeños propietarios temían la armonización fiscal, el clero la secularización, los neutralistas la creación de una defensa europea, etcétera. Y sí, Europa, tal como es, parece una creación opaca, lejana e incompleta, urdida a lo largo de las cumbres europeas, lejos de los pueblos. Y sin embargo…

Sin embargo, deberíamos empezar por poner freno a este negacionismo. ¿Irlanda? En Europa era el más pobre de entre los pobres y se ha convertido en uno de los más ricos gracias a esta “cosa” bruselense, hasta el punto de que su renta media supera a la de los ingleses. ¿No es esto la prueba irrefutable de que Europa equivale a progreso? Un poco de perspectiva histórica no es dañina. Por ejemplo, ¿quiénes se alegran de este no? La Liga Norte en Italia y Vaclav Klaus en Chequia, las dos corrientes más nacionalistas. La Liga de Bossi representa la revuelta de los pequeños y medianos empresarios ricos del norte de Italia que no quieren que sus impuestos (cuando los pagan) sirvan para corregir los desequilibrios con el sur. La Irlanda rica ya no quiere repartir. Se asemeja a la Chequia ultraliberal, para quien Europa sólo debiera existir como zona de libre intercambio bajo protección militar norteamericana. He aquí el debate europeo que habrá que abrir un día. Ya que si éste es el destino de la Unión, ¡disolvámosla dentro de la OTAN!

En fin, ¿quién no se da cuenta de que se puede decir no impune y gratuitamente? Pase lo que pase, no hay precio o sanción. Entonces, por qué abstenerse de decir no si las subvenciones siguen siendo las mismas y si para tranquilizar a los irlandeses hasta se les promete que podrán seguir practicando el dumping o competencia desleal en materia fiscal, con el que pueden atraer a empresas de toda Europa. Aún peor: para hacer volver a Irlanda al rebaño pensamos inmediatamente en concederle privilegios suplementarios. Así, fomentamos aquí y allí el no.

El Tratado de Lisboa no es un remedio milagroso. Permite simplemente que sea (un poco) gobernable un conjunto que en la situación actual no lo es, sustituyendo la actual regla de la unanimidad por la de la mayoría (la de los Estados en combinación con la de las poblaciones). Con él, puede retomarse el camino de políticas concretas, pero sin ocultar la actual ausencia de visión y de dirección política (que es otra cosa que la mera ampliación). La cuestión que se plantea de ahora en adelante es saber si los que quieren seguir avanzando no deben dejar a los partidarios del no con su no, es decir, en la cuneta.

En el momento en que comienza la presidencia francesa de la Unión, las consecuencias del no irlandés pueden verse de dos modos. O bien constatamos que todos los esfuerzos franceses y alemanes por poner en pie el Tratado de Lisboa se han desvanecido, y la presidencia francesa se ha visto afectada por ello. O bien recordamos que Europa ha avanzado siempre superando crisis sucesivas: la solución podría llegar de Francia, y ésta recuperaría entonces parte del liderazgo perdido. De momento, Nicolas Sarkozy ha manifestado su deseo de que ni se dramatice ni se subestime el no irlandés.

En el rechazo al dramatismo hay sin duda el deseo de que prosiga en otros países el proceso de ratificación. Irlanda y sus menos de un millón de electores estarían así frente a los casi 500 millones de habitantes del resto de Europa, y sin duda no podrían aguantar demasiado tiempo sin hallar el modo de ratificar. Al servicio de este proceso, el presidente francés ha dicho, dirigiéndose en particular a los checos, tentados de precipitarse por la brecha irlandesa: ¡No hay ampliación (hacia los países de los Balcanes) sin Tratado de Lisboa!

En el capítulo de la “subestimación” del acontecimiento nos encontramos con el credo del jefe del Estado francés: Europa tiene que ser vista como capaz de proteger a sus ciudadanos. De ahí el acento puesto en el proyecto del “pacto para la inmigración” (decisión que electoralmente le ha servido mucho en Francia). De ahí también la idea de encontrar una respuesta europea al problema de la independencia energética en general, y del precio del petróleo en particular. Aunque por ahora sin éxito, ya que Alemania se niega a fijar un tope al IVA sobre el petróleo. En este punto sin duda lleva razón: Europa debe dejar de preocupar. Pero para tranquilizar, antes tiene que ser fuerte.

En realidad, la cuestión central es la siguiente: el no francés de ayer, el no irlandés de hoy y, sobre todo, las encuestas de opinión (un tercio de los franceses están satisfechos con el voto irlandés, y otro tercio más pequeño se declara “insatisfecho”), ¿significan que los pueblos no quieren avanzar más?

Pues entonces hay que tener la valentía de enfrentarse u oponerse al escepticismo de los pueblos, ya que hay circunstancias en que no se puede esperar, y éste es el caso de la que vivimos ahora. La historia, por su parte, no espera. Y Europa tiene la necesidad de ir otra vez hacia adelante sobre cuestiones concretas (la energía, la inmigración, el clima y el medio ambiente, la relación con Rusia y con EE UU, la defensa…), pero también sobre una visión común del futuro.

Mientras esperamos, los europeos han elegido… esperar. Esta política de esperar es de mal augurio. Llegará, pues, el momento, para aquellos países que quieran avanzar, de tomar decisiones entre ellos. Schengen y el euro no conciernen a toda la Unión. La Zona Euro, en sí misma, constituye un espacio suficiente para quien quiera avanzar por el camino de la integración. Los que quieran esperar, que esperen. Pero que esto no impida que los demás se organicen. A menos que nos resignemos a la decadencia. Estaremos seguros de nuestra decadencia común el día en que tengamos claro que renunciamos a un destino común.